Opinión / El silencio que gritan las mujeres
Porque envejecer nunca ha sido fácil, pero envejecer siendo mujer, en este sistema, parece tener un costo invisible que muchos aún no quieren ver.
Basta mirar los datos, las calles o los hogares para entenderlo: las mujeres viven más que los hombres, pero lo hacen con menos recursos, menos seguridad y más responsabilidades que nadie les reconoce.
En México, casi el 13 % de la población tiene más de 60 años. La mayoría, mujeres. Sin embargo, esa mayoría no se traduce en bienestar. No hay prioridad pública ni narrativa social que ponga foco en lo que enfrentan.
Ellas cargan con un sistema de pensiones que las penaliza por haber cuidado a sus hijos, a sus padres, a sus familias. Trabajaron dentro y fuera del hogar, muchas veces en la informalidad, sin cotizar, sin derechos.
El resultado: pensiones más bajas y un futuro marcado por la precariedad.
Y mientras tanto, siguen cuidando. A otros, casi siempre. A ellas, pocas veces.
Pero lo más duro no es solo lo económico, sino lo simbólico. Envejecer para muchas mujeres es también desaparecer. Socialmente, culturalmente, mediáticamente. En un mundo que celebra la juventud como capital, la experiencia femenina parece no tener lugar.
Los hombres con canas somos admirados como sabios. Las mujeres, en cambio, son llamadas viejas. Invisibilizadas. Borradas de la conversación.
Y, sin embargo, no es lo que está ocurriendo.
Cada vez más mujeres están cuestionando ese guion. Lo reescriben desde sus propias decisiones, rompiendo los moldes que las contenían. Emprenden, se enamoran, estudian, viajan. A los 60, a los 70, incluso más allá. No buscan permiso ni validación. Buscan libertad.
Porque el futuro no se construye ignorando la mitad de la historia. Y mucho menos a las mujeres que, con años a cuestas, siguen sosteniendo hogares, afectos y comunidades. En un país que envejece, ignorarlas no solo es injusto. Es un error que no podemos seguir repitiendo.













