Análisisdomingo, 22 de marzo de 2026
Opinión / Y la primavera llegó
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Y la primavera llegó y con ella la transformación del escenario donde vivimos, aunque para quienes viven en ciudades de edificios fríos es difícil cambiar la imagen, pueden salir a los jardines, caminar entre árboles y ver cómo las flores salen brindando sus nuevos colores lo que nos permite saber que aún estamos vivos.
Cargo bastantes años y la alegría del vivir no puedo dejar de tenerla y agradecerla, tal vez por eso, también la alegoría de la muerte me acecha y cuando veo como cada día recibo una noticia de que alguien de mi generación o más joven ya llegó al final de su línea, con más ganas siento la alegría de aún estar aquí y en el ahora, viva y feliz.
Nunca ha sido un capricho o una alegoría el recordar que el amante de la vida es la muerte, ya que nos acompaña y está presente aún antes de nacer, por lo que me di a la tarea de recordar que tal vez por eso, durante siglos, Europa desarrolló un gusto serio, sistemático y elegante para recordar que todo termina y lo plasmó en el arte con una palabra: “memento mori” nombre que significa “recuerda que morirás”.
No es un berrinche oscuro ni accesorio grotesco para gente deprimida; es una disciplina de lucidez, por eso observamos en las pinturas del siglo XVII y más, cráneos, flores cortadas, relojes de arena, velas agotadas, copas, instrumentos musicales, pompas de jabón llamadas “vanitas” que llevan un mensaje sobre la fugacidad de la vida, la muerte y lo efímero.
Por eso hoy, no quiero limitarme ni que me limiten a seguir andando solo por caminos conocidos, ni quiero que las cosas sean fáciles, ni tampoco quiero hacerlas difíciles, lo que quiero es seguir viviendo con desafíos, incertidumbres y hasta incomodidades, porque sé, que si me arriesgo todo puede pasar y lo mejor, aún queda por venir, no quiero dejar de crecer y tampoco deseo dejar de ser niña para seguir explorando sin mapas o GPS, quiero perderme y reencontrarme de nuevo para descubrir quién soy hoy y no quien fui ayer, descubrir quién soy sin saber en ocasiones dónde estoy, sabiendo que tal vez, si sé dónde estoy y aún así me siento perdida. Quiero equivocarme y seguir aprendiendo de mis errores, quiero dudar para seguir preguntando y preguntándome quién soy, a donde voy y con quiénes quiero ir, el porqué de la primavera y el verano y el por qué el invierno no avisa cuando llega, pues aún siento que estoy en el otoño.
Quiero hablar por el simple gusto de escuchar mi voz, cuestionarme y cambiar de opinión, decir cosas que no tengan sentido para otros pero si para mí, quiero ser y hacer aunque en ocasiones me contradiga convirtiéndome en un ser impredecible imposible de encasillar para poder ser yo y terminar siendo yo en una práctica simbólica y meditativa que recuerda la mortalidad y el carácter transitorio de los placeres terrenales; quiero ser el color en mis lienzos y dejarlos como historia de las palabras que conforman los colores como narrativa de vida, porque en cada pintura se plasma una historia que terminará un día en un “caput mortuum”, porque todo y todos pasamos y nada queda, solo el silencio del recuerdo que simboliza la inevitabilidad de la muerte y la transitoriedad de los logros y placeres mundanos, aunque la música suena precioso y el vino alegra y la rosa seduce, la joya que reluce no solo es la juventud que se cree eterna, también en la vejez se encuentra ese hermoso mensaje que no sirve únicamente para decorar la sala, sirve para recordar que la vida es vida hasta que el “memento morí” llega, sin embargo, qué razón tenían quienes no se conformaron con esperar a morir y siguieron viviendo, acaso por eso me obsesiona el vivir porque si le pusiésemos color sería un color que parece saber demasiado como una práctica simbólica y meditativa que recuerda la mortalidad y el carácter transitorio de los placeres terrenales; las palabras que conforman este color terminan con la frase “caput mortuum”, y nos lleva a conversar con la misma familia de ideas, mostrando ambas ideas, la de vivir y la de morir quedando como huella fiel la transformación que acaba como residuo sedoso de lo que perdura para evitar el olvido, y, la primera ironía es, que el olvido llega después de haber partido y lo que parecía perdido termina convirtiéndose en uno de los tonos más sofisticados a través de las generaciones que, seguramente pasando la tercera o cuarta generación, ya no habrá quien nos recuerde, por eso me conmueve esa paradoja donde los humanos somos una especie empeñada en embellecer sus devastaciones sin importar si el color que dejamos es el de la ausencia o la presencia, en estas próximas generaciones no entenderán que la diferencia la hace la calidad de la persona porque nuestra necesidad va más allá de lo visible y de lo sensible, va a encontrar y encontrarnos en nosotros mismos, en aquellos que nos invitan salir a caminar a un ritmo nuevo, aprender a caminar al ritmo de otros, acostumbrarse a manos nuevas, a la tibieza y la humedad de otros labios que nos hablan de la belleza del vivir y la fragilidad en el morir, a ver el amanecer con la luz de unos ojos de niños, a disfrutar una plática intrascendente a tu medida para saber que si hay alguien con quien beber despacio el té o el café de la mañana lo disfrutas tanto como si lo bebes con tu soledad presente, si hay alguien con quien sentarse, bienvenido y si no lo hay, saber que eres tú, el actor principal de la novela, vivir es, vivir callados y con ruido, encontrar aún en el silencio la misma melodía que nos hizo vibrar de jóvenes o cantar de niños.
Recuerda que de lejos no ves el camino, pero, cuando comienzas a caminar, la niebla y la distancia se despejan y aprendes que para vivir hay que aprender a saber cuándo empujar y cuándo soltar, cuándo luchar y cuándo aceptar, cuándo vivir y cuándo morir, entonces, te das cuenta que la vida vida no es fácil ni difícil y la muerte no es un problema por resolver es solo una gran aventura para disfrutar y si así lo crees escríbeme. Gracias.