El calendario escolar contempla suspensión de clases por Consejo Técnico y día festivo, lo que dará a alumnos de educación básica un fin de semana largo
La agresión ocurrió la noche del jueves cerca de una cancha de voleibol en el sector Villa Fontana; la víctima fue trasladada de urgencia a un hospital
Las labores iniciarán a las 7:00 horas del viernes 6 de marzo y se extenderán entre tres y cuatro días; autoridades piden utilizar rutas alternas para evitar congestionamientos en la zona
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Mientras el Palacio era acechado por el tigre, la presidenta andaba de gira en el sureste. Desde ahí, desde la lejanía, ninguneó la marcha del 15 de noviembre en el Zócalo. La explicación simplona, la del oficialismo, es que la marcha fue orquestada por la “derecha internacional” y no por la aplastante realidad. No ven, tampoco escuchan. Y menos aceptan que ese tigre, aquel al que López Obrador un día le abrió los ojos, se ha vuelto contra su propio domador. ¿Quién podrá aplacarlo? En Michoacán ya sienten pasos
En medio de la crisis, la presidenta literalmente se esfumó y dejó el Palacio a su suerte. En manos de algún propio que se hiciera cargo del changarro en tanto amainaba el vendaval. Para fortuna suya el encontronazo entre manifestantes y la policía no llegó al siguiente nivel. ¿Qué habría pasado si hubiera habido algún muerto? Por lo pronto, varios de los detenidos luego del zafarrancho del Zócalo el pasado sábado, podrían enfrentar un proceso judicial por tentativa de homicidio. Por primera vez vemos que se levantan cargos contra los manifestantes violentos de una movilización. ¿Por qué antes no y ahora sí? Que se recuerde, el gobierno (morenista) de la ciudad de México nunca había tocado a la gente del “bloque negro”. Les habían permitido cualquier tipo de destrozos y abusos contra dueños de negocios y contra la propia ciudad. Ahora todo cambió. La narrativa del gobierno se descompone ante el caos.
La presidenta se ha montado en su macho, como dicen en mi pueblo. Tiene al tigre en su puerta y no lo quiere ver. Lejos de permanecer ese sábado en la Ciudad de México y amainar las aguas, de hacerse responsable y dialogar, despreció a los inconformes. Les dio trató de ciudadanos de segunda. Y para que quedara claro su desdén, se marchó de gira al sureste con su troupe, incluidos, Citlalli Hernández, la titular de la Secretaría de la Mujeres y el siempre ocurrente Mario Delgado, secretario de Educación Pública, quien ya encarrerado y, sintiéndose de todas las confianzas de la presidenta, se aventó la puntada de afirmar que las giras de Sheinbaum convocan a más jóvenes que aquellos que asistieron al Zócalo para protestar. Desafortunado el chistorete. Ganaron la soberbia y el temor de que esa tarde todo se saliera de control en el Zócalo. Cómo olvidar que una turba quemó hace menos de un mes el Palacio de Gobierno de Morelia; no faltarían algunos que anduvieran con malas ideas y ganas de meterse a Palacio Nacional. Aun así, Sheinbaum no ha querido conceder a los acontecimientos la seriedad que merecen. Un país avanza cuando su gobierno presta oídos a lo que dice su pueblo. Ha preferido ningunear y burlarse del tigre enojado. No le han dicho en su círculo más cercano que esto es sólo el comienzo. Si insiste en despreciar a quienes la confrontan y sólo escucha a los que le endulzan el oído, la respuesta del tigre cada vez será más rabiosa. Cada desdén, cada amenaza desde el poder es combustible que atiza el fuego. El discurso de “la transformación” se tambalea.
El desdén gubernamental y la intención de minimizar las cosas, han hecho parecer que la marcha de la generación Z no sirvió de mucho. Vaya que sirvió. Con el sainete del sábado el pueblo consiguió preocupar al gobierno. Tanto fue el temor, que la presidenta despareció a la hora del refuego. Fue tal la presión, que si bien, Sheinbaum no le cortó la cabeza al gobernador de Michoacán, que es lo que exige el “Movimiento del Sombrero”, sí ordenó que se la cortaran al secretario de Seguridad Pública del estado. Ocurrió algo que se ha visto pocas veces durante el año y, casi dos meses, que lleva la presidenta Sheinbaum al frente del gobierno. Hubo un responsable que fue castigado penalmente por su incapacidad. Pero parece que eso no alcanza para apaciguar al tigre. Michoacán continúa en llamas. El efecto de la marcha también tuvo consecuencias fuera de México. De entrada, despertó a la bestia que Trump lleva dentro. Le dio la coyuntura perfecta para afirmar que México no lo tiene contento y que no tendría ningún problema en organizar un ataque contra los cárteles de la droga en tierras mexicanas. A diferencia de otros momentos, Trump no recurrió a su costumbre de felicitar a Sheinbaum para luego irse contra ella. Parece que ya se acabaron las formas.
Para bien y para mal, si algo consiguió López Obrador con su caótica “transformación” fue que el tigre abriera los ojos. De pronto el mexicano se dio cuenta de que la vieja cantaleta de que el pueblo unido jamás será vencido es verdad. No importa que ese pueblo tenga la razón o no. De pronto los pobres descubrieron que era válido robar a los ricos. Que era hora de cobrarles por siglos de abusos y afrentas. López Obrador conectó con millones de mexicanos, porque él mismo fue el espejo del mexicano promedio. El de a pie. Con todos sus vicios y sus virtudes. Con todos sus demonios y sus complejos. Lo irónico, lo que podría convertirse en una fábula de la historia, es que una vez que el tigre mexicano despertó, también se hizo más crítico, más exigente con sus gobernantes. Y cuando vio que no daban el ancho, se volvió contra ellos y les tiró el zarpazo. Por lo pronto la generación Z ha vuelto a hacer el llamado para otra marcha “pacífica” el 20 de noviembre, día, nada menos, que de la Revolución Mexicana. Una franca provocación, pues en esa fecha se celebra el tradicional desfile militar. Presionados como están, Sheinbaum y el gobierno de la Ciudad de México han decidido modificar y hacer más corta la ruta del desfile. Cuesta trabajo imaginar que mientras miles de personas asisten a un desfile que conmemora una revolución, al mismo tiempo y, no muy lejos de ahí, otros tantos miles toman las calles para hacer otra revolución. Sólo en el México bronco. El México del tigre que abrió los ojos.