Claroscuro / Administrando la pobreza
LO OSCURO. En México, la pobreza no se combate… se administra.
Los gobiernos la han convertido en una herramienta política, en un recurso renovable que garantiza lealtades y votos. Bajo el discurso de “ayudar a los que menos tienen”, se esconde una estrategia vieja, perfeccionada con los años. Usar el dinero público para construir gratitud política.
Los programas sociales, que deberían ser un puente hacia la independencia, terminan siendo cadenas de dependencia. Los padrones de beneficiarios funcionan como listas del llamado ‘voto duro’, ese grupo que respalda al poder en turno porque asocia su apoyo económico con la continuidad del gobierno.
En los hechos, los subsidios ya no son un derecho ciudadano, sino una moneda de control.
El Estado reparte sin evaluar y presume resultados sin comprobarlos. El ciudadano recibe sin exigir, agradece lo que ya pagó con sus impuestos y se acostumbra a vivir bajo el mismo techo de carencias. Así, el asistencialismo sustituye al desarrollo y la política social se convierte en campaña permanente.
El problema no es ayudar, sino hacerlo sin propósito. Ningún país crece repartiendo subsidios eternos. Ayudar implica acompañar, medir y exigir resultados. Pero en México, la ayuda se usa para sostener estructuras de poder, no para desmontarlas.
Solo entonces el voto duro dejará de depender del hambre y México podrá empezar a gobernarse desde la conciencia, no desde la dádiva.
COLOFÓN: Pero…
Si era difícil hacer que el ciudadano acudiera a las urnas por voluntad propia. El asistencialismo otorgaba premios que se reflejan en ese mediano 50% de sufragios a cada elección promedio. ¿Qué pasaría ‘sin’ el estímulo?
¿Se ha fijado que los partidos que están en oposición –y que antes fueron gobierno- llaman al ciudadano a que recapacite, pues los apoyos son parte de sus beneficios y no del partido en el poder? Hasta que regresan a la silla y le recuerdan al votante que es gracias a ese partido gobernante. Ciclo virtuoso.













