En tiempos recientes es de suma importancia la imperiosa necesidad de fortalecer una cultura para la paz; desde luego que el tema es sugerente debido a que dentro del campo de la gobernanza parece ser que para algunos gobiernos les resulta más fácil gobernar desde el temor o el miedo que implica la violencia. Como lo analiza en su momento el filósofo Michel Foucault, al afirmar que la violencia no solo es la acción de la fuerza física, sino un medio o instrumento para el ejercicio del poder, debido a que es utilizado para someter, normalizar y disciplinar a los miembros de la sociedad; lo anterior debido a que la violencia es un evento que elimina o limita la libertad de la víctima o de quien o quienes padecen actos de violencia. Además de considerar que es el Estado el único que puede ejercer el monopolio legal de la violencia institucional.
Pero qué sucede cuando a nivel social la violencia es generada por actores diferentes al Estado; lo que ocurre es una ruptura del pacto social y por tanto se registra un proceso de descomposición social con serias repercusiones en la calidad de vida de la población. Lo más lamentable es cuando tales procesos de violencia se normalizan al asumir que nada se puede hacer salvo vivir con la expectativa de que la situación cambiará por el simple paso del tiempo.
Es por ello que resulta imprescindible fortalecer entre todos los miembros de la sociedad la importancia de construir una cultura para la paz, como aquel cúmulo de acciones encaminadas a fortalecer las relaciones de armonía entre las personas, evitando en todo momento el conflicto; por consiguiente, se pone en el centro el concepto de cultura como aquellas prácticas cotidianas que se van formando desde los primeros años de edad de los niños, donde deben participar de manera activa instituciones como la familia, el sistema educativo y el gobierno, entre otros.
Por lo anterior, implica educar como mecanismo para la formación y fortalecimiento de valores éticos y morales desde temprana edad hasta la edad adulta, por lo que educar para la paz implica fortalecer el proceso pedagógico con la clara intención de limitar o bien anular la violencia, y fomentar las relaciones entre los seres humanos donde haya respeto y sana convivencia en todas las relaciones humanas.
La violencia cotidiana, que además de visibilizarla cada vez resulta más desafortunada su normalización, afecta directamente a la niñez, mujeres o grupos en condiciones de vulnerabilidad. Lamentablemente, la educación para la paz, aunque se asume como un proceso de suma importancia, es lenta y compleja debido a que implica un cambio de mentalidad que promueva actitudes individuales y colectivas con la finalidad de que en cada acto o interacción con los demás miembros de la sociedad siempre imperen los valores éticos y morales.
Así, la educación para la paz implica la posibilidad de que desde el sistema educativo se diseñen elementos pedagógicos a fin de fortalecer procesos de interacción humana basados en la confianza, la solidaridad y el apoyo mutuo, así como el desarrollo de mecanismos que permitan la solución pacífica de los conflictos; por ello, el reto principal consiste en que se fortalezcan los valores a fin de que las personas desde temprana edad se reconozcan como personas solidarias, autónomas, con dignidad y derechos cuya agencia les permita tener acceso a mejores relaciones humanas, donde la violencia se asuma como un acto nocivo para el desarrollo humano; por ello, ante la situación que impera en el país, donde la violencia en sus diversas manifestaciones aparentemente se ha normalizado como inherente a la vida cotidiana, es que se debe asumir como un reto el desarrollo y la agencia desde temprana edad de las personas para que desde la familia y las instituciones educativas se eduque para la paz.