El Universo de Maxwell / El libro
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Conclusión
Tanto si quiere aprender más sobre lo que pasa en el mundo, o si quiere olvidarse de lo que pasa, no hay nada mejor como una buena lectura. El libro es el mejor refugio que existe ante una realidad tan compleja.
Rodolfo.Echavarria@nau.edu
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónHace un par de días celebramos el Día del Libro, en recuerdo al fallecimiento de dos genios literarios: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Aunque en realidad Cervantes falleció un 22 de abril, y fue enterrado al día siguiente; en cambio, el genio inglés murió un 23 de abril, pero esto fue de acuerdo con el calendario juliano –que todavía estaba vigente en Gran Bretaña–, lo que correspondería al 3 de mayo del actual calendario gregoriano. A continuación, me permito compartirles algo de la relación e importancia que han tenido los libros en mi vida.
Descubrí los libros cuando era un niño, en aquellos años era común que nos visitaran en la escuela primaria vendedores que ofrecían diversos productos educativos, entre ellos obras clásicas de la literatura. Recuerdo que mis padres me compraron uno de Óscar Wilde: “El Fantasma de Canterville”, el cual incluía otros cuentos del autor. Lamentablemente, perdí ese ejemplar –de los muy pocos que he extraviado en mi vida–, pero años después adquirí una nueva edición en Madrid. El segundo –que aún conservo– es “Corazón, Diario de un Niño” de Edmundo de Amicis, que en ese tiempo se consideraba casi un libro de texto (sería bueno que las nuevas generaciones de niños lo leyeran).
A partir de ahí he atesorado centenares de libros de todo tipo. Siendo adolescente devoré las obras de Julio Verne –que consiguieron que me interesara en la tecnología–, los clásicos de ciencia ficción de Isaac Asimov, y el mundo de fantasía de “El Señor de los Anillos” de J. R. R. Tolkien. Con los años he descubierto hasta el día de hoy a grandes autores que me han transportado a todo tipo de lugares y épocas: la Roma Imperial, la Grecia Antigua, la Europa en la Edad Media, el Mar Caribe infestado de piratas, la Conquista de México, otras galaxias en el futuro, etc. Además, he disfrutado y tratado de entender las obras de las grandes mentes que han pasado por este mundo.
Como dijo un gran escritor, el verbo leer –como el verbo amar– no admite el modo imperativo. No puedes obligar a alguien a que lea, especialmente a los niños. La gran mayoría empezamos por imitación, al observar a otras personas de la familia. En mi caso recuerdo ver a mi padre leyendo y a mi tío disfrutar de la revista Selecciones, a la que estaba suscrito. Sentí curiosidad por ver qué tenía de bueno (llegó a tener el récord de ventas de millones de ejemplares en todo el mundo), y descubrí que era prácticamente un libro, con artículos interesantes de distintos temas.
En lo que respecta a las lecturas científicas, mi primer contacto –fuera de los libros de texto– fue a través de un clásico de Isaac Asimov: Introducción a la ciencia. Me impactó la forma en que abordaba una gran cantidad de temas. Si no lo han leído, los invito a hacerlo, sus obras van desde la Historia Antigua hasta novelas ciencia ficción. Fue el primero en introducir las leyes de la robótica y plantear escenarios futuristas que han sido recreados en distintas películas. En particular, les recomiendo la historia corta “La última pregunta”, considerado el mejor cuento de ciencia ficción que se ha escrito.
Sin embargo, considero que la mejor obra de divulgación de la ciencia es “Cosmos”, de Carl Sagan. Nadie como este gran científico para transmitir la pasión por el conocimiento de una manera tan fascinante. En lo que respecta a la historia de la tecnología, hay un libro que influyó grandemente a que me dedicara a difundir estos temas: “Empires of light”, de Jill Jones, en el que narra la historia de Nikola Tesla y Thomas Edison, y su lucha por electrificar a los Estados Unidos.
Además, con este libro aprendí a incluir los aspectos históricos en mis clases de ingeniería, y descubrí lo interesante que resulta a los alumnos saber no sólo el funcionamiento de un circuito, sino también su historia. Otras obras de ciencia que recomiendo ampliamente son “El modo desnudo”, de Desmond Morris, que muestra cómo nuestro comportamiento está marcado por los millones de años que pasaron nuestros antepasados en las estepas africanas. Asimismo, la magna obra “Sapiens”, del historiador Yuval Noah Harari, nos muestra la evolución de nuestra especie. Mención aparte merece el clásico de Stephen Hawking: “Breve historia del tiempo”, todo un fenómeno editorial que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo.
He leído que en realidad los libros nos escogen, y no nosotros a ellos. No sé si sea cierto, pero tuve una experiencia en este sentido. Cuando me encontraba realizando un posdoctorado en la Universidad Texas A&M, uno de mis lugares favoritos era su biblioteca. Un maravilloso edificio de cinco pisos (y además otro edificio anexo) que albergaba –según recuerdo– un millón de ejemplares. Un día quise leer un libro raro y difícil de conseguir actualmente: “El Paraíso Perdido” de John Milton, con anotaciones de Isaac Asimov.
Con gusto vi que estaba un ejemplar en la biblioteca; sin embargo, al buscarlo no lo encontré en su lugar ni tampoco aparecía en el sistema. Recuerdo al joven bibliotecario decirme que “El Paraíso Perdido” estaba perdido. Unos días después, mientras curioseaba en otro piso y sección completamente diferentes, el libro apareció ante mis ojos: alguien lo había movido, y pudieron pasar años antes de que lo hallaran.
Saqué a préstamo la obra, y después vi que en el sistema todavía aparecía perdido, así que me lo podía quedar y nunca se darían cuenta. Lo tuve conmigo varias semanas con la intención de fotocopiarlo, pero en el país vecino no se puede hacer eso (y aquí tampoco se debería realizar esa práctica). Al final –con cierto dolor–, fui a depositarlo en el buzón de libros devueltos para que alguien más lo pudiera disfrutar. Aunque con el tiempo he pensado que el libro quería quedarse conmigo.
El gran escritor Mario Vargas Llosa dijo en su discurso de aceptación del Nobel que los libros lo salvaron varias veces, y yo puedo decir lo mismo: leer me ha salvado y me ha impulsado a ser mejor. Tal como lo comenté líneas arriba, es un error obligar a alguien a practicar la lectura, se debe hacer por placer; además, un buen consejo es que, si el libro que lee no lo ha atrapado, lo recomendable es dejarlo, en lugar de terminarlo a la fuerza. Recordemos lo que afirmaba Umberto Eco: el libro es uno de los grandes inventos de la Humanidad, algo que una vez inventado, ya no se puede mejorar, como la rueda, el cuchillo, el martillo o las tijeras.
Pensemos que cuando leemos un libro nos adentramos en la mente de otra persona que quizás falleció hace siglos. Asimismo, al leer en silencio, en cierta forma permitimos que entre en nuestra mente (en épocas antiguas la lectura era en voz alta, normalmente). La Ilíada y la Odisea se transmitieron de formal oral por generaciones durante cientos de años, mucho antes de la aparición de los libros. La lectura es un acto maravilloso, quien lee no vive sólo una vida, sino muchas.
Me pregunto cuál será el futuro del libro, en un principio utilizamos papiro, después pergamino y posteriormente papel; ahora mucha gente lee a través de dispositivos electrónicos, o sea que el material principal está formado por cristales de silicio; pienso que en unas décadas será una especie de holograma. La plataforma puede cambiar, pero la esencia es la misma: leer historias, ya sean reales o ficticias, que nos fascinan, y aprender sobre nuevas ideas y distintos temas.