Expediente Confidencial / Los demócratas perdieron el “programa de TV imperdible”
El día previo al discurso del Estado de la Unión del presidente Donald Trump, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, dijo que este sería “un programa de televisión imperdible”.
Y lo fue.
Trump diseñó su discurso como un programa de televisión. No usó lenguaje rebuscado, no habló en clave política, sino a una teleaudiencia de ‘prime time’.
Lo hecho por Trump la noche del martes 4 fue una lección de comunicación televisiva, fue un manual de cómo hacer un programa de TV político asequible para las mayorías, fue una cátedra de manejo de los tiempos, las formas y el lenguaje ante una cámara.
Y decíamos que Trump ejemplificó los excesos demócratas con casos de personas reales, de carne y hueso, una diferencia sustancial respecto a sus anteriores discursos y a otros presidentes.
Trump iba presentando sus medidas, o exponiendo sus resultados, como capas en un pastel: cada tema era acompañado por el caso de una persona afectada por Biden y su partido.
Cada una de estas personas estaba sentada en las galerías del Capitolio. Eran los ‘testigos’ de Trump en ese telejuicio contra los demócratas. Sus casos, la evidencia. Y el público, en sus pantallas, el jurado
Y los casos eran, en su gran mayoría, contundentes.
Analicemos uno por uno.
Hubo otro anuncio de mayor envergadura: la detención del terrorista que orquestó el atentado de Abbey Gate, que mató a 13 militares estadounidenses y 170 civiles afganos, durante la retirada ordenada por Biden de aquel país.
Sin embargo, con todo y que Trump cometió sus fallas, con todo y que se permitió sus lances de autoelogio, con todo y su tirar de la retórica pentecostal, los demócratas tuvieron una estrategia tan, pero tan mala, que en ese telejuicio salieron perdiendo y por paliza.
Ya dijimos que ignoraron a las personas que fue presentando Trump, lo cual fue un pésimo mensaje y se les criticó agriamente en redes por eso.
Todas esas cosas refrendaron lo que hizo que los votantes huyeran de Kamala Harris en noviembre, al retratar a los demócratas como conflictivos, propensos a las tácticas de guerrilla urbana y a todo el lenguaje de la izquierda comunista setentera.
Comentarios: gerardofm2020@gmail.com
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónNo hay lugar en el que Trump se sienta más cómodo que ante las cámaras de televisión y en el horario estelar. Y ahí estuvo asentado su quinto discurso del Estado de la Unión -equivalente a los informes de gobierno mexicanos y a las sesiones de control españolas, aunque mucho menos abrasivo que estas últimas-.
Y el programa que diseñó Trump fue uno de telejuicios. Y desde ahí, los demócratas estaban perdidos, máxime con su estrategia, que repite la de los años de la primera presidencia de Donald, la misma que les dio el triunfo con Biden... y una estruendosa derrota con Kamala.
A diferencia de Milei en un lado, o López Obrador en el otro, cuya capacidad de conectar con la gente está fuera de toda discusión, pero se basa en lo que ellos dicen solamente, Trump hizo algo todavía mejor: no fue él quien asestó las estacas a la oposición demócrata, sino personas comunes que sufrieron por las políticas de Joe Biden.
Aparentemente, los demócratas creían que podían controlar ese telejuicio y girar el ventilador hacia Trump, pero este lo volteó hacia Biden y el proceso fue contra su gobierno, contra la ideología woke, contra los excesos del Partido Demócrata y, en síntesis, contra el modo de vida y hacer política que ellos abanderan.
Primero, Trump hizo una jugada muy inteligente: los presentó como sectarios, como políticos radicales, cerrados al diálogo, con los cuales no se puede dialogar y que tienen una oposición irracional ¿Cómo lo hizo? Al decir lo siguiente: “Este es mi quinto discurso de este tipo ante el Congreso y, una vez más, miro a los demócratas frente a mí y me doy cuenta de que no hay absolutamente nada que pueda decir para hacerlos felices, o para hacerlos ponerse de pie o sonreír o aplaudir. Nada que pueda hacer. Podría encontrar una cura para la enfermedad más devastadora, o anunciar las respuestas para crear la mayor bonanza económica de la historia, o la reducción del crimen a los niveles más bajos jamás registrados. Y estas personas sentadas aquí no aplaudirán, no se pondrán de pie y, ciertamente, no vitorearían por esos logros astronómicos. No lo harán, pase lo que pase”
Con ese movimiento, Trump puso una estocada de descrédito a todo lo que viniera de ellos y, de paso, dio la más clara explicación de por qué está siendo como es en su segundo mandato: si haga lo que haga van a torpedearlo, ¿para qué perder el tiempo tratando de validarse ante ellos?
Fue presentada Peyton McNabb, quien era una jugadora estrella de voleibol en su secundaria y apuntaba al deporte universitario. Sin embargo, en un partido sufrió un grave percance cuando un hombre biológico, autodeclarado y compitiendo como mujer, le estrelló la pelota con tanta fuerza en la cara que le provocó una lesión cerebral traumática, paralizando parcialmente su lado derecho y poniendo fin a su carrera atlética. Frente a un caso como ese ¿Cómo se puede argumentar que es viable permitir que hombres cis autodeclarados compitan en deportes para mujeres? ¿Se puede argumentar en favor de una inclusión maximizada a ese costo?
Luego apareció Jeff Denard, hombre de Alabama que lleva 27 años trabajando en la misma planta siderúrgica, “un empleo que le ha permitido ser capitán del cuerpo de bomberos voluntarios de su localidad, criar siete hijos con su bella esposa, Nicole, y proporcionar un hogar amoroso a más de 40 niños de acogida a lo largo de los años”. Frente a eso ¿Cómo argumentar que no se debe reindustrializar a Estados Unidos? ¿Cómo argumentar contra la presión a la industria automotriz para que vuelva a construir sus fábricas en Estados Unidos?
Y enseguida, Allison y Lauren, madre y hermana de Laken Riley, estudiante de enfermería de 22 años, quien salió a correr una mañana en Georgia, para acabar siendo violada y asesinada por un migrante indocumentado, que ya había estado en prisión y se le liberó. Y después se presentó a Alexis, madre de Jocelyn Nungaray, una niña de 12 años que fue a una tienda de conveniencia en Houston, y en el camino fue secuestrada, atada, violada durante dos horas bajo un puente y, finalmente, asfixiada. Todo eso perpetrado por dos venezolanos ilegales, miembros de la pandilla del Tren de Aragua, cártel criminal al que también pertenecía el asesino de Laken. Frente a esos crímenes, espantosos, injustificables, bestiales, perpetrados contra mujeres ¿Qué argumento se puede dar en favor de las políticas migratorias de Joe Biden? ¿Quién puede argumentar contra la deportación de migrantes ilegales que han delinquido? ¿De verdad es un exceso llevarlos esposados y encadenados?
Siguió el agente de la Patrulla Fronteriza, Roberto Ortiz, a quien una banda de ‘polleros’ le disparó en los límites de Texas con México, junto a un compañero. La reacción de Ortiz salvó las vidas de ambos ¿Cómo argumentar, entonces, que el narco no está detrás del tráfico de migrantes y que se beneficia de este?
Posteriormente, llegó el turno de Stephanie y Ryan, viuda e hijo de Jonathan Diller, oficial neoyorquino asesinado a tiros en Long Island, con solo 31 años. Tras presentarlos, Trump anunció una orden ejecutiva para exigir pena de muerte obligatoria para cualquiera que asesine a un agente de policía ¿Alguien puede oponerse a eso? ¿Habrá a quien le parezca bien que estén matando policías? Increíblemente, algunos legisladores demócratas abuchearon a la viuda y al hijo de Diller, lo cual fue terrible y demuestra lo miserables que son.
Y luego, fue presentado DJ Daniel, niño de 13 años que sueña con ser policía y ha sobrevivido durante seis años a un cáncer cerebral, tras de que los médicos le dijeron que solo tendría cinco meses de vida. El director del Servicio Secreto, Sean Curran, lo nombró agente del mismo en forma honorífica. A continuación, Trump presentó a su secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., de quien dijo eliminará “los venenos de nuestro suministro de alimentos y (así) mantener a nuestros niños sanos y fuertes”.
Enseguida apareció Jason Hartley en pantalla. Su bisabuelo, abuelo y padre estuvieron en cuerpos de seguridad, y este último murió cuando era ayudante del sheriff del condado de Los Ángeles, momento en que Jason era sólo un niño. Trump le dijo, en cadena nacional, que su solicitud para ingresar a la academia militar de West Point había sido aceptada.
Y luego, Trump comentó que había regresado a casa a Mark Fogel, detenido en Rusia y sentenciado a 14 años, pese a ser inocente, logrando que lo liberaran cuando llevaba 22 días en el cargo. Durante la campaña por la presidencia, Trump había prometido a su madre, Malphine, de 95 años, que lo regresaría. Ambos estaban en las galerías. Fue una manera de decir “esto es lo que se puede lograr dialogando con Rusia”.
Y, finalmente, llegó la aparición de Helen, Allison y Kaylee, la viuda y las dos hijas de Corey Comparator, el bombero asesinado durante el intento de magnicidio contra Trump en Pensilvania, al proteger a su familia de las balas con su propio cuerpo, lo que le costó la existencia.
Hasta ese momento, los demócratas permanecían en silencio -salvo durante el insultante abucheo a la viuda y el hijo de Diller-, volteados de perfil, sin ver a Trump, ni a las personas de cada uno de estos casos, en una conducta francamente infantil, porque ese mensaje político es pésimo: estaban ignorando no a Trump, sino a todas esas personas. Es decir, Trump hizo que se reforzara el mensaje de que el Partido Demócrata es sectario y rechaza a quienes no piensan como ellos, que esas personas no existen para ellos. Sin embargo, cuando aparecieron la viuda y las hijas de Comparator, eso cambió y algunos, como Bernie Sanders, se levantaron para aplaudir. Fueron pocos, pero esos pocos entendieron el mal mensaje que estaban enviando.
A todos esos casos, Trump los sazonó con una serie de cifras sobre la corrupción que ha encontrado el Departamento de Eficiencia Gubernamental, el DOGE, de Elon Musk. Se entiende, por las temáticas, que la mayoría se referían a la USAID, pero algunas no tienen desperdicio, como los “22 mil millones de dólares del Departamento de Salud y Servicios Humanos para proporcionar vivienda y coches gratis a los extranjeros ilegales”, los “40 millones de dólares para mejorar la inclusión social y económica de inmigrantes sedentarios”, los “32 millones de dólares para una operación de propaganda izquierdista en Moldavia”, los “10 millones para la circuncisión masculina en Mozambique”, o los “20 millones de dólares para (producir) Plaza Sésamo árabe en Oriente Medio”. Aunque, sin duda, el dato más brutal es el de los “8 millones de dólares para que los ratones sean transgénero”. Resulta evidente que ahí había no solamente operaciones políticas y de propaganda, sino, sobre todo, negocios de grupúsculos a costillas del erario ¿Les recuerda algo?
Ahora ¿El discurso de Trump fue perfecto? No. Considero que habría sido perfecto haber si se hubiera salido de la línea discursiva pentecostal, para centrarse en los casos irrebatibles de los excesos demócratas, casos que sean incontestables para ellos y su séquito mediático, como los de Laken Riley y Jocelyn Nungaray, casos que unan al país en contra del wokismo. Quizás Trump busca emular el ejemplo de Erdogan en Turquía, a quien le ha dado muy buenos réditos pegarse al islam y generar una especie de despertar religioso, que crea una cortina de contención social frente a quienes se oponen. Pero tengo mis muy fundadas dudas de que eso funcione en Estados Unidos. Considero que en Estados Unidos puede galvanizar mucho más el llamado a la ley y el orden, acompañado de una buena estrategia económica, antes que lo religioso. La religión no es el pegamento que necesita para mantener unidos a sus 77 millones de votantes, y menos con la visión pentecostal.
En este sentido, me parece tremendamente positivo que el criterio a tomar en cuenta vuelva a ser el mérito, antes que la raza o la identidad sexual, para acceder a beneficios o puestos gubernamentales. Es lo justo. Pero una cosa es eso y otra regresar a la visión sexual de Eisenhower. Esa visión de negar a las personas LGBTQI+ ya está rebasada en la derecha. En Madrid, el gobierno de Isabel Díaz Ayuso, que es derechista, reparte casi 4 millones de condones y 700 mil lubricantes el día del Orgullo Gay. Otro ejemplo: En Buenos Aires, su alcalde, Jorge Macri, derechista también, criticó en su día el discurso de Milei en Davos sobre el tema y lo calificó de “injusticia brutal”, al tiempo que dijo: “Esta es una ciudad en la que conviven la Marcha del Orgullo con la Marcha del Niño por Nacer”. Tiene lógica política: el negacionismo sexual es renunciar, porque sí, a un banco de votos del que se puede pescar ¿Para ganarse los de quién? ¿A poco los votantes pentecostales van a ir a votar por Shapiro o Newsom en 2028?
Su estrategia de sacar paletas de bingo con leyendas como “Salvemos Medicaid”, “Falso” o “Robos de Musk”, fue de niño de universidad rebelde que juega al izquierdista leninista. Lo mismo sus camisetas negras con leyendas como “No hay reyes viviendo aquí” o “Resiste” ¿Resiste qué? ¿Los cuatro años sin meter la mano en el presupuesto?
Más patético lo del representante Al Green, levantándose de su asiento y señalando con su bastón a Trump, argumentando una tontada: que el republicano no había recibido el mandato de la gente, cuando ganó no solamente en votos electorales, sino en sufragios. Green insistió en escandalizar pese a las advertencias de Mike Johnson, el presidente de la Cámara de Representantes, hasta que lo sacaron. Seguramente ese era su objetivo, hacer que lo sacaran para victimizarse. Pero lo único que hizo Green fue quedar como un revoltoso. El típico “señor, ya siéntese”.
Ese lamentable espectáculo echó por la borda una incipiente estrategia que se asomó en el mensaje de Elissa Slotkin, senadora por Michigan, subido a redes como respuesta de los demócratas al discurso de Trump -similar a la respuesta que se daba en México a los informes presidenciales-.
Slotkin quiso conectar con los independientes y los republicanos más centristas, diciendo que, tras lo ocurrido con Zelenski en el Despacho Oval, “Reagan se está revolcando en su tumba”, elogiando a Ronald como un ejemplo y el artífice de que Estados Unidos ganara la Guerra Fría. También quiso poner paños fríos a las posturas migratorias de los demócratas y dijo que entendían que los estadounidenses “quieren un cambio”, aunque dijo que ese no era el ofrecido por Trump. Total, Slotkin se afanó por borrar la imagen woke y Antifa de su partido, sin saber, porque ese mensaje se grabó antes, que sus compañeros se encargarían de refrendar esa noche que eran más woke, Antifa y sectarios que nunca.
Claro que la credibilidad de Slotkin puede demolerse ladrillo a ladrillo, cuando se ve su historial de votación, que la Casa Blanca dio a conocer oportunamente antes de su mensaje, y que fue siempre favorable a las políticas de Biden. Y claro que se puede argumentar la falsedad de ese mensaje, cuando los demócratas y sus corifeos mediáticos pisotearon, en la campaña de 2020, la memoria de Reagan, con un documental lleno de posverdad y de odio contra él y su esposa Nancy, emitido por ViacomCBS. Así que los demócratas tienen la cara muy dura al invocar la memoria de Reagan.
Pero ese primer paso buscaba corregir el rumbo narrativo de un Partido Demócrata que, en cambio, fue a un telejuicio y salió condenado hasta por sus propios fans. Stephen Colbert, odiador de Trump como pocos, no tuvo más remedio que criticar a los congresistas demócratas en su programa “The Late Show”, emitido horas más tarde en CBS: “Así es como se salva la democracia: pujando por un juego de té antiguo”. Y enseguida, levantó su propia paleta con el mensaje “Traten de hacer algo”.
Más que demostrar avances reales y tangibles, Trump buscó ponerle el último clavo al ataúd del Partido Demócrata. Una estrategia similar a la usada por AMLO con su propia oposición, durante su mandato. Y Donald lo logró, por su astucia al planear un escenario perfecto para él, pero también por la invaluable colaboración de ellos. Si el mensaje de Trump fue un programa de TV imperdible, los demócratas se fueron con las manos vacías como en ‘El rival más débil’. Y aunque Trump logró un final feliz esa noche, debe recordar que en política no hay un “vivieron felices para siempre”. Cada dos años hay una elección y la autocomplacencia es la peor consejera