Análisislunes, 16 de febrero de 2026
Cuba y la asfixia imperial
*Antonio Martínez Velázquez
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*Antonio Martínez Velázquez
La reciente orden ejecutiva de Donald Trump —que impone un bloqueo petrolero de facto sobre Cuba—, arropada por la retórica de “cambio de régimen” del secretario de Estado Marco Rubio, ha despojado a la política exterior estadounidense de sus eufemismos históricos. Lo que Washington ejecuta hoy contra la isla no es un simple embargo comercial; es una guerra económica no declarada y un castigo colectivo que viola, de manera flagrante, el derecho internacional. Ante este escenario de apagones masivos, escasez de insumos médicos y parálisis del transporte, la izquierda latinoamericana —y particularmente la mexicana— se encuentra frente a una encrucijada que exige tanta claridad ideológica como audacia diplomática.
Durante décadas, una facción de la izquierda global se estancó en una defensa romántica y acrítica de la Revolución de 1959. En contraste, otra vertiente, temerosa de ser tildada de autoritaria, cedió ante el marco narrativo de Washington, equiparando las fallas del gobierno cubano con la agresión imperial. En pleno siglo XXI, la postura progresista está obligada a superar esta falsa dicotomía.
Se puede —y se debe— mantener una mirada crítica sobre las deficiencias burocráticas, los retos en materia de libertades civiles y la urgencia de reformas democráticas internas en Cuba. Sin embargo, resulta un acto de deshonestidad intelectual y cobardía política exigir un funcionamiento estatal óptimo a un país que lleva más de seis décadas sometido a un asedio diseñado explícitamente, como dictaban los memorandos de Lester Mallory en 1960, para provocar “hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. La postura innegociable de la izquierda contemporánea debe ser el rechazo absoluto al uso de las necesidades humanas básicas como armas de coacción geopolítica. Defender a Cuba hoy no es un ejercicio de nostalgia por la Guerra Fría; es defender el derecho a la libre determinación frente a una Doctrina Monroe reempaquetada bajo el eslogan de America First.
Históricamente, México ha operado como el puente vital de Cuba con el continente. Desde ser el único país que votó contra su expulsión de la OEA en 1962, la relación bilateral ha sobrevivido a presiones formidables. Incluso tras las fracturas provocadas a principios de siglo —simbolizadas en el infame “comes y te vas” de Vicente Fox—, el peso de la vecindad terminó imponiéndose. Hoy, frente al colapso de los envíos petroleros desde una Venezuela intervenida, México se ha erigido como el salvavidas energético de La Habana.
La respuesta nacional frente a esta coyuntura debe articularse en tres frentes. Primero, mediante el desafío diplomático y la asistencia material. La decisión del gobierno mexicano de enviar buques con ayuda humanitaria, desafiando las amenazas arancelarias de Trump, es un acto de dignidad elemental. La izquierda debe exigir que estos envíos de crudo, alimentos y medicinas se consoliden como una política de Estado inquebrantable; la asistencia humanitaria no se negocia en el Despacho Oval.
Segundo, se impone el fortalecimiento de los puentes culturales y académicos. La hermandad no solo se teje en las cancillerías. Potenciar becas, coediciones literarias y el intercambio científico es una forma de resistencia suave, pero sumamente efectiva, para romper el cerco y mantener viva la conversación intelectual. Finalmente, México debe asumir el liderazgo en el multilateralismo, aglutinando a naciones de la región para denunciar activamente esta asfixia en foros como la ONU y la CELAC, evidenciando la hipocresía de quienes sancionan en nombre de los derechos humanos mientras solapan atrocidades en otras latitudes.
El siglo XXI exige una izquierda lúcida que comprenda que el destino de Cuba está íntimamente ligado a la soberanía de toda América Latina. Permitir que Washington empuje a la isla hacia el colapso humanitario mediante la asfixia financiera y energética sienta un precedente letal para cualquier nación del sur global que intente trazar un camino independiente. La solidaridad no puede agotarse en la retórica; debe traducirse en barriles de petróleo, en la defensa irrestricta del derecho internacional y en la convicción política de que la amistad entre los pueblos no le rinde cuentas a ningún imperio.