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Recién iniciaba la década de los 70’s del pasado siglo XX, cuando en la hoy CDMX se “cocinaba” un proyecto que, de haberse realizado, pudo haber sido de funestas consecuencias para la defeña sociedad desde entonces: se “ventiló” el proyecto de trasladar el Colegio Militar, ubicado en Popotla, a una parte del ya denominado “Parque Nacional Desierto de los Leones” (el decreto presidencial firmado por Venustiano Carranza ya lo ostentaba desde el 27 de noviembre de 1917), aun cuando desde 1876 dicho parque había sido declarado “Reserva Forestal” en el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada. La superficie del mismo actualmente es de poco más de mil quinientas hectáreas, y solamente el 20% es accesible al público en general.
El proyecto del nuevo Colegio Militar requería al menos 400 hectáreas de bosque (casi la tercera parte del citado parque), lo que era a todas luces una barbaridad o brutalidad, talar miles de árboles para dar cumplimiento, no sé si capricho o voracidad (de empresario o político alguno), dado que este tipo de mega proyectos siempre conllevan derramas económicas incalculables pero que, sin embargo, el daño ecológico para los defeños hubiera sido terrible: talar inmisericordemente miles de árboles, para dar paso a enormes planchas de concreto y acero para edificios, oficinas y habitacionales, campos, zonas de aterrizaje, zonas de estacionamiento y todo lo que un proyecto de esta envergadura requiere, sin escatimar las hectáreas necesarias.
Un tlaxcalteca, más que azorado, “profundamente alarmado ante esta noticia”, hizo lo que creyó más conveniente: dirigirse “personal y directamente al señor presidente de la República, como autoridad máxima de la nación y como magnánimo dirigente de los mexicanos, pidiéndole respetuosamente que no se llevara a cabo tan descabellado proyecto. Acompañé mi petición -apunta- con un libro que había escrito años atrás sobre este Parque Nacional, donde aparecían sus más notables características: su brillantísima historia, su valiosísima vegetación. Su espectacular fisiografía, su rica hidrología”.
“Simultáneamente di a conocer estas gestiones en algunas publicaciones particulares. Pronto vinieron en mi ayuda diversas sociedades científicas, algunos grupos de exploradores y otras personalidades y la prensa. El resultado final no se hizo esperar. Por orden del señor presidente de la república el H. Colegio Militar NO se trasladaría al Parque Nacional ‘Desierto de los Leones’. De esta manera se salvó milagrosamente este virginal rincón de la Naturaleza del Valle de Anáhuac. Esto fue para mí, -para mis escasas fuerzas- uno de los mayores logros alcanzados en las sendas de mi idealismo por los bosques. Sin embargo, ha sido uno de mis triunfos raros, pues casi siempre he fracasado en mis locos empeños por salvar a los árboles”.
Antonio Sosa Herrerías fue ese tlaxcalteca que logró detener tal holocausto ecológico. Ingeniero forestal, fue autor de varios libros relativos al tema, y profundo conocedor de la geografía ecológica mexicana y, muy en particular, de varios “Parque Nacionales”, incluido el de Tlaxcala, de los cuales documentó su historia en múltiples publicaciones, algunas de ellas, para fortuna nuestra, fueron impresas en formato libro. Fue consocio de la Sociedad de Geografía, Historia, Estadística y Literatura de Tlaxcala y de varias agrupaciones afines a escala nacional; fue, además, colaborador especial de El Sol de Tlaxcala y de múltiples revistas especializadas. Personaje que recorrió a pie grandes llanuras de la entidad tlaxcalteca y de la República mexicana, y en ambos casos se hizo acompañar de su pesado equipo fotográfico para hacer no cientos, miles de fotografías que hoy resultan un acervo cultural impresionante.
Otro ejemplo, ahora contrario a lo sucedido en el “Parque Nacional Desierto de los Leones”, nos lo detalla el propio Sosa Herrerías. El deleznable ecocidio efectuado en el pequeño y casi único pulmón central que tenía Chiautempan hace algunas décadas.
“El atrio [del convento franciscano] es lo que más me había subyugado siempre. Es un rectángulo que mide 50 metros de norte a sur por 70 metros de oriente a poniente. Todavía en los últimos años este atrio era lo más hermoso que se conocía en tierras tlaxcaltecas, con trece fresnos gigantescos, centenarios, con 400 años de vida, frondosos, pletóricos de belleza y de pujanza vegetal. En el centro se levantaba una gran cruz de madera sobre una peana o pedestal de mampostería. Esa Cruz de las Misiones custodiada por aquellos trece fresnos colosales, silenciosos, llenos de poesía, era lo que más me cautivaba. Desgraciadamente a nadie interesaba la conservación de ese lugar tan lleno de historia y de tan gran belleza, ni a los propios habitantes de Chiautempan”.
“Primero, desde hace algunos años, como si no existiesen en la localidad otros terrenos apropiados para ello, se construyó un plantel educativo dentro del mismo atrio, invadiendo también el claustro del antiguo recinto de los hermanos franciscanos. Más tarde se instaló un campo deportivo en la parte del atrio libre de aquellas construcciones, pavimentando con cemento dicho campo, y derribando la Cruz de las Misiones que antes mencionamos. Por último, en mi reciente visita al lugar, pude presenciar la destrucción –que se consumaba ante mis propios ojos– de aquellos fresnos verdaderamente notables”.
“Todas estas mutilaciones, estas inícuas destrucciones, nos duelen profundamente, no precisamente porque se lleven a cabo en contra de los dominios de un templo católico, sino porque atentan en contra de relevantes tesoros de nuestra historia, en contra de los más notables monumentos de nuestra arquitectura colonial, en contra del alma misma de nuestro pueblo. Era lo más hermoso, lo más puro que existía en Santa Ana Chiautempan; y ahora todo eso se pierde en un momento de torpeza gracias a la falta de cultura de unos cuantos y a la indiferencia de los habitantes de esta población”. Hasta aquí la cita de Antonio Sosa Herrerías. Como vemos, la “torpeza y la incultura de unos cuantos” ha sido una constante en nuestra historia, con la diferencia de que, conforme avanza la historia, más evidente y lamentable se manifiesta el desprecio a nuestros valores y reservas ecológicas, tan desaseadas y amenazadas por la rapiña y voracidad de ciertos grupos faltos de conciencia ecológica, sentido cívico y de respeto por la tierra que todo nos da a cambio de nada.
Me parece que la entidad tlaxcalteca, pero sobre todo la enorme y altamente contaminada ciudad defeña, de acuerdo con los índices de calidad del aire (ICA), están en deuda con la memoria histórica de Antonio Sosa Herrerías, y le adeudan un homenaje de acuerdo con su estatura y contribución histórica. De entrada: me parece que a nuestro denominado “Parque de la Juventud”, que a pesar de su modestia en extensión y gamma ecológica, se le puede imponer el nombre “Parque de la Juventud Antonio Sosa Herrerías”. Elementos históricos para sustentar tal propuesta hay en demasía.
Lo que falta es: a) conocer nuestra propia historia ecológica; b) conocer el actuar de ecologistas y defensores de la misma que, como Antonio Sosa Herrerías, han emprendido acciones dignas de reconocimiento; y c) fortalecer, nosotros como ciudadanos agradecidos hacia la ecología y hacia ellos, las acciones que a lo largo de su trayectoria profesional han emprendido en beneficio de la ecología tlaxcalteca. Nunca es tarde para salvar, al menos, UN ÁRBOL más de la depredación humana, de los incendios, de las plagas. Nunca es tarde para “proyectarle” a un árbol otros cincuenta años de vida, como si fuera una cápsula del tiempo. Que sean otros, nuestros descendientes, los que determinen ser ecocidas, nosotros no.