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Y pasa el toro, ¿y qué pasa? / pasa que, si pasa el toro/ la muerte guiña en los cuernos/ y el sol en el traje de oro/.*
A la disyuntiva se antepone el valor, la fe, la seguridad del torero, de lograr la victoria y, con ella, la conquista de la celebridad, o el refrendo de la fama. Todo esto se gana con la entrega, con el alma; con el pundonor.
Surge con la comunión entre toro y torero, el milagro del arte, con que se consuma la pasión por los toros. Pero cuando se da la desunión sale el peligro que conlleva a la tragedia.
No fueron fáciles los toros de don Sergio Hernández. Los de Rancho Seco llegaron con edad, trapío. La casta de esa dehesa estuvo en duda. Era una corrida seria que desarrolló sentido; a la que habría que poderle con el mando de la muleta.
Con el tercero, Gerardo Adame se había ido por delante a su paisano Barba. El joven hidrocálido desorejó a “Redentor”, el tercero de la tibia tarde.
La vergüenza torera y el pundonor de Fabián Barba le dieron el triunfo. El toro cayó cerca de su cuerpo. El público impresionado por la temeridad del matador, pidió la oreja. Los pañuelos blancos ondearon en las manos de los aficionados. El juez concedió el trofeo.
Acompañado de cerrada ovación dio la vuelta al ruedo. Emocionado, escuchaba: ¡Torero!,¡torero!, y de arriba llegaban las notas de la Diana, en honor al de Aguascalientes.
Fabián Barba había matado al toro de Rancho Seco. Él seguirá con la ineludible incertidumbre de morir, o salir vivo de una plaza de toros.(M)
• “Para colocar en pases de muleta” Anónimo. La Tauromaquia, de Pancho Flores. Editorial Noriega.














