Análisisjueves, 2 de noviembre de 2023
A modo de crónica | Los chubascos de California
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Los fenómenos atmosféricos conocidos como tormentas, ciclones y huracanes forman parte de la historia de la humanidad. Originados por los cambios climáticos causan destrozos y muertes, sin que haya hasta el momento recursos para evitarlos, aunque sí, avisos oportunos para tomar medidas precautorias y lograr que los daños sean mayores.
Lo que pasó el miércoles pasado por la madrugada, cuando el huracán Otis devastó la ciudad de Acapulco es una prueba de no tomar en cuenta las voces de alerta emitidas por los Centros Nacionales de Huracanes tanto de México como de los Estados Unidos. Es por eso que los medios masivos de comunicación al mostrar el enorme daño que causó el meteoro, han puesto en tela de juicio la irresponsabilidad de las autoridades federales y estatales al no tomar medidas de protección que evitaran la pérdida de vidas y la conservación de la zona urbana de la ciudad.
La península de la Baja California como otras regiones de nuestro país también ha sufrido los embates de los que eran conocidos como “chubascos”, en especial la parte sur donde se ubica el estado de Baja California Sur. La historia de algunos de ellos se debe a los misioneros jesuitas y a los gobernantes de la época independiente.
En 1828, un “temporal “destruyó el pueblo de Loreto y a causa de ello las autoridades cambiaron su residencia a la ciudad de La Paz. En 1895, un ciclón causó destrozos en la ciudad de La Paz, lo que originó una carta que un amigo del señor Gastón J. Vives, un importante empresario de la explotación perlera de esos años.
Lo interesante de la misiva fue la recomendación de aprovechar los daños causados por el ciclón para dar a conocer al gobierno de la república la difícil situación por la que atravesaba la entidad. Le sugería entre otras cosas “la inmensa mortandad del ganado por falta de lluvias, la paralización de los trabajos orchilleros en la costa del Pacífico y de los trabajos mineros de la isla de San José y San Antonio, de la desaparición de empresas que explotaban el yeso en la isla de San Marcos…”
Y la carta terminó así: “En fin, amigo mío, un ciclón bien aprovechado puede producir mucho, siquiera sea el haber fijado la atención del gobierno en ustedes y el haber dado a conocer al país la pobreza del Territorio en toda su horrible desnudez con que nadie se imaginaba de sus ricas y legendarias Californias…”
En el siglo pasado las tormentas y ciclones fueron comunes en la entidad aunque algunos fueron de mayor intensidad como los ocurridos en 1907, 1918, 1941—estos dos últimos de gran intensidad que causó daños en La Paz y los pueblos de la región sur de nuestro territorio.
En la segunda mitad del siglo XX varios ciclones hicieron su presencia en esta región de México entre ellos el Karina en 1967 y el Pauline en 1968. Y en 1982 el ciclón Paul uno de los más devastadores. Hubo otros en el transcurso de los años hasta el último, en el presente año de 2023, cuando afortunadamente el “Norma” se desvió rumbo a las costas de Sinaloa.
Y no podemos dejar de mencionar al ciclón Liza, el peor de todos porque en la ciudad de La Paz causó la muerte de miles de personas, pero no por la fuerza de los vientos y la lluvia si no más bien por la destrucción del represo que contenía las aguas del arroyo El Cajoncito, originando la desaparición de las colonias fincadas en el cauce del mismo.
Se antoja una conclusión sobre los ciclones y los huracanes. La historia de ellos y sus terribles consecuencias no permite las indiferencias de nadie, muchos menos de las autoridades responsables de la seguridad de las personas. Ese fue el caso del huracán Otis y el precio lo pagaron los habitantes de Acapulco.