Análisis22 de abril de 2026
Por Andrea Domínguez
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Por Andrea Domínguez
La WNBA vive algo que, en sus inicios —como una de las primeras ligas profesionales de deporte femenil consolidadas—, parecía lejano: una transformación real de su estructura. No es parte de una tendencia pasajera; es el resultado de años de trabajo, talento, capacidad de organización y negociaciones que hoy, por fin, se traducen en números, en dinero y en reconocimiento.
El draft de la WNBA de este año superó el millón y medio de espectadores. La temporada regular y los playoffs de la última temporada rompieron récords históricos de audiencia. Las finales volvieron a posicionarse entre las más vistas de todos los tiempos. Las arenas se llenan como nunca antes. Nuevas franquicias, como las Golden State Valkyries, agotan todos sus boletos incluso antes de debutar. Las suscripciones y el alcance digital de la liga se dispararon.
Hay una audiencia real, activa y comprometida. Y hay algo que Sue Bird ha señalado: el verdadero impacto de una liga no se mide solo en números, sino en su capacidad para generar cultura. Eso es lo que la WNBA logra hoy. Está en la forma en la que las jugadoras marcan estilo, en las marcas que las buscan y en las campañas que protagonizan. Está en cómo se convierten en referentes, en figuras que representan a una ciudad o a una comunidad.
En ese contexto, tras meses de negociación, acompañadas por la economista ganadora del Nobel, Claudia Goldin, y con grandes esfuerzos por ambas partes, el nuevo acuerdo colectivo entre la liga y la Asociación Nacional de Jugadoras de Baloncesto (WNBPA) se consolida como un momento histórico. Surge en un entorno donde ya no es sostenible que el crecimiento de la liga no se refleje en quienes la sostienen y la elevan. Por primera vez, muchas jugadoras alcanzarán el millón de dólares en salario y algunas lo superarán.
Es el caso de A’ja Wilson. La figura de Las Vegas Aces firmó una extensión por 4.7 millones de dólares durante 3 años, el contrato más alto en la historia de la liga. Cuatro veces MVP y tres veces campeona, Wilson venía de percibir un salario de unos 200 mil dólares. Hoy, gracias a las negociaciones y al aumento del tope salarial, su equipo pudo retenerla bajo condiciones que, por fin, se acercan al valor que representa tanto dentro como fuera de la cancha.
Una realidad que empieza a ser distinta para todas las jugadoras de la liga. Contratos de uno o dos años por encima del millón de dólares eran impensables incluso el año pasado. Courtney Williams, jugadora de Minnesota Lynx, al finalizar las negociaciones, salió con entusiasmo a decir: “Vamos a ser las primeras millonarias de nuestras familias”. Ella firmó una extensión de dos años con su equipo por 2.4 millones de dólares. El dato deja de ser una cifra, y se convierte en la historia y en la experiencia de mujeres que, a través del deporte, transforman su realidad.
Esta dinámica no es exclusiva de la WNBA, pero sí es de las primeras en consolidarse de este modo. Las ligas de deporte femenil llevan años de crecimiento, sustento y búsqueda de formas de existir incluso cuando el respaldo no era suficiente. No debemos perder lo trascendental e importante que es que una liga sostenida, en su mayoría, por mujeres, muchas de ellas afrodescendientes, encabece una transformación estructural en el deporte profesional.
Al mismo tiempo, la liga se siente cada vez más cercana. Gabriela Jaquez, reciente campeona nacional con UCLA y parte de la selección mexicana, fue elegida en la quinta posición del draft por el Chicago Sky. Su llegada representa una importante presencia de nuestro país en la WNBA. La temporada 2026, que inicia el 8 de mayo, se perfila como una cita que no hay que perderse.