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El terror que la literatura ha descrito durante siglos —desde el gótico de Horace Walpole hasta el realismo fantástico de Julio Cortázar— ya no es sólo una metáfora: en México se ha convertido en experiencia cotidiana. Los asesinatos de autoridades locales y líderes sociales, junto con el desplazamiento forzado de decenas de miles de personas, han vaciado pueblos enteros y transformado la geografía nacional en una cartografía de miedo. La casa —esa metáfora constante de refugio y de patria— se fractura ante nuestros ojos.
En la tradición del horror, lo fantástico funciona como espejo: The Castle of Otranto, de Horace Walpole, inauguró el canon gótico en 1764, mientras que Casa tomada, de Julio Cortázar, transformó el miedo en alegoría política. Los dos textos retratan una invasión del espacio íntimo, una irrupción de lo desconocido en el hogar, justo como ocurre hoy en el México profundo, donde el crimen organizado, la corrupción y el abandono institucional invaden la vida doméstica y anulan la tranquilidad más elemental.
El sábado 1º de noviembre de 2025, Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, fue asesinado durante un acto público en las conmemoraciones del Día de Muertos. Semanas antes, Bernardo Bravo, líder limonero de Apatzingán, había sido ejecutado dentro de su vehículo. Ambos hechos, ocurridos en la misma región de Michoacán, ilustran la vulnerabilidad de quienes representan o defienden el interés público frente a poderes paralelos que controlan el territorio y la economía local. La violencia, que alguna vez se pensó marginal, ahora ocupa el centro de la escena.
Los datos lo confirman. El informe Travesías forzadas: Desplazamiento interno en México 2024, elaborado por la Universidad Iberoamericana con el apoyo de ACNUR, documentó casi 29 000 personas desplazadas en 72 episodios durante ese año, un aumento sostenido respecto al anterior. Las causas principales: enfrentamientos entre grupos criminales, conflictos comunitarios y amenazas directas. Comunidades como Chenalhó, Chamic o Comalapa en Chiapas, así como Cerralvo en Nuevo León o San Luis de la Loma en Guerrero, dan cuenta de ello: casas cerradas, escuelas abandonadas y templos donde el único dios que habita es el miedo.
El horror literario mexicano ha sabido anticipar este paisaje. En El huésped, Amparo Dávila retrata la irrupción de un extraño que desestabiliza el hogar y revela la violencia latente bajo la aparente normalidad. En Bajo el agua negra, Mariana Enríquez describe las periferias inundadas por su propio veneno moral, donde la corrupción contamina incluso lo sagrado. En ambos casos, el miedo no viene de fuera: emerge de lo que somos, de lo que hemos permitido crecer bajo la superficie.
México vive esa doble amenaza: el hedor de lo ajeno y el de lo propio. De fuera llegan los tentáculos del crimen trasnacional —el Tren de Aragua, los Mara Salvatrucha, los “gota a gota”—; de dentro brota la podredumbre de la impunidad y la negligencia. Lo que antes eran fronteras porosas se han convertido en zonas tomadas por redes que imponen su ley, su miedo y su economía del terror. Así, el horror fantástico se convierte en registro realista.
Howard Phillips Lovecraft afirmaba que “el miedo más antiguo y poderoso de la humanidad es el miedo a lo desconocido”. En México, ese desconocido ya tiene nombre, rostro y coordenadas. El crimen organizado se institucionaliza; la violencia se normaliza; el silencio se impone como mecanismo de supervivencia. Somos cobayas inmóviles, petrificadas ante la mordida que, tarde o temprano, nos desgarrará el cuello de la cobardía.
Llamar “narco-estado” a México no es un recurso retórico. El término designa un sistema donde el crimen penetra estructuras políticas, económicas y de seguridad hasta distorsionar las funciones del Estado. En regiones completas, la línea entre autoridad y delincuencia se ha desdibujado. Policías que sirven a dos amos, alcaldes amenazados o asesinados, elecciones condicionadas, empresas extorsionadas: síntomas de un Estado fracturado que resiste entre la legalidad y la complicidad.
Las consecuencias son devastadoras: parálisis cívica, erosión de la democracia, desconfianza institucional y un éxodo silencioso. Miles de familias abandonan sus hogares sin registro oficial ni mecanismos efectivos de protección. Mientras tanto, el Estado intenta llenar sus arcas con nuevos impuestos a la población económicamente activa, en lugar de atacar de raíz el cáncer de la impunidad. Es una ecuación perversa: se grava al ciudadano, se premia al crimen y se protege la ineficiencia.
La casa mexicana —esa que imaginamos sólida— hoy se parece más a la del Clan Usher de Edgar Allan Poe: una estructura corroída desde adentro, sostenida apenas por la costumbre de existir. Uno a uno, los pilares de nuestra democracia se resquebrajan. La pregunta que deja el cuento de Poe resuena también aquí: ¿moriremos con la casa? ¿O todavía habrá voluntad para reconstruirla antes del colapso?
El terror literario nos enseñó a mirar en la oscuridad, a entender que los monstruos son proyecciones de nuestros miedos y de nuestras fallas. Pero cuando esos monstruos toman las calles, secuestran alcaldes, desplazan familias y gobiernan territorios, la literatura deja de ser advertencia para volverse espejo. México vive ese reflejo: una nación que teme mirarse de frente, pero que ya no puede apartar la vista.
La respuesta al miedo no puede ser el silencio. Si el horror nos ha enseñado algo, es que ignorarlo lo alimenta. Por eso este país necesita volver a nombrar el terror, no en los cuentos, sino en los informes, en los juzgados y en las plazas. Porque solo lo que se nombra existe; y solo lo que se enfrenta deja de gobernarnos.