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Análisismartes, 5 de julio de 2022

Joyas chiapanecas | El lugar preferido del palacio

Joyas chiapanecas | 

Hace años trabajaba en un periódico local de Tuxtla Gutiérrez, cuyo nombre no tiene caso recordar, en el que se me dio la oportunidad de hacer entrevistas, un género que realmente me atrae y que he aprendido a degustar, aunque, en bastantes casos, me ha traído muchos amigos de mentiras y enemigos de verdad.

Julio Domínguez

De inmediato vino el jardinero-mozo y nos hizo pasar a un recibidor elegantemente decorado con muebles estilo segundo imperio, tal vez un poco femenino para la casa de un soltero: plagado de mantelitos, bibelots y un gran florero lleno de alcatraces.

Una de las criadas nos trajo limonada y galletas, y nos pidió aguardar un momento, ya que el licenciado estaba a punto de recibirnos. Antes de cinco minutos llegó él, impecablemente vestido con camisa y pantalón de lino, peinado hacia atrás con gomina y oloroso a loción.

Me saludó con mucha efusividad, me abrazó diciendo que no se perdía ni uno solo de mis artículos, que no sabía de dónde se me ocurría tanta pendejada. Al fotógrafo apenas y le dio la mano, como si estuviera extrañado de que un miembro de la servidumbre se integrara al equipo.

Sin embargo, debo mencionar que el entrevistado era un muchacho muy joven y atento, muy presentable: alto, moreno, bien plantado y de agradables facciones que hablaban de un reciente antepasado europeo. Era también muy elegante y discreto en su arreglo personal.

Sin embargo, tenía también un aire muy andrógino, que yo atribuí a los altos medios sociales en los que acostumbraba desenvolverse. Hablaba y gesticulaba como una auténtica “Reina de Polanco”, y yo lo incitaba a disertar sobre sus antepasados, sobre su infancia, su carrera y ese tipo de cosas.

Iba a preguntarle por qué, teniéndolo todo, no se había casado ni se le conocían novias o parejas, pero el instinto, que jamás me ha fallado, me hizo abstenerme de esas indiscreciones.

Los flashazos se sucedían uno tras otro, el fotógrafo se había impresionado con el personaje y trataba de captarlo desde todos los ángulos.

Desde la sala en la que estábamos sentados se veía, a través de un enorme ventanal, el bien cuidado jardín y la impresionante alberca de mármol estilo romano.

“Preciosa casa”, dije a manera de elogio, y el joven se sintió halagado. Me invitó a hacer un recorrido por la propiedad, siempre seguidos del fotógrafo, que no paraba de capturar imágenes de todos y cada uno de los detalles.

Salimos al jardín, nos sentamos en la barra que estaba junto a la piscina, volvimos al interior, fuimos a la biblioteca, al salón de juegos, a las tres salas, los dos comedores y un exquisito patio interior sembrado de limoneros, con el piso de cantera rosa y gris estilo dominó.

De pronto, a mi entrevistado se le iluminaron los ojos y me propuso mostrarme su lugar preferido en aquel palacio. Obviamente accedí, y precedido por él y seguido por el fotógrafo, llegamos a una puerta del segundo piso que supuse sería su habitación.

Entretenido con la charla, el chico abrió la puerta de un empellón y ante nosotros, acostado en una cama king size, sin más atuendo que una computadora lap top sobre los genitales, había un tipo muy joven, casi adolescente, que se nos quedó mirando extrañado.

Al darse cuenta de su error, el entrevistado cerró de inmediato y con una sonrisa nerviosa nos dijo que perdonáramos, que la habitación estaba ocupada. Le di una palmada en el hombro y le dije que estuviera tranquilo, que después me mostraría su lugar preferido, cosa que, hasta la fecha, no ha hecho ni pienso que vaya a hacer.

Al salir de la casa pregunté al fotógrafo: “¿viste lo mismo que yo?”, a lo que sutilmente me respondió:“claro, soy pendejo no ciego”.

Correo: santapiedra@gmail.com

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