Joyas chiapanecas | El jorongo
Era una mujer joven, guapa, elegante y simpática, pero por más que había buscado trabajo, el más rentable que había conseguido, y el único que le daba para sobrevivir, era ése, el de golfa en el Jorongo.
Una de tantas tardes despertó especialmente aturdida. Se levantó, bebió un prolongado trago de whisky y mordisqueó los restos de un pollo rostizado que había en el refrigerador.
Después se bañó, se puso una bata, maquilló su rostro con maestría y se puso un vaporoso vestido color verde jade, a juego con un abrigo de brocado.
Valiéndose de una redecilla sujetó su cabello, y sobre él colocó una peluca de corte asimétrico que le daba un aspecto muy moderno y sofisticado.
Su bolsa de mano y sus zapatos altos color plata eran carísimos, se los había traído de Nueva York una amiga, la única que le quedaba del colegio de monjas en el que había estudiado.
Transfigurada en dama de sociedad, Marcela llegó altiva al Jorongo. Había muy poca gente y no quería sentarse sola para no parecer lo que realmente era: una golfa.
De pronto, un hombre rubio, alto y con aspecto de extranjero se acercó a ella y le dijo algo en inglés que ella no comprendió.
















