Como pude tomé un taxi al que le pedí llevarme de inmediato a Barajas para tomar el primer vuelo disponible. Imaginé que Querétaro estaba desierto y que se requería mi presencia para evitar que lo tomaran las huestes celayenses.
Señala Gerardo Ángeles que la disciplina financiera del Poder Legislativo permite que no se tengan que realizar ajustes en él con las medidas aprobadas
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Soñé que estaba en Madrid y llegaba a la terminal cuatro del aeropuerto de Barajas muy de mañana, aún antes de amanecer. Pronto me di cuenta del tono que llevaría el sueño, cuando al abordar el “bus exprés” noté que sobre la carrocería podía leerse “Qrobus” y en la cabina de cristales del conductor se descubría un chofer que se parecía, y mucho, a Gerardo Cuanalo. Cuando llegamos a la Cibeles, advertí que la ciudad del chotis y los bocatas de gambas era ya otra: presidía la fuente una gran muñeca Lele de mármol, mientras los leones parecían preguntarse que había cambiado en sus vidas.
Me fui caminando por Alcalá y apenas entrando a la Puerta del Sol, me fui de espaldas cuando avisté que, donde otrora estuviera el famoso oso y el madroño, se descubría una reproducción en miniatura de Conín y sobre las puertas de la cafetería Rodilla, que estaba preparándose para abrir, lucía el nombre de La Mariposa. Dentro, se veía a las tradicionales meseras queretanas y un letrero junto a la barra que anunciaba roscones al módico precio de 150 euros.
Consumido por el estupor, eché a andar hacia la Gran Vía, donde, a lo lejos y frente al edificio de la Telefónica, me pareció divisar una hilera de puestos de guajolotes y enchiladas, subí por Barquillo y pronto me percaté que Primaprix, la tienda de siempre, era ahora un Super Q. Metros más arriba, el Teatro Infanta Isabel anunciaba a su entrada una comedia titulada “Madrileñas Asesinas”, con la destacada participación estelar de los actores Ricardo Ortega, “Coka”, y Jorge Izquierdo, “Chito”.
Junto a la Plaza de las Salesas decidí que, para digerir lo que mis ojos me mostraban sin tapujos, debía, además de pellizcarme, acercarme al creador. Subí las largas escaleras del templo parroquial de Santa Bárbara y me alegré de coincidir con una misa, la de once. La alegría fue momentánea, pues pronto reparé en que el cura que oficiaba no era otro que Martín Lara Becerril, el vicario de la diócesis de Querétaro, asistido por Pepe Niembro, que había asumido con seriedad el puesto de acólito.
Salí de ahí corriendo, tomé la calle Bárbara de Braganza y no paré hasta Recoletos, donde giré a la derecha. ¿Qué mejor lugar para apartar de mi cabeza los pensamientos que me agobiaban que un vermut en el Café Gijón?, me dije. Entré al establecimiento, barrí la sala buscando un espacio libre y fue cuando descubrí una larga mesa repleta de poetas, todos, ¡Dios!, queretanos. Ahí estaban discutiendo Marta Favila, Toño Vilanova, Lelie Dolejal, Gabriel Vega, Rocío Benitez, Gabriela Aguirre, Miguel Aguilar… Todos alrededor de una silla vacía donde se apreciaba el aliento de Chava Alcocer y junto a otras dos tiradas en el piso, fiel descripción de que ahí había habido una pelea a patadas entre Francisco Cervantes y el gordo Arellano.
Tomé aire fresco de nuevo, tiré hacia Cibeles, ya convertida en la fuente de Lele, apenas toqué la Gran Vía, deambulé con rapidez por Montera, crucé con los ojos cerrados la Puerta del Sol (en mi mente abrigaba la sospecha de ver a Kuri abrazando a la Ayuso en uno de los balcones del Ayuntamiento), tomé la calle Mayor, vi a Santiago Apóstol usurpando el pedestal de Felipe III, bajé por el Arco de Cuchilleros y no paré hasta El Botín, del que traspasé su portón. Adentro, Josecho metía un cochinillo en el histórico horno y una mesa, la primera que topé, estaba ocupada por Chepe Guerrero, Luis Nava, Agustín Dorantes y Felifer. Una silla vacía, la de Marco del Prete, esperaba eternamente la llegada de su ocupante.
Desandé mis pasos, prácticamente corrí por la calle Toledo buscado la de la Cava Baja y llegué hasta Casa Lucio. Ahí estaba comiendo el Rey, Letizia y algunos de sus amigos. Me advirtieron que no había un solo lugar libre, y no precisamente por la presencia de “sus majestades”, sino de “los queretanos” y Cayetana Álvarez de Toledo. Y sí, entre los visillos de las puertas alcancé a ver a los Vega, los Calzada, los Kuri, los Herbert, los Palacios y algún García Alcocer (todos los García Alcocer hubiera sido imposible para las dimensiones del establecimiento).
Cabizbajo ahora, a paso semi lento (estaba ya cansado de corretear por Madrid) llegué hasta El Rastro, pero como no era domingo sólo estaba Paco Rabell con sus antigüedades y discos de acetato, y Roberto Martínez, justo en donde antes estaba el delicioso Capricho Extremeño, sólo que ahora, en lugar de tostas, se vendían tacos del Pata.