Aquí Querétaro/ La Alameda
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEra justo la fecha en la que, todos los años, Querétaro se convierte en el corazón político de México. Miguel de la Madrid, acompañado de su esposa Paloma y de las autoridades queretanas (Mariano Palacios era el gobernador y Manuel Cevallos el presidente municipal), cruzaron el arco de su puerta principal recientemente hecha, y caminaron, entre solemnes y curiosos, por la amplia avenida que los llevaría hasta el monumento a don Miguel Hidalgo en ese pulmón verde que era, y sigue siendo, la alameda queretana. Era el cinco de febrero de 1988.
Nuestra alameda, al fin, contaba ya con reja circundante y dos puertas monumentales, una al sur y otra al norte, de franca influencia neoclásica, diseñadas, basándose en los planos originales de don Mariano Orihuela, por el arquitecto, Antonio Loyola Vera, quien desde entonces ha dejado su impronta en la capital queretana, y por don Agustín Rivera, ilustre maestro de varias generaciones de artistas y probado ebanista.
Pero la Alameda Hidalgo estuvo, por décadas, desnuda de barda, o reja, perimetral y de majestuosas puertas de cantera y hierro, pues el proyecto de Orihuela, solicitado por el corregidor de letras don Ignacio Ruiz Calado cuando el siglo XVIII estaba ya menguando, quedó inconcluso a falta de recursos. Si embargo, el terreno, donado por don Ramón Samaniego, el dueño de la hacienda de Carretas, a cambio de una concesión de agua (¿dónde he oído recientemente eso?), sí fue sembrado de árboles (más de mil trescientos) por los regidores Juan Fernando Domínguez y Juan García Rebollo.
Nuestra alameda, que aún conserva sus trazos interiores originales, siempre contó con problemas económicos, al grado de que el corregidor Ruiz Calado tuvo que organizar algo así como cuarenta corridas de toros, todas con gran éxito de público (ojo animalistas y taurinos de hoy), como fuente de financiamiento. Así, finalmente, a principios del siglo XIX empezó a funcionar como un parque público que pretendía aminorar los actos inmorales que las parejitas de entonces solían hacer en los pastizales de la orilla del río, allá por la llamada Otra Banda.
Dicen que en un principio la alameda albergó en su interior una estatua de don Juan Antonio de Urrutia y Arana, el marqués de la Villa del Villar del Águila, pero lo cierto es que la que prevaleció fue la instalada en memoria y honor de don Miguel Hidalgo el 16 de septiembre de 1897, y que le dio nombre propio al parque. Otras dos esculturas, la de Benito Juárez y la de Cristóbal Colón, fueron también colocadas en los alrededores, aunque la primera fue trasladada, con el tiempo, a San Juan del Río, y la segunda aún puede descubrirse en el entorno.
En la Alameda Hidalgo inició el desfile triunfal del Ejército Trigarante, Maximiliano de Habsburgo cazó mariposas, Francisco I. Madero fue exaltado, y hasta José López Alavéz, que hasta estas tierras llegó con el ejército villista, compuso la legendaria Canción Mixteca. Luego, ya a mediados del del pasado siglo XX, se instalaron juegos infantiles y más tarde hasta un efímero zoológico.
Pero el caso es que no tenía un enrejado perimetral, ni monumentales puertas de entrada, hasta que Miguel de la Madrid y su esposa Paloma, solemnes y curiosos, vinieron a inaugurar dichos aditamentos diez meses antes de dejar la presidencia de la república, y justo en el día en que Querétaro se convierte en el corazón político de México.