Contraluz: Guadalupe
“Las Mañanitas” cada año en el Tepeyac y en muchos templos marianos en México y en todo el mundo…
Carlos Jiménez E. / Colaborador
Pensaba en ello al mirar la luna llena la noche del pasado día 11 y el imponente halo misterioso que la bordeaba; o la lluvia de estrellas de la noche siguiente, con su alud de ráfagas luminosas que surcaban de vez en vez la curva del cielo en un juego maravilloso.
Fue una lectura curiosa, suave, llana, tierna, luminosa.
“Para morir nacimos”, dice Juan Diego.
“¿Qué no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿Qué no estás bajo mi amparo y corres por mi cuenta?”, cuestiona la señora de luz; “señora mía, mi muchachita”, le llama Juan Diego.
No era mi intención leer con escepticismo, ni cuestionar el relato; quizá por ello la lectura se fue deslizando, yendo más allá de las letras y de las páginas. Era algo más, mucho más, en medio de la sencillez y la profundidad de la narración.
Reviví entonces el placer de la lectura que da paz, que consuela y que alegra.
Me transporté a mis tiempos de niño de doctrina, que los sábados asistía a la parroquia y que salía contento con dos dulces en la mano.
Y por supuesto no pensé si aquello o esto era mejor, simplemente volví a beber la paz del cuenco que parecía vacío y que no, que ahí estaba –está- y que es capaz de saciar y alegrar.





























