Contraluz: El Muro
Discernimiento, compromiso y responsabilidad corresponden hoy a todos si queremos un mundo de puentes, de entendimiento, de paz y de concordia.
Carlos Jiménez E. / Colaborador Diario de Querétaro
Eran días de la llamada guerra fría, de un mundo percibido como el enfrentamiento entre capitalismo y comunismo; en el que en medio de euforias democráticas se apuntaban ya esperanzadoras premoniciones de globalización, de desarme, de desarrollo para todos.
En Alemania Occidental RFA la gente trabajaba con denuedo y con su impresionante organización. Los jóvenes iban a las universidades y las fábricas bullían de actividad, de creatividad y de producción.
Eso sí, había un tema, que no abordaban, aunque algún imprudente se los planteara: en ese entonces todavía no hablaban de Hitler; era un tema tabú, cuya sola mención les abrumaba.
Había ya, grupos de cabezas rapadas –hombres y mujeres jóvenes-, violentos y agresivos, que caminaban en medio de estoperoles y de ropas negras hincando los tacones de sus botas por las calles.
Las gentes se hacían a un lado a su paso; y era frecuente que policías los cercaran y dispersaran mediante estrategias cuasi militares.
Fue en ese tiempo cuando conocí el muro de Berlín y la cortina de hierro a lo largo de la capital y de todo el país.
Era una barda inmensa llena de pintas y de letreros que llevaba 26 años de haber sido levantada; como todo muro, era un signo brutal de estupidez y confesión de incapacidad.
Casi todo iba bien entonces, menos el Muro.
Berlín Oriental era muy distinto, tanto que parecía otro pueblo en otra dimensión. Había más niños y menos fiesta.
Al lado del otro Berlín, era como una ciudad provinciana con muchos edificios multifamiliares, con grandes parques, con edificios icónicos bien reconstruidos y con museos esplendorosos.
El pasado sábado se conmemoraron los 30 años de la “caída del muro” y a reunificación.
Hubo fiesta y vítores y advertencia clara de que los muros no resuelven los problemas.
Pero el trabajo y la adaptación ha sido harto difícil. En el Este muchas fábricas cerraron porque no pudieron emparejar salarios con el Oeste o porque las tecnologías del Occidente arrasaron con los viejos moldes artesanales que se mantenían en el Este.
Las diferencias en ingresos y salarios en general no han logrado, a 30 años, suplirse; y muchos de los alemanes de Oriente se consideran de segunda clase ante sus hermanos que habitaban al otro lado del muro.
Discernimiento, compromiso y responsabilidad corresponden hoy a todos si queremos un mundo de puentes, de entendimiento, de paz y de concordia.






























