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Paul Simon es conocido cantautor estadounidense conocido tanto por su trabajo en solitario como por su colaboración con Art Garfunkel. / Foto: Cortesía / @paulsimon
Hay una circunstancia curiosa que me sucede cada vez que entro al baño a cubrir alguna necesidad, a bañarme o a lavarme las manos, y es el hecho de que por utilizar agua tengo que estar rellenando la cubeta, y cada vez que el agua está cayendo escucho ruidos que me evocan múltiples pensamientos. A veces escucho como gritos, otras escucho algo parecido a una melodía lejana, luego escucho como sonidos del universo. Quizá por eso algunas culturas antiguas pensaron que el agua tenía un espíritu, una fuerza vital que le animaba y le daba vida. Sin duda creo que esto es posible, soy animista de alguna forma, creo que hay un espíritu del agua, uno del viento, uno del fuego, otro de la Tierra, y que son manifestaciones de un Espíritu Mayor, el de la vida que anima todo en este planeta y en el universo. Sea una situación u otra, el caso es que al chocar el agua que sale de la llave con el agua que está en la cubeta me parece escuchar varios tipos de sonidos. A veces no le daba mucha importancia porque luego se me figuraban más como gritos, pero a partir de un artículo que leí decidí que tengo que escucharlos con más atención y profundidad. Me enteré de que fue de esta forma, escuchando el sonido del agua, como Paul Simon, el músico parte del dúo llamado Simon & Garfunkel, se encontró con la música bellísima de su obra maestra Los sonidos del silencio, y me dije a mí mismo “ah, caray, aquí hay algo”. Poner atención y estar atentos es lo que hace la diferencia entre el genio y el que no lo es, quizá tengas chispazos de genialidad, pero si no les das seguimiento no pasa nada, y he dejado pasar esos sonidos del agua cayendo en la cubeta, no les di la suficiente importancia. En cambio, Paul Simon escuchó con atención y encontró esa melodía bellísima que dio lugar a su célebre canción. Esto guarda una lección para mí: hay que creer más en uno mismo, hay que ponerse atento, hacerse caso, detenerse más. Y sean las evocaciones que vinieran y cualquiera que fuera su origen, ya sea un espíritu que anima las cosas o una simple casualidad por asociación de ideas, hay que escucharlas y ver qué nos dicen, tomarlas en cuenta y llevarlas al papel para que no se olviden.
“Una de sus obsesiones -de Paul Simon-era encontrarse en absoluto silencio en casa de sus padres, pasarse mucho tiempo en el cuarto de baño, con el grifo abierto escuchando cómo salía el agua de las tuberías, cuyo sonido le producía placer, imaginando alguna posible canción. Aseguraba que los azulejos de esa habitación recogían el eco producido por los borbotones del agua. Cerrando el grifo, se hacía el silencio. Una obsesión para él. Así es cómo surgieron los compases de la que había de ser su melodía más conocida. A la que había que poner una letra adecuada.” Así fue como surgió la histórica canción.
Mientras que nosotros por miedo, por inseguridades, porque nos parece una locura, porque no alcanzamos a ver la importancia que tiene, dejamos pasar momentos que podrían ser muy relevantes. La prueba está en esta lección que nos da Simon con el agua cayendo. Actualmente no se puede desperdiciar agua, ni de ninguna otra forma lo haría, pero lo que sí puedo hacer es escuchar el sonido del agua que cae en la cubeta a la hora de llenarla. Aunque no logre componer una canción como la de Paul Simon. Retomo la enseñanza y estaré más atento.
Además, el título de la canción me lleva a valorar la gran importancia del silencio, de la dialéctica sonido-silencio. Me invita a escuchar con mucha atención el sonido del viento entre las hojas, de la lluvia al caer, de la Tierra, del fuego crepitando. Cada uno tiene su sonido y su lenguaje propio. En principio escuchar nada más, escuchar, para luego, en otro momento, interpretar.
La belleza sublime que posee el silencio, el principio y el fin de nuestras vidas y del Cosmos entero. Todo viene del silencio y a él vuelve otra vez, regresa y vuelve, regresa y vuelve. El impresionante silencio que notamos al entrar a santuarios sagrados, o al lugar secreto de nuestro corazón, donde podemos relajarnos y meditar profundamente. La ternura sublime del silencio que trae paz y una visión clara. El silencio de la oscuridad, nuestra vieja amiga, donde podemos encerrarnos para conectarnos con la divinidad, el lugar donde recibimos consejo y gracia.
Todas las culturas del mundo han sabido del valor del silencio, igualmente supieron apreciar los sonidos sagrados porque se dieron tiempo de escucharlos. Los sonidos de la palabra y del amor. El silencio te permite aprender a escuchar profunda, atentamente. Es necesario darse tiempo para el silencio, y también para escuchar y atender con mucha atención la palabra ajena, porque ahí puede haber grandes enseñanzas.
Al aprender a valorar esos sonidos básicos comenzamos a entender los sonidos de la existencia, los que escuchamos y los que no. El silencio tiene sonidos, son los sonidosdel silencio, es una dialéctica, y moverse en el silencio es un arte extraordinario, creador y pacificador.
El silencio es el gran forjador de todo, es el origen, es el maestro de la paciencia, de la quietud, de la comprensión, de la capacidad de ver. El silencio es el maestro de la noche, sólo en el silencio y la quietud se dan las respuestas que vienen del alma a los problemas de la vida. Del silencio vienen los mejores consejos, ahí habitan las musas y la imaginación, ahí es donde se puede visualizar lo que va a parir la poesía. El silencio es el maestro de la calma y de la imperturbabilidad, quien logra esos estados logra la clara conciencia, porque ésta habita en el silencio. El silencio es una de las manifestaciones de Dios, del Gran Misterio.