“Era el motivo advertir que siendo Querétaro
en su amenidad y abundancia un remedo del Paraíso, le faltaba
aquella flor por quien se nos perpetúan los veranos de las
misericordias divinas y en quien se avivan los matices y fragancias
de los favores del Cielo.”
Carlos de Sigüenza y Góngora. Las glorias de
Querétaro
* Epìlogo del libroQuerétaro. Zona de Monumentos. Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
La filosofía del kintsugi está influenciado principalmente por el budismo zen, cuyo pensamiento se centra en la apreciación de la belleza en las imperfecciones
Este mes de diciembre de 2016 se cumplen veinte años de la inscripción de la Zona de Monumentos Históricos de Querétaro en la Lista Representativa del Patrimonio Mundial de la UNESCO, circunstancia que indudablemente modificó la forma como la ciudad y su centro urbano son percibidos y apreciados, tanto por sus propios habitantes, como por los crecientes grupos que la visitan desde distintos lugares de México y el mundo, y que ha impactado en su acelerado crecimiento y en la intensificación de su dinamismo económico, turístico y cultural.
En esta circunstancia, es necesario un balance de las repercusiones que ha traído consigo esta distinción, en el marco de una reflexión más amplia sobre la pertinencia, las oportunidades y los desafíos que plantea el reconocimiento de ciertos lugares y bienes culturales como patrimonio universal y su consecuente inclusión en el régimen de protección y salvaguarda establecido por las convenciones internacionales relativas al patrimonio cultural y natural del mundo.
Como pocas ciudades en el país, Querétaro ha podido amalgamar con relativo acierto su crecimiento acelerado con la conservación de su patrimonio construido, sus ricas tradiciones con sus evidentes impulsos modernizadores, su sentido de la tranquilidad con la apertura a las más diversas expresiones de la cultura contemporánea y cosmopolita.
Portadora de una historia milenaria, cuyos orígenes se remontan a la compleja evolución de un área de intenso intercambio cultural entre los grupos recolectores cazadores, que desde hace nueve milenios ocuparon el área, y las culturas sedentarias que se desarrollaron en el centro norte del México antiguo, Querétaro (también conocida como Ndämaxei, en otomí, y Tlachco, en náhuatl) se constituye en el siglo XVI como pueblo de indios y cabecera de la alcaldía mayor del mismo nombre, dentro del virreinato de la Nueva España. Desde entonces, la ciudad ha tenido momentos de auge y decadencia, de expansión y estancamiento, y ha estado estrechamente unida al desenvolvimiento del país en todos los momentos de su devenir histórico.
Desde la conspiración de Independencia hasta la restauración de la República, en 1867, Querétaro vivió con intensidad las confrontaciones que dieron lugar a la consolidación de México como nación. En aquellos días de turbulencia, la ciudad sufrió destrucciones que alteraron su fisonomía y borraron algunos de sus referentes arquitectónicos. Pero quizá por esas experiencias lamentables, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, cuando la ciudad vivió al mismo tiempo momentos de paz y estancamiento económico, se anidó en la sociedad queretana una conciencia de valoración y cuidado de su patrimonio histórico y cultural, como elementos constitutivos de su identidad y orgullo matrio (recuperando el término acuñado por Don Luis González y González).
Es por ello que, cuando en la década de 1970 la ciudad inició su despegue industrial, mismo que se intensificó en las últimas dos décadas del siglo XX, junto con un incesante crecimiento demográfico, Querétaro contaba ya con los instrumentos jurídicos y la conciencia ciudadana que favorecería el respeto y la protección de sus monumentos históricos.
Así, entre los argumentos que favorecieron que el Centro Histórico de Santiago de Querétaro fuese inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, se esgrimió la preservación de gran parte de su arquitectura virreinal, la relativa homogeneidad de su volumetría, así como la integridad del entramado urbano del casco antiguo, que constituye un ejemplo excepcional de la arquitectura, el arte y la traza de una notable ciudad virreinal, cuyos valores se mantienen vigentes.
El valor universal excepcional de la Zona de Monumentos de Querétaro se expresa en la el hecho de haber conservado buena parte de su entramado indígena primigenio, con calles serpenteantes, junto con los barrios trazados con arreglo a una cuadrícula por los ocupantes españoles. Otomíes, tarascos, chichimecas, españoles, mulatos y mestizos, cohabitaron en esta ciudad, distinguida por sus innumerables edificios civiles y religiosos de un estilo barroco con sello propio, caracterizado por el uso juguetón de una amplia gama de arcos mixtilíneos y polilobulados, que suelen encontrarse en el interior de casonas y conventos y que dan originalidad a la arquitectura virreinal queretana, que alcanza su esplendor en los siglos XVII y XVIII.
Querétaro es un ejemplo destacado de un pueblo de indios, que más adelante (en el siglo XVIII) se constituye como la ‘muy noble y leal ciudad’ de Santiago de Querétaro, cuya estructura y distribución atestigua su condición multiétnica, y que hoy sigue siendo un centro urbano vital, pluriclasista y nutrido de fiestas y tradiciones renovadas.
La revaloración patrimonial de la ciudad no solo ha representado para los queretanos un factor de orgullo y reconocimiento, sino también una palanca para favorecer la activación económica. Eso puede observarse si consideramos que, mientras que hace veinte años el turismo era una actividad marginal, ahora representa una de las tres principales fuentes ingreso y ocupación para Querétaro.
Hay que considerar, sin embargo, que en las últimas décadas la ciudad ha crecido aceleradamente y de una manera extensiva, descuidada y sin control. Ello ha significado la gestación de crecientes presiones y amenazas que se ciernen sobre su centro histórico, que sigue siendo el eje articulador de una ciudad que crece a las tasas más altas en el país, constituyendo ya una gran zona metropolitana, que supera el millón de habitantes, con una población más de veinte veces mayor que en 1950 y una mancha urbana que se desparrama en forma avasalladora sobre una superficie que abarca cuatro municipios (Querétaro, Corregidora, El Marqués y Huimilpan) y que comprende ahora más de 22 mil hectáreas, por lo que la densidad de la población, en lugar de aumentar, ha venido disminuyendo; todo lo cual perfila hacia el futuro una ciudad costosa, desarticulada y escasamente funcional.
Lo anterior repercute en la generación de una enorme demanda y una creciente presión sobre el centro histórico, que presenta riesgos y urgencias que deben atenderse en lo que respecta al congestionamiento vehicular, la inoperancia del transporte público, la terciarización de los usos del suelo, el abandono y descuido de inmuebles, la especulación inmobiliaria, la invasión de la vía pública para fines particulares, la inseguridad, y otras amenazas que nos exigen mirar el centro histórico como parte de la ‘ciudad total’ (recuperando el planteamiento del recordado Carlos Arvizu) y no como un ente aislado.
Cinco son a mi juicio los grandes desafíos de la conservación del centro histórico de Querétaro, como corazón de la metrópoli contemporánea: la habitabilidad; la movilidad; el cuidado de la imagen urbana y el espacio público; la conservación del patrimonio edificado; y el fortalecimiento del tejido social y el patrimonio vivo de la ciudad.
Querétaro cuenta con un hermoso centro, que constituye el más importante referente identitario del estado y su principal atractivo histórico y cultural, en una ciudad cada vez más grande y diversa, atravesada por profundas desigualdades. Estoy convencido, sin embargo, que así como Querétaro fue escenario de la conspiración que inició la lucha por la emancipación de México, habrá de contribuir también a la construcción del país plural, igualitario y democrático, a la que estamos convocados los mexicanos en este tercer siglo de vida de la nación.