Localsábado, 8 de julio de 2017
Trizando el muro
Nación Danzombie se presenta viernes y sábados en La Fábrica
Redacción

Los tiranos y los bandidos siempre encuentran un buen número de admiradores. A Hitler no le faltaron, tampoco al Chapo Guzmán y, si nos atenemos a las leyendas románticas, los que admiran a Chucho el Roto son legión, a pesar de que el personaje histórico despojado de su halo romántico probablemente fue un desalmado.
Ya en los últimos años del dominio hereditario de los priístas se contaba una anécdota: en uno de los viajes presidenciales un político le dijo a José López Portillo que tal vez sería mejor colocar a México como una estrella más en la bandera norteamericana. Gracias a un arraigado sentido nacionalista, o retorciendo su colmillo político el presidente respondió: “Eso no me lo diga ni de chiste”.
Después las circunstancias cambiaron y millones de mexicanos fueron testigos de los detalles inapropiados con los que se recibió en los Pinos, en plena campaña electoral, al candidato Donald Trump, a quien según los expertos el gobierno le dio trato de estadista y le regaló un empujoncito favorable para su campaña. Los senadores tampoco cantaron mal las rancheras cuando se pronunciaron por la señora Clinton.
El caso es que en La Fábrica el autor, director y actor Alonso Barrera ha puesto en escena la segunda parte de una saga político – cómica que lleva por título Nación Danzombie, en la que las figuras principales son el presidente mexicano y el mismísimo Donald Trump. El presidente mexicano de la comedia, aunque no precisamente en términos documentales, piensa que California Sur está en la frontera sur; el otro se encuentra en escena como el chamuco en la vida real de todos los mexicanos.
Nación Danzombie transcurre con buenos gracejos y buenos actores. Sin excepción, todos los intérpretes son de una calidad envidiable, al punto que las caracterizaciones que nos remiten a personajes reales son harto convincentes. Hay momentos en los que el presidente mexicano (José Remis) toma aires de tal verosimilitud (y no solamente por el peinado) que llegamos a verlo como si se tratara del mero – mero.
Por su parte, la caracterización de Trump (Alfonso Barrera) no tiene desperdicio. La rubia y destartalada cabellera adornada con un perrito faldero (¿o era un mastín?) que se refugió entre el pelambre, la prominente barriga, el maquillaje, dan una imagen bastante aproximada del susodicho. El racismo y su megalomanía, se expresan como atinadas caricaturas de la caricatura real que gasta Donald Trump.
La figura de Trump pertenece a la comedia, eso que ni qué, pero el autor lleva la obra hasta la exigencia misma de la consciencia que se necesita para darnos cuenta cabal de la amenaza que significa. Entonces, no se trata de una comedia que expone sino de una que exige posicionarse frente a las circunstancias en las que nos han colocado los políticos que ha deparado el siglo XXI, esto si a Trump se le puede llamar “político”.
La exigencia hace trizas, teatralmente hablando, el muro de Trump y se orienta con una esperanza: el público, tarde o temprano, deberá juntar todas las manos para romper el muro real que se empezó a construir en la frontera norte, pero antes hay que romper la pared de tepetate de nuestra propia apatía que ve y comprende sin participar activamente en la disolución de la debacle que está llevando al país a un callejón sin salida, a un callejón oscuro en el que lo esquilmarán los poquísimos financieros que manejan el mundo.