También entregan armamento y reconocen a un oficial por intervención en operativo; inversión incluye equipo, uniformes y la integración de nuevos elementos
Leticia Guillen Rodríguez es la actual líder de goleo en la División Premier, con 11 tantos, el fin de semana marcó tres anotaciones en el triunfo de su equipo AICESA La Piedad
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La fallida reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum es el primer síntoma serio de desgaste del proyecto político iniciado por su antecesor. Durante años el oficialismo gobernó con una narrativa de invencibilidad legislativa, capaces de ganar cualquier votación, imponer sus reformas y descalificar las resistencias.
La reforma necesitaba la mayoría calificada de dos terceras partes de la cámara de diputados -334 votos y sólo obtuvo 259-. Le faltaron 75 votos para aprobarse, pero lo más relevante es que ni siquiera los aliados del gobierno, el Partido del Trabajo y el Partido Verde la apoyaron porque consideraron que reducía la representación de los partidos pequeños. Por su parte, los opositores PAN, PRI y MC la rechazaron porque consideraban que debilitaba al Instituto Nacional Electoral, modificaba la representación política y favorecía electoralmente al partido en el poder.
El contenido de la reforma generó mucha resistencia ya que buscaba disminuir un 25 % el presupuesto electoral, tanto al INE, como a los partidos políticos y a los tribunales electorales, cambiaba el sistema de elección de diputados plurinominales, eliminaba 32 senadores y reformaba reglas de fiscalización y campañas. Los partidos pequeños vieron estos cambios como una gran amenaza a su supervivencia política.
Tras el enorme fracaso, ahora el gobierno ha planteado un “Plan B” para reformar leyes secundarias que solo requieren mayoría simple. Esto le permitirá modificar aspectos operativos del sistema electoral sin tener que cambiar la constitución, pero también abrirá nuevos frentes, impugnaciones ante la suprema corte, conflictos con autoridades electorales, movilizaciones de la sociedad civil y mayor desgaste político.
No se trata del colapso de la cuarta transformación, siguen teniendo poder territorial, una base social sólida y una narrativa política eficaz, pero sí es un aviso rumbo a las elecciones intermedias, que históricamente han sido el momento donde los presidentes empiezan a perder poder.
Mientras López Obrador gobernó con una sensación de dominio político casi total que le permitía aprobar cualquier ocurrencia, hoy el escenario es distinto, no tienen mayoría calificada y dependen incómodamente de sus aliados. Si el Partido Verde o el PT se bajan del barco, el gobierno naufraga y esa nueva debilidad cambia todo el juego. La era de las mayorías abrumadoras terminó y la política volverá al terreno del diálogo y la negociación del que nunca debió salir, afortunadamente, nada es para siempre. Al tiempo.