Yo no sé mañana, quincuagésimo primera entrega
Novela por entregas
Redacción
Por Gabriel Vega Real
Mataora
Marcelo Liberado Salinas
El doctor Candiani regresó a la casa. Antes de entrar levantó los hombros y señaló la cruz en el suelo, como si partiera plaza. Con el mentón levantado, el maletín en una mano y el estetoscopio en la otra, atravesó el jardín.
Olé, qué estampa más torera.
Silencio.
Se volvió a organizar la cola para dar el pésame a la mujer quien, a pesar de su palidez, tenía imagen pura de viuda joven: menos de cuarenta años de edad, con el futuro por delante.
¿Qué hacía tanto personaje del toro en el velorio de don Cayetano Salinas, si era un feroz detractor de la Fiesta Brava?
Eso vendrá después.
El tumulto se arremolinó en la entrada de la casa. Querían tocar a su guía, hacer una guardia de honor, verlo de cerca, pero el Cuerpo de Guardias Presidenciales se los impidió.
Al grito de
¡Culeeeros!
La turba permaneció afuera del domicilio hasta que llegó la carroza para transportar el cuerpo de don Cayetano al cementerio.
Era la fotografía de don Cayetano Salinas, vestido de torero, con un hermoso terno blanco y oro y un capote de paseo con la imagen de La Virgen de la Macarena colgado al hombro.
Situaron la fotografía a pie del ataúd.
Dentro del cementerio se escuchó una estruendosa ovación y afuera, en la avenida, los activistas dedicaron un larguísimo
¡Culeeeeeros, culeeeeeeeeeeros¡
a los Guardias Presidenciales, porque no los dejaron entrar a despedir a su líder.
En el momento en que tapiaron la tumba, Artemisa Bracamontes, le dijo a alguien, pero quien sabe quién sería:
Quedaré viuda hasta que muera.
Unos se tomaron hacia un lado, en sus carros, otros se retiraron en sentido contrario, caminando y mentando madres; en un flanco los políticos y los toreros, por el otro, los activistas; los reventadores de la fiesta.
¿Cómo regresó Artemisa si el Bel Air quedo en casa?
Regresó y ya.
Continuará...























