Análisisviernes, 24 de abril de 2026
¿Faltan lectores?
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Lo hemos escuchado más de una vez: “un libro cambia la vida” o “leer te abre horizontes”, “la lectura salva” … pero, ¿es cierto? ¿Acaso la lectura tiene un poder sanador milagroso?, ¿al tomar un libro me convierto automáticamente en una persona solidaria, respetuosa, amable y de más etcéteras? Porque si es cierto que la lectura (y con ello la llamada alta cultura en general) nos hace mejores personas, ¿por qué la historia nos muestra que diversos dictadores y genocidas eran grandes lectores y melómanos?
Bueno, porque no basta leer. Importa más qué hacemos con ese conocimiento adquirido, desde qué cúmulo de valores lo apre(he)ndemos, desde qué realidad social lo intentamos asimilar y compilar a nuestra cotidianidad, desde qué supuestos y mandatos sistémicos le doy sentido. Y así, cuando decimos que leer transforma, hay que cuestionarse hacia dónde y por ello es vital conocer a quiénes estamos leyendo, a qué intereses sirven, qué realidad propagan.
La literatura, como cualquier otra manifestación artística, no es neutral (dude de quién le diga lo contrario); todo aquello que hace la humanidad está irremediablemente sesgado por su historia y creencias. Ante ello, ¿qué hacer? Aprender a leer reflexivamente. No basta abrir la página de un libro, sino cuestionarse el texto, su trasfondo, sus valores velados o manifiestos. Y para ello va siendo necesario quitarle el pesado yugo salvador que se la ha impuesto a la literatura, porque no toda lectura va a cambiarme la vida ni hacerme mejor persona, alguna simplemente me hará reír, me enseñará a cocinar, me distraerá; y está bien. No es el libro quien nos va a liberar, sino une misme animándose a ser críticos.
¿En que sí ayuda leer? Por supuesto, que esto no tiene nada qué ver con la maravillosa experiencia de sumergirse en las historias y transportarse a lugares inimaginables mientras estamos en la sala de nuestra casa; también aprendemos palabras, estructuras gramaticales, formas de expresar nuestras ideas. Leer sí que es un viaje, una suerte de acompañante para la niñez solitaria, una urna de palabras que nos llevan a soñar sin cerrar los ojos. Sí, todo eso que dicen de la lectura, es cierto.
¿Por qué si la lectura es una experiencia placentera se lee poco? Primero, ¿qué tan cierto es que se lee poco en nuestro país? Porque leer es placentero, pero también es cierto que es caro y, por tanto, excluyente. Un libro en promedio ronda los 300, 350 pesos. En algunos casos es el salario mínimo de una persona. Si usted tiene la capacidad de comprar libros cada mes, le tengo noticias: goza de un privilegio que le da mayor capital cultural. Pero la realidad es que no todas las personas pueden permitirse ese gasto; además de que en su lista mental el libro no está puesto como una necesidad, pese a que en la Constitución el disfrute sea un derecho. ¿Por qué en general las personas no ven como canasta básica la lectura?, ¿quién está fallando en la chamba ahí? El tema de la presunta falta de lectores tiene varias aristas y diversas soluciones, que tal vez podría tener más avance si, críticamente, miráramos con la conciencia de que quienes buscan atenderlo, las más de las veces, son quienes sí pueden pagar el mejor sello editorial.
Y por qué digo que habría una “presunta” falta de lectores. Porque si tomamos en cuenta los ejemplares que se venden en librerías virtuales o físicas, tal vez las cifras suenen bajas; o si pensamos que las bibliotecas en las ciudades no están precisamente atiborradas, también atinaríamos al argumento. Pero, sabe, en la esquina de mi casa, todas las mañanas a las 7:45, cuando me apuro a pasar a dejar a mi hija a la escuela, un señor, que seguramente le pega a los ochenta años, ya está sentado afuera de su casa leyendo el periódico. Apacible, el anciano pasa la mirada por las páginas con atención. Su sombrero un poco sucio y desgastado, la camisa deslavada y los huaraches que se adivinan con muchos ayeres, me indican que probablemente no use su pensión federal de 6 mil 400 pesos bimestrales para ir a comprar un libro, pero el señor sí que lee. Todos los días. Es más, cuando se me hace tarde y paso corriendo por esa calle, veo que el señor ya ha terminado su lectura, y espera con el periodo doblado a un amigo que pasa en una bici y, a cambio del periódico, le suele dejar una fruta o un saludo efusivo. Lectura compartida diaria.
¿Aparecerán también en las estadísticas las salas de lectura comunitarias?, no aquellas oficiales, ¿las hay?, ¿en dónde?, sino aquellas pequeñas bibliotecas hechas en el patio de una vecina de la comunidad que decidió darle a las niñeces una oportunidad para hacer el famoso y maravilloso viaje por los libros; salas de lectura que no figuran en ningún registro, que no reciben ningún apoyo gubernamental o privado, que se sostienen por la solidaridad de otras personas que donan libros, materiales didácticos, tiempo, el valioso tiempo, ¿cuándo fue la última vez que dedicó tiempo a una actividad para el beneficio de alguien más sin recibir algún pago?
Me inclino a pensar que las personas leen. Lo que pueden, a la hora que pueden, en las condiciones que pueden. Y tal vez sea en esos contextos donde la lectura tenga su germen más libre, crítico y reflexivo: ¿alguna vez ha discutido con una lectora habitual de periódicos?, ¿ha recibido la lluvia estrepitosa de ideas de una niña que no tiene libros en casa, pero se conoce toda la colección de su aula escolar? ¿Y usted, qué lee?