Análisisviernes, 13 de febrero de 2026
La mancha
Voy y vengo.
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Voy y vengo.
Este miércoles 11 de febrero, al filo del mediodía, terminó la vida de Brochas, el perrito que acompañó a la familia durante 16 años. Su final llegó después de luchar contra un cáncer que lo persiguió por más de un lustro. Aun así, la enfermedad no fue una condena de ejecución inmediata. Él y su tumor convivieron durante años, atravesando múltiples operaciones que mejoraron su calidad de vida. Pero todo tiene un límite: una metástasis irremediable lo alcanzó y, antes de que su alegría, su hambre y su curiosidad se vieran severamente mermadas, se tomó la decisión de ahorrarle días de sufrimiento.
Desde hace un tiempo, la casa se llenó de muestras infinitas de la incontinencia de mi perro. Se volvió costumbre limpiar con agua y jabón, perseguir su sombra para identificar nuevas evidencias biológicas. La casa se trapeaba con amor cuatro o cinco veces al día; él, por su parte, dormía la siesta debajo del sol o encima del sillón de la sala. Sólo interrumpía su descanso cuando las ollas de la cocina sonaban y el olor a comida caliente se imponía al aroma del pinol del que él era responsable. Entonces bajaba al comedor o se colaba entre las piernas de mi esposa, esperando que algo se derramara para merendar. Una rutina predecible, sí, pero no menos mágica para nosotros y para los veterinarios, quienes —por cierto— lo apodaron “guerrero” por su evidente ánimo de vivir. Mención especial y agradecimiento para el Dr. De la Garza y el equipo de Dr. VET, quienes nos cuidaron tanto a Brochas como a mí.
Cada vez que me topo con la muerte pienso que la distancia entre lo que existe y lo que no es extremadamente corta. Pasamos más tiempo sepultados o incinerados que en esta experiencia corpórea a la que llamamos vida. Quizá por eso la mayoría soñamos con una vida más larga: para enterarnos de los chismes del futuro, saber si la ciudad de Los Supersónicos será real, si llegaremos a Marte, si Carmen algún día encontrará su cadenita, si podremos viajar en el tiempo o si alguien replicará el ADN de los dinosaurios para construir un parque fantástico. Queremos vivir y punto.
Mientras escribo esta columna, mirando hacia el patio, veo una mancha. Después de darle a Brochas su última comida y pasearlo en el parque, mi viejo amigo hizo un reconocimiento de la casa, como solía hacerlo. Antes de irse, se detuvo en un rincón y dejó un rastro de pipí: algo así como un adiós mudo. Por la dinámica de la tarde no pude limpiarla y ahora la observo. A veces los seres amados no sólo nos heredan recuerdos bonitos; también nos endosan rutinas, humores, tiempos, dolores y hasta miedos. Nuestras horas se funden y nos volvemos cómplices. Ahora entiendo que no sólo extrañaré su compañía, sino también todo lo que hice por él: servirle, cuidarlo, hacerlo sentir cómodo. Echaré de menos a quien fui mientras él estuvo aquí o, como diría Alphonse de Lamartine, “a menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd”.