La política en Chihuahua atraviesa un momento decisivo. En medio de lecturas triunfalistas y diagnósticos cómodos, conviene recordar una verdad elemental: los avances electorales no se sostienen desde la fragmentación, sino desde la suma inteligente de fuerzas. En ese contexto, la alianza entre el PRI y el PAN no es una concesión ideológica ni un acto de pragmatismo vacío; es una alternativa política responsable frente a un escenario que, lejos de ser sencillo, se ha vuelto cada vez más competitivo y complejo.
El PRI conserva un peso electoral real y medible que no puede ni debe ser ignorado. Allí donde el contacto directo, la gestión cotidiana y la presencia territorial siguen siendo determinantes, el priismo mantiene estructuras vivas, liderazgos reconocidos y una relación histórica con las comunidades. Un ejemplo claro es Parral, territorio emblemático, donde la recuperación no fue producto de la casualidad ni del discurso estridente, sino del trabajo político constante, del arraigo social y de la articulación efectiva de voluntades. Ese mismo fenómeno se replica en las colonias de las principales ciudades, donde el PRI sigue siendo fuerza viva: comités activos, operadores con experiencia y una base social que no ha abandonado la organización ni la identidad política.
Frente a este escenario, la amenaza de Morena es real y creciente. No se trata de subestimarla ni de sobredimensionarla, sino de entenderla con claridad y sin autoengaños. El panorama no es tan alentador como algunos pretenden hacer creer. Morena avanza no solo por sus aciertos, sino por los errores ajenos, por la división de quienes deberían caminar juntos y por la soberbia de quienes confunden victorias parciales con hegemonías consolidadas y permanentes.
Dividir a quienes, en alianza, han logrado recuperar territorios estratégicos como Parral puede convertirse en un acto de entreguismo político. Separarse no fortalece; debilita. Apostar por caminos individuales en un contexto de competencia cerrada es, en los hechos, abrirle la puerta al adversario. Ninguna fuerza política puede darse el lujo de pensar desde la soberbia, porque en escenarios como el actual la soberbia no es fortaleza: es sinónimo de fragilidad y vulnerabilidad electoral.
Los priistas lo tenemos claro. Nos estamos organizando, reagrupando y fortaleciendo con disciplina y visión estratégica. Daremos una batalla firme, con estructura, con territorio y con claridad política. Mientras algunos han retrocedido, el PRI ha avanzado cautelosamente, reafirmando su presencia donde realmente se ganan las elecciones. Chihuahua no admite improvisaciones ni apuestas personales. La alianza no es una opción decorativa: es una vía responsable para competir, preservar lo ganado, avanzar y frenar el avance del populismo empobrecedor que hoy representa Morena.