Un régimen que se niega a escuchar
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónEl reciente encuentro entre los senadores Alejandro “Alito” Moreno y Gerardo Fernández Noroña no es un hecho aislado ni anecdótico: la negativa del presidente del Senado a darle la palabra a Alito es un reflejo de la forma en la que el régimen actual entiende y ejerce el poder. Un régimen que se ha mostrado cerrado, ensimismado en su propia visión, convencido de que basta con su mayoría para representar a un país tan diverso como México. Pero no es así. La pluralidad política que se expresa en el Senado y en la Cámara de Diputados no es un capricho, es la manifestación genuina de millones de ciudadanos que piensan distinto, que esperan ser escuchados y que confían en que sus representantes darán voz a sus preocupaciones.
Sin embargo, el oficialismo ha optado por la cerrazón. Confunde mayoría con unanimidad, y esa soberbia lo lleva a desestimar las aportaciones de quienes pensamos diferente. Con el inicio de un nuevo periodo legislativo se abre la oportunidad de corregir, de tender puentes, de apostarle al diálogo. Pero dialogar no es evitar la confrontación a toda costa, ni mucho menos simular un acercamiento que nunca llega; tampoco es pretender comprar voluntades. El verdadero diálogo exige reconocer al otro como interlocutor válido y digno, y esa es precisamente la lección que el régimen no quiere aprender.
Lo que ha ocurrido en el Senado es resultado de ello: la negativa constante a escuchar, la resistencia a aceptar que la oposición representa a una parte significativa de la sociedad, la cerrazón que cancela la posibilidad de acuerdos amplios. En vez de fortalecer la democracia, se alimenta la división. En lugar de sumar esfuerzos en beneficio del país, se apuesta por la confrontación y el desgaste.
El problema no se limita al recinto legislativo. Lo que vemos en el Senado es un espejo de lo que ocurre en el país entero. Desde la tribuna de la Mañanera se impulsa día tras día una narrativa que en lugar de llamar a la unidad de los mexicanos, insiste en profundizar la polarización. Lejos de convocar al trabajo en equipo, se privilegia la descalificación. En lugar de reconocer la diversidad que caracteriza a nuestra nación, se intenta imponer una visión única, como si México pudiera reducirse a una sola voz.
Esa lógica de poder absoluto ha generado un ambiente de tensión en el que el oficialismo se asume como todopoderoso, negando sistemáticamente la representatividad de quienes también formamos parte del Congreso de la Unión. Pero la democracia mexicana no puede reducirse a la voluntad de un solo grupo. La esencia del pluralismo radica en aceptar que las diferencias son legítimas y que sólo a través del respeto mutuo y el debate se puede construir un mejor país.
México no puede darse el lujo de sostener un régimen ensimismado que niegue la grandeza de su diversidad social y política. La democracia no se construye con imposiciones, sino con diálogo; no se fortalece con la cerrazón, sino con la inclusión; no avanza con la soberbia, sino con la humildad de reconocer que nadie tiene el monopolio de la verdad. Cerrar la puerta al diálogo es cerrarla a la nación misma, y normalizar esa soberbia sería un error histórico.
Por nuestra parte, desde el Grupo Parlamentario del PAN seguiremos insistiendo en lo que creemos firmemente: México necesita diálogo, apertura y trabajo conjunto. No dejaremos de alzar la voz para reclamar espacios de encuentro y acuerdos reales, porque estamos convencidos de que sólo así podremos enfrentar los grandes retos nacionales. Nuestra convicción es clara: el bien de México está por encima de cualquier cerrazón partidista.