Localjueves, 1 de junio de 2017
El Pecado de Ser Pobre
Las Crónicas Urbanas de Oscar Viramontes
OEM en Línea
Por: Oscar A. Viramontes Olivas
El Pecado de ser Pobre, forma parte de los archivos perdidos de las Crónicas Urbanas.

Hoy domingo, Crónicas Urbanas enfoca su atención en un hecho sucedido hace muchos años en la ciudad de Chihuahua, allá en el barrio del Palomar que estaba situado en las márgenes del río Chuviscar y que colindaba con algunos otros sectores que han sido de importancia como el arroyo de “La Cantera” y “Los Perros”, donde la vida de principios del Siglo XIX era muy difícil, pues nuestro personaje antes de nacer ya estaba predestinado a ser uno de los rechazados por la sociedad.
“Pedro, ese es mi nombre y quiero compartirles una historia triste y desgarradora de lo que fue mi vida hace muchos años y, que la dejé plasmada en uno de mis escritos, que el día de mi muerte sí alguien le interesa lo puede leer o trasmitir a los demás… Mi madre se llamaba Chepina, una mujer que siempre estuvo acostumbrada a ser la esclava de mi padre y que ambos decidieron contraer nupcias en abril de 1907 en la iglesia de San Francisco de Asís en la ciudad de Chihuahua, con Delfino González (mi padre), un hombre que cultivaba el machismo en todo su esplendor y por supuesto acostumbrado hacer lo que él quería. Por otro lado, mi madre había sido educada por sus padres, que el día en que se casara, tendría que ser la esclava de su marido y que de ninguna manera cuando se peleara con su esposo, no la querían ver de vuelta, pues era común que se dijera: “Te casaste, te aguantas”.
Así fue, esa relación desde el primer día fue tan tormentosa que mi padre no solo golpeaba a mi madre para que ella le tuviera todo listo, sino que le exigía dinero para sus vicios, pues Delfino (mi padre) le gustaba la bebida y era como si tuviéramos en casa, un barril sin fondo. Mi madre, tenía que trabajar duro para sacar adelante su matrimonio, por lo que lavaba montañas de ropa ajena para llevar algunos pesos y empezar a construir su casita, pues apenas el barrio se estaba formado y muchos de los colonos que habían llegado al Palomar, tenían sus construcciones a medias, eso hacía que mi mamá trabajara de esa manera. Por otra parte, mi padre había conseguido trabajo con unos cantereros de ahí cerca, pues un buen número de gente empezó a laborar en el arte de crear cosas con la piedra.

“Pero lo más lamentable, que siempre llegaba en estado de ebriedad y al ver a mi pobre Chepinita la empezaba a insultar, reclamándole de todas las cosas negativas del día y eso no era todo, cuando se sentaba en la mesa a cenar ya un poco más calmado y, sí no le gustaba la cena, comida o si estaba muy caliente, de inmediato se levantaba echando “pestes” contra mi madre: “Mira vieja inconsciente, cabr…, hija de la ch…, me hiciste que me quemara con los frijoles” y de inmediato se abalanzaba contra ella que recibía una buena tunda porque el señor se había quemado. Pobre Chepina, ya que no podía hacer absolutamente nada, ni irse a quejar con sus padres que vivían en el barrio del Pacífico, porque ellos, mis abuelos, le habían advertido que si se casaba tenía que soportar hasta la muerte a su marido. A mi madre no le quedaba otra que “apechugar” las desgracias de su matrimonio.
“Mi padre como todo buen macho no se quedaba atrás en cuanto el deseo de tener muchos hijos y así demostrarles a todo el mundo que el sí era hombre de verdad, por lo que aparte de estrujar a mi madre por todas las cosas que a él no le parecían, la obligaba a “capa y espada” a que tuviera intimidad forzada y eso por supuesto empezó a traer sus consecuencia, pues después de un tiempo mi madre se había dado cuenta que estaba embarazada y ese primer producto sería yo. Los tiempos no estaban para “hacer bollos”, pues se llegaba el final de la primer década del Siglo XX, más específicamente el 14 de octubre de 1910, cuando mi madre ya en estado final de su gestación, la cual, mandó traer a doña Nacha para que le ayudara en el parto, pues Nachita se dedicaba a traer niños a este mundo, de eso vivía y de hacer curaciones con hierbas y otras pócimas.
“Desgraciadamente todos los meses que mi madre estuvo embarazada los vivió en penumbras, pues mi padre Delfino fue muy duro e incluso la golpeaba a pesar de que estaba en cinta. Sin embargo, el día llegó y nací en un mundo extraño y lleno de miserias e inmundicia, pues más que haber construido mis padres un hogar, lo convirtieron en una pesadilla. Nací en un mundo cruel, lleno de carencias y sin ningún rumbo, pues más que celebrarlo, mi padre invitó a todos sus amigotes y se pusieron a tomar hasta el límite, mientras mi madre se encontraba con todo y su terrible parto sirviendo a los invitados de mi “jefe”. Los primeros días para Chepina fueron terribles y yo envuelto como tamal, escuchando más que palabras agradables de mis padres, solo percibía gritos y más gritos.

“Mi viejita tenía que estar con migo, pero ya cuando me pudo sacar a la calle, me tenía que llevar al mercado de la ciudad, principalmente allá donde estaba “La Reforma” y también el “Parían”; mi madre puso un pequeño puesto de comida de tacos en la plaza Merino. El ambiente ya iniciado 1914 era muy lamentable, la pobreza estaba lacerando las familias de Chihuahua y la comidilla de todos los días era la cantidad de muertos que se generaban gracias al conflicto revolucionario. Sin embargo, mi madre luchaba como una “leona” para que tuviera lo mínimo indispensable para vivir, mientras mi padre por su adicción al alcohol estaba sin trabajo, pero sin dinero o con él, se la pasaba tomado. No sé, pero mi madre sacaba poco, pues la población no tenía suficiente para comprar algo y en veces se le quedaba la mitad de los tacos porque nadie compraba nada.
“Nuestra casa era una pocilga, solo dos cuartitos con techo improvisado con solo algunas láminas que estaban podridas y que en tiempo de lluvias, entraba el agua como si estuviera lloviendo dentro. El viento entraba por los recovecos que se dejaron en medio de los adobes, las paredes sin mezcla y las ventanas solo con pedazos de tabla; la cocina era un “bracero” que ardía a base de leña; las prendas de vestir, puros garreros viejos y medio podridos; era lo lamentable y más aún que pasaron los años y vinieron al mundo más hijos, casi uno por año, sumando en la familia 8 creaturas, contándome a mí, nueve.
Mi padre no le importó nunca que mi madre estuviera anémica y enferma; él quería ser macho sin importar a qué precio que a veces queríamos que ya no estuviera con nosotros por lo malo que era, ya que también a mi me pegaba mucho, porque decía que era un inútil y no servía para nada, todo lo que hacía no le parecía; así mismo a mis demás hermanos los trataba con “la chancla”, ya que siempre pensaba que el único que pensaba y razonaba en la casa era él, pues veía en dos de mis hermanos un castigo de Dios ya que estaban retrasados mentales, Julián y Pancho; Enrique el más pequeño, estaba ciego; mi hermana María era odiada por mi padre por ser mujer; Juan y Delfino a muy temprana edad se salieron de la casa porque no aguantaron los insultos y golpes; Rubén a los pocos meses de haber nacido murió de inanición; en cambio yo, tuve que estar pegado a mi madre para defenderla de toda agresión de parte de él.
Lo dramático aquí es que mi madre tenía que salir con todos nosotros a buscar el pan de cada día; a mi hermano el cieguito lo dejaba mi mamá a fuera de la Catedral para pedir limosna; a mis hermanos que estaban retrasados, ella se los llevaba a que le ayudaran a llevar todo lo del puesto de tacos y los demás hermanos se iban con migo para hacer cualquier cosa y sacar algunos centavos.

Al llegar de la jornada con algunos cuantos centavos en la bolsa, don Nico, un buen amigo de la casa nos daba la noticia que a mi padre lo habían asesinado a las afueras de la cantina “La Antigua Paz”, debido a una riña con un militar, el cual al darse de golpes, este último saco una pistola lo roció de plomo, quedando fulminado al instante. No sé si la muerte de mi padre fue una tragedia o un alivio, pero nos habíamos quitando una carga que teníamos de hace años, sobre todo mi madre que fue maltratada y ultrajada por él. Al siguiente día lo velamos en la casa y todos los conocidos del barrio del Palomar estuvieron ahí para darle el último adiós. Finalmente lo enterramos en la fosa común, pues no teníamos dinero ni siquiera para enredarlo en la cobija.
Pasaron los meses y llegaba el año de 1930; ya contaba con 20 años y la tragedia volvió al hogar, mis hermanos que estaban malitos por andar jugando en las orillas de los barrancos que están en el barrio y al haber llovido mucho el día 23 de julio de ese año al ir caminando, se desbarrancó todo un pedazo cayendo mis hermanitos al vacío y en las aguas del Chuviscar que venía embravecidas. Lamentablemente se los levó la corriente y horas después los encontraron atorados en un tronco allá por la Junta de los Ríos. Mi madre cayó en shock y se puso tan enferma en ese momento que su debilidad y enfermedad (tuberculosis) la hizo precipitarse. Ella estaba muy mal, fue así que la llevamos unos vecinos y yo al Hospital Central y desgraciadamente mi Chepinita no llegó viva al nosocomio.
Parecía que el castigo divino estaba sobre nosotros, pues con la pérdida de tres miembros de la familia todo parecía que el mundo se acababa para todos nosotros. A mi madre se la llevaron a la fosa común, también, pues estábamos tan miserables que no podíamos hacer más para darle otro tipo de sepultura. Me quedaba con mis hermanos en una situación más deplorable y tal era la pobreza que teníamos que comernos hasta las migajas que se dejaban en los mercados e incluso comernos el papel periódico.
Otro de mis hermanos empezó a sentirse mal, siendo el año de 1932. Un fuerte dolor de estómago lo doblegó una noche, empezando a arrojar sangre por la boca. Todos corrimos a auxiliarlo, pues se ahogaba en sus propias flemas, se puso amarillo y de repente la muerte lo fulminó, todos nos quedamos fríos al ver que todos nuestros hermanos se esfumaban de esta vida. Ya no tenía esperanzas de nada, y este dramático suceso nos dejaba sin palabras y sin habla. Algunas gentes del sector cooperaron con nosotros para darle sepultura. Todos se veía sombrío y creo que definitivamente yo tendría que cuidar del resto de mis hermanos, pero la cosa no era fácil, pues los tres restantes ya habían crecido y con las desgracias que habíamos tenido a lo largo de nuestra existencia, en una tarde que salieron ya no regresaron a casa.