De esta misma manera, para ser Ministro de la Corte hay que parecerlo.
Pero no debemos llevar las cosas al extremo.
Pensé que se dedicarían a lo suyo, a examinar las cuestiones relativas a las acciones de inconstitucionalidad, a las controversias constitucionales y a uno que otro amparillo que anduviera por ahí desbalagado y cesarían los escándalos y desfiguros.
Nuestros indígenas, nuestro pueblo, nosotros no merecemos esto. Es una afrenta a nuestro pasado. No se vale.
Ojalá y que los integrantes del Señorío de Pino Suarez despierten pronto de su sueño precolombino, y se conviertan en lo que supone deben ser: Ministros de la Corte, dejando atrás su regular actuación en una pésima parodia de una película de época.
Periodistas y defensores de derechos humanos enfrentan distintas formas de agresión, que van desde campañas de desprestigio, amenazas y vigilancia, hasta ataques
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Cualquier buen libro de la historia antigua de México puede brindarle a usted mayor información de lo que eran los Señoríos, antes de la conquista. Eran unidades de gobierno distribuidas territorialmente, gobernadas por un Tlatoani, que recibía los tributos, ejercía las funciones judiciales y eran venerados.
En el Centro de nuestro País, estaban los principales, como el Señorío de Tenochtitlán (Mexicas), el de Azcapotzalco, el de Texcoco, el de Tlacopan y otros más, cuyos devenires fueron relatados por Bernal Díaz del Castillo, Orozco y Berra, Alvear Acevedo, Clavijero, enormes historiadores, fidedignos y extraordinarios narradores.
Hoy tenemos otro Señorío que nos evoca aquellos tiempos; yo le llamaría el “Señorío de Pino Suárez”. El nombre nada tiene que ver con José María Pino Suárez, una de las figuras más sobresalientes de la Revolución Mexicana, Gobernador de Yucatán, fundador de “El Peninsular” y vicepresidente de México en la época Maderista.
El nombre obedece al domicilio donde se encuentra el Palacio del Señorío, en el Edificio de la Suprema Corte de Justicia, (Pino Suárez número 2, Delegación Cuauhtémoc, en el antiguo Distrito Federal) donde tiene su sede el llamado más alto Tribunal del País, ese que se supone es el epítome de la impartición de justicia, el que alberga las teorías más conspicuas del Amparo, el Control Difuso y el Control Concentrado de la Constitucionalidad, lo más elevado del derecho, para que se entienda mejor.
Los nueve Tlatoanis que están en el Señorío de Pino Suárez, un auténtico Tlatoque aspiran a la veneración, a la adoración: Lenia, Yasmín, Loretta, María Estela, Sara Irene, Giovanni Azael, Irving, Arístides Rodrigo y desde luego el Gran Señor: Hugo.
La antigua Suprema Corte de Justicia de la Nación, se caracterizó por su formalidad y no solo en su vestimenta, sino en sus sesiones y discusiones donde a pesar de las inconsecuencias y diferencias ideológicas y conceptuales, el respeto por la investidura, por los justiciables y por los propios Ministros, era fundamental.
Plutarco, el célebre filósofo Griego, puso en especial relevancia aquella frase que se atribuye a Julio César: “La mujer del César no solo debe serlo sino parecerlo” en aquel episodio histórico referente a Pompeya, la hija de Sila en una cuestionable fiesta que se organizó con motivo de su pretendido desposorio con quien fuera un formidable conquistador romano.
Yo entiendo perfectamente que debemos honrar a nuestros antepasados; nuestro pasado indígena es indiscutible y debe llenarnos de orgullo. A los que hoy, por ser políticamente conveniente los gobernantes en turno les ha dado por llamarles “pueblos originarios” para no mencionar la palabra “indígenas” como si fuera motivo de deshonra u oprobio, hay que respetarlos, ayudarlos y protegerlos. De acuerdo completamente.
Cuando tomaron posesión del cargo, los señores Ministros de la Corte, hicieron toda una ceremonia con incienso, copal, danzas, asperges y abluciones en el más palpable sincretismo novohispano contemporáneo, con vestimentas autóctonas y con bastones de mando y toda la cosa, lo hicieron solo porque así era políticamente conveniente; tengo la impresión que no conocen ni lo más elemental de la historia precolombina de nuestra nación.
Pero bueno así lo hicieron porque les convenía quedar bien con los “pueblos originarios” como si solo esa fuera la población de nuestro país a las que debían impartirles justicia, sin embargo no paró allí la cosa, propusieron modificar su indumentaria otrora formal y solemne para vestirse “adecuadamente” para empatizar con el pueblo y todavía peor el desastre, cuando en medio de su ridícula pose de mimetización indigenista, les sacaron los trapos al sol con el asunto de las camionetas de lujo blindadas y ni modo, tuvieron que recular y aguantarse y no usarlas, al fin y al cabo ya tenían otras de similares características y que no provocarían tanto alboroto.
Pero no. Les dio por irse a sesionar a Chiapas. A hacer sesiones itinerantes. ¿Para qué? Léase: “Para llevar la justicia al pueblo”. Entiéndase: “Para seguir con el circo, la maroma y el teatro”. Porque no puede ser otra cosa, ya que pareciere ser que disfrutan de andarse placeando con sus indumentarias hechizas que aparentan pertenecer a los “pueblos originarios”.
Tenejapa, Chiapas, una población de profundas raíces indígenas (Tzetzales y Tzotziles) fue el centro ceremonial elegido por los Tlatoanis. Fueron Hugo, Arístides, Yazmin, Lenia, Loretta y Sara las ungidas de Quetzalcóatl para recibir la quema de copal y las honras con pompa y circunstancia de los pobres indígenas a quienes el Dios Tonatiuh trató con severidad a pesar de su piel curtida, y que ni entendían de que se trataba la cosa de la sesión itinerante, pero eso sí tenían que venerar a los Tlatoanis que se habían dignado ir desde el lejano Señorío de Pino Suárez en la antigua Tenochtitlán.
Y hasta allá llegaron en sus carruajes de lujo: GMC y Chevrolet, pero nada tontos, quedaron estacionadas a unas cuadras de la casa de la Cultura, y de allí caminaron ataviados con sus vestimentas de “pueblos originarios” por no decir disfraces, para burlarse de los indígenas convocados, diciéndoles que esa era la nueva “Corte del Pueblo”, esa a la que no le importó trasladarse desde mil kilómetros de distancia, para “traer la justicia al territorio, a mostrarles la cercanía de sus jueces con el pueblo”.
Vaya faramalla. Yo no creo que a los pobres indígenas les haya interesado mayor cosa la sesión. Más bien creo que se fastidiaron por ver a los Tlatoanis mal disfrazados de sumos sacerdotes indígenas, andar con más desfiguros sesionando dos temas importantísimos y trascendentales para la historia del derecho mexicano: el reconocimiento de que no existen leyes en Chiapas que reconozcan la libre determinación, autonomía y gobierno y declarar la Charrería como patrimonio cultural e intangible de Ciudad Hidalgo Chiapas.
Como usted podrá entender paciente lector, temas a cual más de trascendentales para la vida jurídica del País y sobre todo el primero, perfectamente explicados a los indígenas asistentes, pues los intérpretes en lengua tzotzil, seguramente les tradujeron muy bien los temas profundos de Filosofía del Derecho, Derechos Humanos, Teoría General del Estado, de la Entelequia y la Hermenéutica Jurídica y sobre todo la hiper soberanía territorial a pesar del pacto federal, para respetar la autodeterminación y autogobierno de las comunidades indígenas. ¿usted cree que entendieron de que se trataba la sesión? Estoy seguro que ni unos ni otros lo entendieron, pero eso sí, había que montar esa suerte de escenografía de la cual se admiraría el mismísimo Franz Kafka.
Y luego, paso a paso después de esa ceremonia que nos remontó al pasado, nada más 505 años atrás, los Tlatoanis del Gran Señorío de Pino Suárez, se despidieron de sus embobados hermanos indígenas y se fueron caminando…caminando…caminando… no mil kilómetros, sino tres cuadritas para después de quitarse el estorboso disfraz subirse a sus camionetonas equipadas con música estereofónica y aire acondicionado, y bebidas frescas, dejando atrás a las etnias de sus queridos y protegidos pueblos originarios.