La muerte de Jesús
Para los que somos creyentes, la muerte de Jesús significa la culminación de la predicación de la buena nueva para dejar la semilla del evangelio del amor como herencia para la humanidad en la espera del momento crucial de la muerte que es el umbral de la vida eterna.
Para los juristas, la muerte de Jesús es la muestra más clara de la violación a las normas legales para culminar en la pena máxima que se pudiese imponer a un violador del orden jurídico.
La cosa es que Jesús, no violó ley alguna. Se dedicó a predicar el bien, una filosofía basada en el amor, el amor al prójimo, basado en el amor de Dios.
Únicamente para mantener un poco el orden durante el trayecto de la Fortaleza Antonia, la sede pretoriana al Monte Calvario donde sería la ejecución, Poncio Pilato mandó una decuria a vigilar que se cumpliera con la exigencia judía de la crucifixión.
La muerte de cruz, de origen cartaginés, especialmente salvaje por lo cruel y dolorosa, se aplicaba a quienes cometían delitos particularmente graves y cosa curiosa no se aplicaba a los ciudadanos romanos por lo ignominiosa que era.
Jesús no comedió delito ni falta alguna. Pese a eso fue condenado a una muerte atroz. Que esa muerte no quede en una mera referencia histórico-religiosa, ni tampoco en los anales de los procesos judiciales de la historia que han estado llenos de injusticias.

















