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Análisissábado, 28 de marzo de 2026

La muerte de Jesús

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Conforme los años pasan se va diluyendo el significado tan profundo que tiene para el mundo cristiano en lo religioso y para el mundo jurídico en su ámbito, la muerte de Jesús, cuya trascendencia es tal, que simplemente la historia del mundo se partió en dos: Antes de Cristo y después de Cristo.

Para los que somos creyentes, la muerte de Jesús significa la culminación de la predicación de la buena nueva para dejar la semilla del evangelio del amor como herencia para la humanidad en la espera del momento crucial de la muerte que es el umbral de la vida eterna.

Para los juristas, la muerte de Jesús es la muestra más clara de la violación a las normas legales para culminar en la pena máxima que se pudiese imponer a un violador del orden jurídico.

La cosa es que Jesús, no violó ley alguna. Se dedicó a predicar el bien, una filosofía basada en el amor, el amor al prójimo, basado en el amor de Dios.

La acusación básica que gravitó sobre el Nazareno fue que alborotaba al pueblo y estaba fraguando una revuelta, lo que uso preocupadas tanto a la autoridad religiosa -Sanedrín- como la política -Prefectura de Judea- y estuvieron escrupulosamente vigilando todos los movimientos de Jesús.

El nació en Belén (Judea) aunque su infancia y adolescencia la pasó en Nazareth (Galilea) algo que a la postre, jurisdiccionalmente hablando tuvo mucha trascendencia, porque Poncio Pilatos (Prefecto de Judea) y Herodes Antipas (Tetrarca de Galilea) se disputaron la competencia legal para juzgarlo, declinándola mutuamente en varias ocasiones.

Jesús fue aprehendido la noche del jueves Santo en el Huerto de los Olivos por una Cohorte Romana a pedimento del Sanedrín (Suprema Autoridad Religiosa) en virtud de que, con la conquista de Roma, se despojó a las autoridades judías del ius gladii, la facultad de que su policía religiosa interviniese haciendo uso de las armas.

Lo pusieron a disposición de quien había solicitado su detención (Sanedrín) y tanto Anás como Caifás tuvieron primer contacto con el reo, sobre todo éste último que era el Sumo Sacerdote y presidente del Sanedrín, quien se encargó del interrogatorio y captó amañadamente la aceptación de una falta religiosa para considerarlo reo de muerte.

Cuando pregunta ¿Eres tú el Mesías, el hijo de Dios? y, ante la respuesta firme y contundente del nativo de Belén de Judea: ¡Tú lo has dicho!, en un juicio sumario lo condenó a muerte por blasfemia, pero ante la pérdida del Ius Gladii, decidió mandarlo al Procurador de Judea (Poncio Pilatos) para que lo ejecutara.

Los párrafos anteriores explican la práctica piadosa de los cristianos de la visita de los siete templos, que se hace tradicionalmente el jueves santo, porque es el recuerdo de las “siete casas” o siete palacios de justicia donde fuera llevado y traído el prisionero Jesús de Nazareth.

El proceso ante Pilato tenía que ser sumarísimo pues para la ejecución solo tenía un día ya que los judíos celebraban su pascua en el Sabbath y precisaban la ejecución de inmediato no obstante que se generaran violaciones a sus leyes como el Deuteronomio y el Levítico ni el Codex Romano.

Únicamente para mantener un poco el orden durante el trayecto de la Fortaleza Antonia, la sede pretoriana al Monte Calvario donde sería la ejecución, Poncio Pilato mandó una decuria a vigilar que se cumpliera con la exigencia judía de la crucifixión.

La muerte de cruz, de origen cartaginés, especialmente salvaje por lo cruel y dolorosa, se aplicaba a quienes cometían delitos particularmente graves y cosa curiosa no se aplicaba a los ciudadanos romanos por lo ignominiosa que era.

Jesús no comedió delito ni falta alguna. Pese a eso fue condenado a una muerte atroz. Que esa muerte no quede en una mera referencia histórico-religiosa, ni tampoco en los anales de los procesos judiciales de la historia que han estado llenos de injusticias.

Que nos haga volver la vista atrás, ver el camino que hemos recorrido, recapacitar en nuestros errores y faltas, reencontrar el buen camino tomados de su mano Salvadora y fortalezcamos nuestra fe, con la esperanza de que nos diga como a Dimas, que estaremos con Él en el paraíso.

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