Retroceder no es el camino, aun cuando exista el derecho de hacerlo. Y hablo de derecho porque creer o no creer forma parte del libre albedrío, esa libertad fundamental de pensamiento, conciencia y religión reconocida universalmente. Dios no obliga al ser humano a permanecer en la fe; le concede la capacidad de elegir, y con ella, la responsabilidad de asumir las consecuencias de esa elección.
La historia de la fe y de las grandes decisiones cristianas demuestra que el verdadero progreso espiritual no nace de la comodidad ni del confort, sino del anhelo profundo de alcanzar el galardón eterno. Cada avance significativo ha sido precedido por una decisión voluntaria: elegir obedecer, perseverar y confiar, aun cuando el camino se torna estrecho.
El libre albedrío, lejos de ser una excusa para la pasividad o la inmovilidad, es una responsabilidad que impulsa al creyente a optar por el bien, incluso cuando dicha elección exige esfuerzo, renuncia y determinación. La fe auténtica no se hereda ni se impone; se elige y se reafirma cada día.
En ese contexto, Dios llama a sus hijos, por medio de su palabra, a resistir y avanzar, dos decisiones inseparables y fundamentales en el tránsito de la Iglesia hacia el Reino prometido. Resistir implica elegir permanecer firmes en la fe frente a la oposición, las pruebas y las adversidades; es decidir no ceder ante el desánimo, el temor ni las presiones del mundo, sino sostenerse con constancia en las promesas divinas. Resistir es una elección consciente de fidelidad, de cuidado de la doctrina y de perseverancia paciente, confiando en que Dios fortalece a quienes libremente deciden permanecer en Él.
Pero el llamado divino no se limita a resistir. Dios también exhorta a avanzar, lo cual supone decidir no quedarse inmóvil ni conformarse con la mera permanencia. Avanzar es optar por el crecimiento espiritual, por la edificación de la fe y por el desarrollo de la obra, caminando con esperanza hacia el cumplimiento del propósito divino. Mientras la resistencia preserva lo que Dios ha dado, el avance refleja una voluntad activa de madurar y de conquistar nuevas etapas en la vida cristiana.
Desde esta comprensión, resistir y avanzar no se contraponen, sino que se complementan como expresiones del libre albedrío: se elige resistir para no retroceder, y se decide avanzar para alcanzar lo que Dios ha preparado. En esta doble decisión, la Iglesia permanece firme en Cristo y, al mismo tiempo, progresa con confianza hacia el Reino que le ha sido prometido.