Un golpe de Estado es la toma repentina e inconstitucional del poder político por la fuerza, realizada por un grupo militar, político o rebelde, que destituye al gobierno legítimo y rompe el orden constitucional. Implica una interrupción del orden constitucional y de las normas que regulan una sociedad incluyendo, preponderantemente, las que establecen la renovación del poder.
Pero en nuestro país y en la entidad todos los días, en casi todos los ámbitos y en todos los municipios hay pequeños golpes, daños, disminución al Estado mexicano. Observe usted, estimada lectora y estimado lector, cómo las banquetas están invadidas por particulares que valiéndose de un bien público, pagado con nuestros impuestos, obtienen sus ingresos.
La misma situación prevalece en las playas (circunstancia que expliqué en un artículo anterior) y en las calles. No existe autoridad (municipal, estatal o federal) que le “entre”. Lo más grave es que ya hay autoridades irregulares, diferentes a las legítimamente establecidas, que cobran el impuesto predial, la licencia de funcionamiento.
Es decir, la soberanía del Estado mexicano va siendo replegada, empujada y expulsada, cada día, poco a poco, de espacios territoriales (calles, banquetas, poblaciones) y de sectores de la economía (primaria, secundaria y terciaria), donde el agricultor o ganadero, el comerciante o el prestador de servicios paga una doble tributación. Esto simplemente es la renuncia del gobierno (en sus tres órdenes) a ejercer su atribución y deberes para con la sociedad. Es abjurar del cumplimiento estricto de la ley. Para mí solo puede ser por miedo, negligencia, ineficiencia/ineficacia o complicidad. La mejor opinión la tiene usted.