Análisisdomingo, 23 de noviembre de 2025
Atrapar al ratón
leonardolombar@gmail.com
ÚLTIMAS COLUMNAS
Más Noticias
COLUMNAS
CARTONES
LOÚLTIMO
Newsletter
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
leonardolombar@gmail.com
Durante semanas no habíamos podido dar con el intruso. Tramperas convencionales, venenos de vanguardia y hasta pegatinas novedosas resultaron infructuosas. Después de un par de días de ausencia, por motivos de salud de mi papá, volví al departamento y me encontré con el colmo: artículos del baño y hasta medicamentos estaban tirados en el piso a causa de sus “travesuras”. Ahí me topé con la primera enseñanza: se necesitaba un poco de “coraje” para abatir al “enemigo”. Así que aquello que parecía ajeno, me lo tomé personal y le declaré “la guerra” al cobarde roedor.
Nada en la vida se logra sin un poco de coraje, sin que te tomes las cosas en serio y las enfrentes. Existen muchas situaciones nocivas que cual “roedores” silenciosos y dañinos habitan en nuestras vidas sencillamente porque les hemos permitido hacerlo, sea por desidia para identificarlos, por ignorancia para enfrentarlos o hasta por incapacidad para erradicarlos. Sea como sea, ahí están y llega un momento que hasta podemos convivir con ellos sin advertir su mal olor, y que son un foco de infección letal. Todo comienza con tener un poco de coraje para cobrar valor y tomar acciones al respecto.
Lo que le sigue es “no subestimar al enemigo”. Al observar el excremento regado por toda la casa, me di cuenta de que no era “laucha” (ratón pequeño) sino animal de buen tamaño, así que compré una trampa dos talles más grandes que la que ya habíamos utilizado. Muchas veces fracasamos en vencer al enemigo, porque lo subestimamos, o minimizamos sus consecuencias. Al cabo del tiempo, nos damos cuenta que esa falta de respeto del niño vista como “travesura”, ya se convirtió en rebeldía para luego devenir en deshonra. Estamos en peligro.
Lo tercero que hice, fue cambiar el señuelo. El lácteo que utilizábamos para las otras tramperas era un queso barato sin mucho sabor. Así que fui a la tienda y adquirí uno que fuera atractivo por aroma y sabor; uno de esos quesos maduros que solo se consigue en la isla de los importados. Ahí me di cuenta que muchas veces no “atrapamos al ratón” sencillamente porque no le invertimos. Muchas veces somos “espléndidos” para financiar los problemas, pero “codos” para solucionarlos.
Por último, descubrí que el susodicho ya había construido una “pequeño nido” con cartones y estambres, así que decidí colocar allí la trampera en lugar de limpiarlo. Me acordé de una experiencia muy significativa que había tenido hace años con uno de mis hijos y que nos llevó a escondernos en el closed por un rato con la luz apagada para enfrentar al “miedo” que le causaba el supuesto “mounstro” que se escondía tras la ropa colgada. Al enemigo hay que vencerlo en su propia “idioma”.
No habían pasado veinticuatro horas cuando el ratón había sido atrapado, en su propia guarida, seducido por el atractivo parmesano y con una arma conforme a su tamaño. Sírvanos esta experiencia, para enfrentar con coraje a esos “ratones” silenciosos que día a día nos roban la alegría, la fe, el amor y la esperanza, nos roban la vida y no nos damos cuenta.