Hay flechazos de Cupido que son instantáneos, los amoríos a primera vista tienen un hechizo especial, todo cambia para siempre. Así en el amor como en la vida, también están las saetas profundas y perpetuas que se clavaron en el cuerpo de San Sebastián, cuyas heridas nunca cicatrizan en el tiempo de los mitos. Sucede igual con los libros y los viajes, la experiencia de compartir las imágenes que provienen de un mundo en constante devenir hace que muchas historias sean seductoras, quien las cuenta hace de su vida un espacio de sinceridad íntima, cada testimonio es un arco con flechas con una tensión permanente a la espera de nuevas atracciones, posibles desenlaces y enamoramientos más allá de cualquier frontera.
En estos días de febrero, se ha conocido el fallecimiento del escritor europeo Cees Nooteboom, uno de los grandes y últimos viajeros que hizo de todos sus libros un tintero infinito de sensaciones, en sus pliegos de papel latieron el arte y los paisajes que cautivan todavía a la mirada del ser humano. Nació en La Haya, una de las ciudades de los Países Bajos, ese país que está bajo el nivel del mar, la misma patria del pintor Vincent van Gogh, quien nació a una hora de distancia, ochenta años antes que él, en el territorio onírico de los tulipanes. La voz del escritor neerlandés sonó en español, amó desde sus años de juventud los paisajes de la península ibérica y estuvo en México, exactamente hace diez años, en un festival de Querétaro, donde cautivó a lectores y lectoras con su obra literaria.
Entre novelas, ensayos y poesía, Cees Nooteboom siempre tuvo un guiño vital sobre su propia vida, en un peregrinaje constante que le llevó a visitar países exóticos como Japón, Brasil y Australia, además de cartografiar casi todos los museos de Europa, a la búsqueda incesante de la belleza y de las gradaciones de su luz. Muchos de sus libros, publicados en varios idiomas, se articulan como susurros y cadencias, un hilo de narración que contempla a la vez los cuatros puntos cardinales del planeta. El ensueño y la pasión del autor siempre fueron viajar y escribir. De hecho, su compañera de vida, la fotógrafa Simone Sassen, puso el objetivo en cada instante fulgurante que pensó necesario para acompañar a las páginas de algunos de sus libros, como aquel de la visita a tumbas de poetas y las crónicas de la Alemania antes y después de la caída del muro de Berlín.
Y el amor a un horizonte se concretó en la vida de Cees Nooteboom en torno a la isla mediterránea de Menorca, en el archipiélago de Baleares, allí pasaba los días de una parte importante de cada año, era su doble vida, allí murió. En su libro “Lluvia roja”, en holandés se pronuncia “Rode regen”, legó a las futuras generaciones el enigma de todas las islas y el mar, con el viento de la tramontana que capturó su vigilia hasta la eternidad. Entre esa lluvia roja, el poeta Cees Nooteboom describió con elocuencia que en las islas, “el mundo se divide en salado y dulce”, además de que la luz allí es “de verdad, brillante y omnipotente, un poder”. En los inviernos de su casa de Ámsterdam, donde acumuló premios literario y se convirtió en una de las voces más singulares de la literatura contemporánea, a veces le asaltaba la nostalgia y cerraba los ojos, para pensar en su jardín, un lugar mágico que se encontraba “en el camino de la luna”. Lo dejó escrito, y en su paz halló el refugio del nómada incansable, el coleccionista de cruces de caminos, un hombre que hizo suyo el pálpito de todos los atardeceres, en la isla sucedió el principio y el final de su flechazo de la vida.