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Análisislunes, 19 de febrero de 2024

Una casa soñada

Ha llovido en Durango y las ventanas de las casas han dibujado millones de formas con los borbotones de gotas de agua, así son las noticias también, suceden a cada minuto y pueden pasar desapercibidas si nadie las lee.

Igual sucede con las sombras, todas las sombras tienen una historia que contar de una ciudad, en la Durango mexicana la luz del día es tan pletórica que la Catedral vista desde cualquier ángulo del centro histórico es como un espejismo de piedra.

En su interior las columnas salomónicas y corintias dan abrigo y refugio, su fundación se cuenta que alcanza al año 1695 y lleva consigo un silencio de siglos.

Es como una sombra repleta de voces y secretos, todas las calles duranguenses tiene un lado de sol y otro de sombra, de algún modo todas conducen hacia un diálogo de la ciudad consigo misma, y las casas son palabras y ecos que conservan la memoria del tiempo.

El escultor nació en Arratzu, una bella localidad bañada por el río Golako y bajo el magnetismo de los montes Arrola, Gaztuxetuelagana, Olerre y Lupiola, nombres en euskera que también son como sombras que dicen el verde y el blanco y el azul del cielo.

Los periódicos tienen un perfume especial, el papel con tinta cifra el acontecer de los lugares. En un hogar, en los bodegones de muchas pinturas, la fruta y el periódico están siempre cerca, como un símbolo del instante y de lo efímero.

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