Notas para la Historia de los Templos de Mayor Tradición en Durango
En Cartera
Con las anteriores referencias, confirmamos que las expresiones más firmes del arte son los templos.
Fuente Consultada: De Aquel Durango al Durango de Hoy 1563-2013. Víctor Samuel Palencia Alonso. Editorial Praxis, Ciudad de México, Mayo de 2013.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónCiento seis años antes del nacimiento de Cristo, el orador romano Cicerón definió la historia como “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y mensajera de la antigüedad”. A partir de esta declaración, muchos han creído que la historia constituye la maestra por excelencia y la guía para evitar ciertos errores.
También hay quienes, como el historiador durangueño Atanasio González Saravia, esperan que la historia se manifieste con toda la precisión de una ciencia exacta, Afirma Miguel de Montaigne, después de haber pasado la vida estudiándose y haciendo diariamente descubrimientos sobre sí mismo, que el hombre “es tan diverso, tan ondulante y vano que, que no se puede formular juicio alguno sobre la materia”. Y no faltan los que encuentran, como San Agustín, la mano de la providencia en la historia, o del destino, como quiere Stefan Sweig. Y por último, están los que aseguran, como Anatole France, que la historia no es ni será una ciencia, porque el historiador juzga arbitrariamente, según su gusto, su capricho y su idea, como un artista, y en la historia por tanto el éxito depende de la imaginación,
Es verdad que el hecho de nacer en un medio u otro hace los individuos participar de una fase y un momento históricos, en los cuales no sólo pesa y gravita la externa experiencia del grado de civilización alcanzado, sino la atmósfera difusa de sentirse herederos de un pasado histórico fecundo, o ver ante sí el vacío de los pueblos improvisados. No hay pueblo sin cultura, y la cultura, como sistema de patrones de conducta aprendidos que son característicos de los miembros de una sociedad, es, en conjunto, el resultado de la invención social y es conservada y transmitida sólo a través de la comunicación y el lenguaje. Se trata de logros distintivos de los grupos humanos en los lugares donde éstos cumplen el quehacer de vivir, y el núcleo esencial se compone de ideas tradicionales, esto es, históricamente obtenidas y seleccionadas. La historia no es ya un acontecer, algo que le “pasa” al hombre y que así como le sucedió pudo no haberle ocurrido, mera contingencia y accidente que en nada lo afecta, sino por el contrario, algo que lo va constituyendo en un ser espiritual; la historia como una modalidad de lo que llamamos vida,
La historia, la más bella y trágica obra de Dios, es una incansable devoradora de tiempos. Cierto que los individuos, aun los más famosos, pasan por ella con la fugacidad de un instante en la larga y tumultuosa noche de Dios que se llama la eternidad, Sobrevive tan sólo el desinteresado quehacer de hombres y mujeres cuando se convirtieron en “polvo y cenizas”.
Vivimos tiempos de cambio rápido, provocados por las impetuosas tecnologías de los países más poderosos. Es muy importante en esta época globalizadora conocer la historia. Nuestra cultura nacional, que comprende historia, tradiciones, costumbres, ideales, formas de valoración, sufre ya los embates de intereses extranjeros que intentan imponer nuevas pautas de conducta, pretendiendo introducir en el seno de nuestro pueblo los nuevos paradigmas del capitalismo internacional. Y con ello crecen los riesgos para nuestra identidad y patrimonio cultural, para nuestra Mexicanidad y Durangueñeidad.
Ante la penetración ideológica urge vigorizar la nacionalidad. Nuestra identidad de mexicanos no es un bien que esté en venta, que se preste o alquile. El nacionalismo, la educación y el hacer político de un pueblo continúan siendo los mejores instrumentos para preservar la soberanía y la independencia política. Es un reto cultivar a nuestra población, rescatar nuestras tradiciones para integrarlas y robustecer el contenido más sólido de nuestra identidad. Culturizar a la sociedad es integrarla, fortalecerla, prevenirla y consolidarla. De ahí la gran responsabilidad de los comunicadores y maestros que son los pedagogos de multitudes.
Para amar a México hay que conocerlo, porque no se puede amar lo que no se conoce. La cultura nacional es la más sólida muralla de nuestra soberanía y, al mismo tiempo, el más firme testimonio de una grandeza que supero con mucho la adversidad. Ahora, la religión es una nueva arma política del imperio, que sin cortapisa alguna cruza nuestra frontera para manipular nuestra idiosincrasia y los valores particulares, sociales, políticos y religiosos de los pueblos latinoamericanos. Es innegable que en nuestro país y en nuestro estado, figura una creciente estrategia que promueve la multiplicación de sectas religiosas, éstas no respetan la bandera mexicana, no cantan el himno nacional y en cambio promueven la desobediencia civil y el nulo respeto a los símbolos patrios. En tanto exista una sólida conciencia de lo que somos y de lo que nos proponemos lograr, estaremos mayormente capacitados para sortear con éxito los frecuentes intentos de avasallamiento que suelen manifestarse inicialmente por medio de influencias culturales y sociales, a las que luego siguen influencias de otra índole. Es ahí, en la conciencia del mexicano, sobre lo que es y lo que vale, sobre lo que ha sido y hacia dónde quiere proyectarse, donde está la verdadera defensa de la nacionalidad.
Ya señalamos como marco conceptual la definición e importancia de la historia, la urgente defensa de nuestra Mexicanidad y Durangueñeidad ante el peligro de la penetración extranjera a través de diversos medios y formas, ahora abordaremos el tema del título de la presente colaboración: Historia de los Templos de Mayor Tradición en Durango, a propósito de la Semana Santa que señala la visita de los católicos a los siete Templos el próximo pasado jueves 2 de abril.
El escritor tapatío Luis Medina Ascencio dice que la Iglesia en Durango fue un señero bastión del catolicismo y de España. Los templos durangueños forman parte del paisaje más entrañable de nuestra sangre. Fueron muchas y grandes las dificultades que se presentaron para concluir la construcción de la Catedral de Durango, que duró poco más de 200 años. Mérito grande de los sucesivos constructores fue que nunca abanderaron en sus lineamientos fundamentales el proyecto original elaborado en 1641 por el presbítero y notable arquitecto Pedro Gutiérrez Patarrén, el primer arquitecto que vino a Durango, acompañando al Obispo Evia y Valdés, después de trabajar en las catedrales de México y Puebla.
La Catedral de Durango está construida según el orden barroco entre el salomónico y el estípite, tiene 75 metros de largo, 36 de ancho, 19 de elevación de las bóvedas y 46 en las cúpulas de las torres. Guarda excepcionales reliquias, entre ellas, en el altar mayor, un hueso del evangelista San Mateo, y en el altar de San José, un hueso de San Benito. Y encierra maravillosas obras de arte, entre las que destacan, la sillería del Coro, que es de las más bellas del país, con sus santos a medio relieve, hechas de finas maderas estofadas de oro; y la escultura de San Jorge, patrono de Durango y protector contra el piquete de alacrán, la que data del año de 1749, en que se instituyó la fiesta en su honor por los cabildos eclesiástico y municipal. San Jorge es el centro de una de las largas tradiciones de Durango, porque el alacrán fue símbolo de terror hasta el descubrimiento, en esta ciudad, del suero que neutraliza su veneno.
Es el Templo de Analco un monumento de la Historia, cansado de años, de baldosas que un día besaron las humildes sandalias franciscanas, evocador atrio arrinconado y delgados cipreses que gimen al recibir el abrazo pesado e inalcanzable del viento. El día de su primera dedicación se celebró también el primer bautismo, que fue de un indio apache de nombre Vicente Simón, que fue instruido en la nueva religión.
Otro monumento que forma parte del paisaje físico y espiritual de los durangueños, es el pequeño Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, perfilado sobre un “cielo de azul Durango” –como diría el poeta mayor Alexandro Martínez Camberos- en la cima de un cerro rico en estaño. Templo que ya es mencionado en las famosas “Crónicas” del Padre Arlegui en 1724. Convertido en baluarte durante las cruentas guerras que registra nuestra Historia, sufrió daños, pero la devoción de los hijos de Durango por las construcciones que hablan de su mundo espiritual, ha salvado el pequeño edificio que conserva su severo estilo romántico.
Una dama durangueña que hizo voto de castidad y se mantuvo de limosna, destinó toda su fortuna a la construcción de otro de los templos de mayor tradición, el de Nuestra Señora Santa Ana, que es poco anterior a 1777. Tiene especial atractivo debido a las leyendas de hechos sobrenaturales que se dice a través de las generaciones, tuvieron lugar en su interior.
Hay otro templo, el de Nuestra Señora de los Ángeles, que tiene notorio valor artístico. Se empezó a edificar el 18 de marzo de 1847, en el antiguo barrio de La China, a inmediaciones del parque Guadiana. Sus torres y altares de estilo gótico nos dicen de la habilidad de trabajadores de la cantera y alarifes. El labrado de la cantera del altar, así como las guirnaldas de rosas de las columnas, recuerda a la posteridad el genio del artista Benigno Montoya.
San Agustín es el nombre del templo más cargado de tradición y leyenda. Se comenzó a construir en 1622, y acerca de la imagen del Nazareno tan venerada por las generaciones de durangueños, se cuenta que la recibieron los frailes agustinos del Convento de San Nicolás Tolentino, de un donante anónimo en una noche de tormenta. Se trata de una bellísima escultura de Cristo con la cruz a cuestas, tan devota, tierna y lastimosa, que de sólo mirarla se enternece y compunge el corazón. La verdad es que el español Francisco Gómez de la Vega regaló la imagen en 1672. Y en torno a esta imagen se fundó una cofradía, la Hermandad de Nuestro Padre Jesús.
Frente al jardín de san Antonio, se alza el Templo Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús, cuya construcción comenzó el sacerdote José Ignacio Cázares el 12 de abril de 1821 a las cinco de la tarde. Las obras iniciadas estuvieron a cargo de Tomás García a quien se entregó el diseño elaborado por el ingeniero Francisco Rodríguez. Se suspendieron los trabajos en 1896, no siendo reanudados hasta 1904 por el celoso impulso del sacerdote Julio del Palacio. Obra notable del arte religioso es la Custodia de este templo, hecha en 1946 por el orfebre poblano Miguel López, con alhajas de oro donadas por familias durangueñas; en la base de esta Custodia, su orfebre colocó con acierto y buen gusto, las medallas también de áureo metal ganadas por el ilustre compositor durangueño Alberto M. Alvarado al frente de su orquesta, en certámenes musicales celebrados en Chicago, Atlanta, Búfalo, Nueva Orleáns y otras ciudades de los estados Unidos. Dichas preseas fueron donadas por el propio maestro Alvarado poco antes de su muerte. El maestro Alvarado falleció a la edad de 74 años la mañana del 18 de junio de 1939, en la casa No. 909 de la calle 5 de febrero en Durango, Dgo., la radio dio a conocer a todo el país la infausta noticia y el Gobierno del Estado costeó sus funerales. Los músicos de su orquesta Jesús Moreno y Mauro Ricartti, recogieron del cuarto de estudio del maestro la “Marcha Fúnebre”, que había escrito para que fuera tocada en su sepelio.