La violencia que más se ejerce es la psicológica y es la que menos identifican las mujeres; de hecho siete de cada 10 mujeres son víctimas de esta situación
Las mujeres marcharon pacíficamente por las calles principales hasta llegar a la Plaza de Armas en una jornada histórica que concluyó con saldo blanco y sin incidentes graves
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
La tragedia ocurrida en Oaxaca con el descarrilamiento del Tren Interoceánico no puede ni debe reducirse a una estadística más ni a un simple accidente técnico. La muerte de 13 personas duele, sacude y obliga a una reflexión profunda; detrás de cada número hay familias rotas, proyectos de vida truncados y un dolor que no se borra con discursos oficiales. Hoy más que nunca se requiere respeto para las víctimas, pero también responsabilidad institucional, porque aún se desconoce si este accidente fue producto de alguna negligencia, y quizá no basta con lamentar lo ocurrido; es indispensable que se esclarezcan los hechos, se deslinden responsabilidades y se evite que la historia vuelva a repetirse bajo el amparo de la improvisación o la propaganda, máxime cuando es una de las obras “insignia” de la Cuarta Transformación.
Cuando ocurren tragedias de esta magnitud, el país entero espera respuestas claras y acciones inmediatas, pues las condolencias gubernamentales no pueden convertirse en un trámite político ni en una frase de protocolo; la exigencia ciudadana es legítima, es necesaria una investigación profunda, técnica y transparente que permita conocer qué falló y por qué, ya que no se trata de buscar culpables por consigna, sino de asumir responsabilidades con seriedad. La vida humana debe estar siempre por encima de cualquier proyecto político, ideológico o electoral, porque cuando se busca minimizar lo ocurrido se convierte en una falta de respeto no solo para las víctimas, sino para toda una nación que observa con preocupación cómo se repiten los errores.
El descarrilamiento del Tren Interoceánico inevitablemente remite a otros episodios similares ocurridos en obras emblemáticas de la Cuarta Transformación, como el Tren Maya. La constante parece ser la misma, prisa por inaugurar este tipo de obras, en algunos casos mal planeadas, presión política por mostrar resultados y una narrativa triunfalista que ignora alertas técnicas, y las grandes obras requieren planeación, pruebas, mantenimiento y supervisión permanente. Cuando se privilegia la foto, el discurso o la inauguración simbólica, el riesgo se vuelve una constante; pero es fundamental dejar en claro que no es mala fe lo que se señala, sino una preocupante falta de rigor que termina costando vidas.
Otro punto que debe analizarse con seriedad es la decisión de colocar a las Fuerzas Armadas al frente de proyectos de infraestructura civil, desde luego nadie cuestiona su disciplina ni su compromiso institucional ante diversos acontecimientos que requieren su intervención, sobre todo en materia de seguridad y desastres naturales, pero administrar y operar sistemas ferroviarios requiere conocimientos técnicos especializados y experiencia civil acumulada durante décadas; militarizar estas tareas no garantiza eficiencia ni seguridad, por el contrario, puede generar opacidad y limitar la rendición de cuentas. Gobernar no es imponer, sino escuchar, corregir y profesionalizar, cuando se confunden funciones, los errores se multiplican y las consecuencias se vuelven irreversibles.
Las llamadas obras “insignia” han sido blindadas con un discurso que las vuelve intocables, casi sagradas, con el hecho de reservar toda la información de cada una de ellas. Pero la realidad termina alcanzando cualquier narrativa, hoy el Tren Interoceánico no representa desarrollo ni bienestar, sino luto, preguntas sin respuesta y una profunda desconfianza social; el país no necesita relatos “mareadores”, sino resultados seguros y responsables, sobre todo en memoria de las víctimas; ya que mientras se siga apostando por la propaganda y no por la planeación, el riesgo seguirá latente. Porque cuando los trenes se descarrilan, también lo hace la credibilidad de quienes prometieron un futuro mejor y han quedado a deber.