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Él murió la semana pasada a causa de un infarto fulminante mientras dormía y espero que su alma no se quede aferrada al mundo de los vivos / Imagen ilustrativa / Foto: archivo / OEM
Algo sucede en mi casa o no sé si sea en mi mente. Lo más seguro es que es el espíritu de don Juan.Él murió la semana pasada a causa de un infarto fulminante mientras dormía y espero que su alma no se quede aferrada al mundo de los vivos.
Algo sucede en mi casa o no sé si sea en mi mente. Lo más seguro es que es el espíritu de don Juan... / Imagen ilustrativa / Foto: archivo / OEM
La madrugada en que el viejo murió, tuve insomnio, pesadez y cansancio; tal vez fue el anuncio de la muerte, porque esa noche, desde que me acosté, sentí una opresión en el pecho y arritmias nunca antes percibidas. Di vueltas en la cama, intenté estar en TikTok, en Instagram, vi algunas páginas terror en Google y terminé viendo tu canal en YouTube, por eso hoy escribo mi experiencia, porque desde entonces la situación ha empeorado.
Dieron las tres de la mañana y el reloj de mi madre sonaba desde su habitación, mi teléfono se quedó sin pila y el cargador se había quedado en la guantera del carro y en realidad me dio frío para salir por él. Cerré los ojos, intenté viajar al mundo de los sueños, pero el insomnio continuó, buena parte de la noche. No puedo decir que presencié la muerte de don Juan, pero si sentí cuando cimbró el piso por culpa del cadáver cuando su anciano corazón colapsó. Fue un sonido sordo, sofocante, imaginé su andadera en el suelo, porque su cuarto está contiguo a mi habitación y solían escucharse ruidos cuando se le caían las cosas. Fue raro no escuchar sus corajes, carraspeos o gemidos nocturnos, aun así, lo dejé pasar de largo hasta que el cansancio me hizo dormitar y tener una pesadilla donde el hombre flotaba, atravesaba la pared y se sentaba junto a mí, para decirme que debía cuidar las monedas que tenía en su patio.
A las seis de la mañana alguien tocó la puerta, pensé que era el servicio de gas porque lo había pedido desde la tarde anterior, pero el llamado era desesperado, fuera de sincronía, además no escuché ningún motor de camión. Me levanté de golpe, me enfundé un pants y con algo de miedo abrí la puerta; por suerte no era don Juan flotando, pero si su esposa. La mujer se antojaba confundida, tenía una mueca desencajada y su cara estaba más pálida y anciana que de costumbre, me jaló del brazo y me solicitó ayudarle a levantar a su esposo que había amanecido en el piso.
Casa maldita en la colonia José Martí de Durango / Imagen ilustrativa / Foto: Especial /
No respingué, me dejé llevar por su solicitud, entramos a la casa, la sala parecía más fría que de costumbre, todo olía a café de olla, era un olor acogedor, pero a la vez extraño, porque había algo más, a los pocos minutos lo supe: era el aroma a la muerte. Cuando atravesamos la cortina que daba a su cuarto, estaba el viejo en el suelo, con un aspecto rígido, sus piernas parecían troncos secos, no presentaban algún síntoma de flexión, sus ojos estaban abiertos, pero su pupila estaba cubierta por una capa gris que no era otra cosa más que el manto de su partida. Toqué su cuello, no había signo vital alguno, abracé a la señora y me encargué de llamar a servicios médicos con alguna lejana esperanza de volverlo a la vida y a pesar de los esfuerzos lo único que pudieron hacer fue llamar al servicio forense.
Don Juan fue trasladado a la Morgue, luego a la funeraria y después de unas horas volvió a casa en un ataúd para ser velado en la sala de su casa. Estuve un rato en su funeral, no quería acercarme a verlo, pero los recuerdos de cuando me regalaba higos del árbol de su patio y algunas monedas extrañas que aún guardo en un cajón, me empujaron a verlo para despedir sus restos. Detrás de un cristal, estaba su rostro, parecía de plástico, lucía más delgado y pequeño que de costumbre. Verlo me generó un mareo repentino y todo el entorno se fundió en oscuridad, solo su rostro resplandecía, pareció abrir los ojos y me dijo sin abrir la boca y sin necesidad de escucharlo “cuida de mis monedas, están en el patio, abajo de la higuera, si no lo haces vendré por ti”.
Quise gritar y cuando iba a hacerlo, la oscuridad que me rodeaba desapareció, otra vez estaban los dolientes sentados en la sala y en sillas de metal, lamentando la muerte de don Juan, unos abrazando a su señora, otros bebiendo café y comiendo galletas a la par de unos cuantos chistes distantes del llanto. Pasó un día de velación, lo llevaron a una misa, luego lo sepultaron y su muerte pasó al proceso de convertirse en un recuerdo. Todo pasó, a excepción del llamado que, desde su partida, don Juan me hace todas las noches a través de la pared, solicitando en susurros cada vez más agresivos que cuide sus monedas.