Culturasábado, 30 de noviembre de 2024
Mi madre no quiere perder su casa
Mi madre no quiere perder su casa
Alberto Serrato
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Espero que con mi relato no se me tache de loco, pero desde que mi madre murió nadie puede habitar su casa, tal vez no quiere perder sus dominios o solo es sugestión, lo único que puedo asegurar es que desde que ella se fue a la tumba mis hermanos han vivido horrores inexplicables.
Mi nombre es Ramiro Galván, tengo 55 años, vivo en la colonia Azcapotzalco y hace cuatro años mi madre murió por culpa de un infarto fulminante. Aún recuerdo el día cuando después de haber desayunado juntos, cayó petrificada cuando se levantó a servirse un poco de café, intenté reanimarla, llamé al 911, pero nada se pudo hacer. A mí me correspondió hacer el papeleo de su funeral, elegir su ropa y también su ataúd. En mi mente, aun gobierna la imagen de su rostro pálido, de su cuerpo en el piso, tan frío y tan vulnerable como cualquier objeto inanimado.
Fueron días tristes y sin consuelo. Mis hermanos en vez de lamentar la muerte de su progenitora, se pelearon y hubo discordias porque todos querían quedarse con la casa. Yo no entré al conflicto y jamás les comenté que ella deseaba dejarme la casa a mí, pues fui el único presente de los hijos en sus últimos años de vida y también el único que no la vio como una caja de ahorros, pues la herencia que le había dejado mi padre era considerable para una vida holgada.
Mi hermano, el más grande, se adueñó de las llaves de la casa ubicada en una de las calles principales de esta misma colonia y quiso montar un negocio de barbacoa a los pocos meses de su muerte, pero no duró mucho tiempo porque el flujo de consumo no fue próspero y algunos de los clientes dijeron haber percibido presencias en el baño, malas energías y apagones de luz mientras se lavaban las manos. La gente dejó de ir y el negocio terminó por caer en la quiebra. No sé si mi hermano haya visto algo porque sin reparos se alejó de la casa y de la avaricia, tan así puedo contarlo, porque se mudó a vivir a Aguascalientes.
Así pasó el tiempo y luego del fracaso de la barbacoa, mi hermana intentó habitar ahí porque había perdido su casa en apuestas de casino. Nadie le reclamó y se apoderó de la propiedad, pero a la semana de haber concretado su objetivo, dijo que algo la arrastró desde el cuarto de mi madre hasta el de las visitas. Ella se enfermó del sistema nervioso, no quiso seguir viviendo ahí y ahora sufre de vitíligo, enfermedades renales crónicas y terminó por entregarme la llave.
La casa ahora se encuentra sola, porque ninguno de mis hermanos logró habitarla como pensaban. A mí no me ha sucedido nada malo y cuando voy para regar sus plantas, siento tranquilidad y casi puedo escuchar la voz de mi madre diciéndome un “Te quiero”, no pienso vivir ahí, ni mucho menos adueñarme de la casa, pero tampoco quiero que la casa se degrade por culpa del abandono. He tenido en mente la idea de hacer una casa hogar para niños desprotegidos, solo espero que mi madre no se enoje y me ayude a brindarle un techo a los pequeñitos que pasan hambre y frío en la calle. Gracias Alberto, siempre contento de tu contenido y relatos.