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Cuidar a otros es una de las funciones más esenciales en cualquier sociedad, sin embargo, detrás de esa tarea cotidiana (cuidar hijos, padres mayores, familiares enfermos o personas dependientes) existe una carga silenciosa que rara vez se discute desde la biología: el impacto fisiológico del estrés sostenido en quienes asumen ese rol de forma prolongada.
Diversos estudios han documentado que las mujeres siguen concentrando la mayor parte del trabajo de cuidado no remunerado en muchas sociedades y más allá de las implicaciones sociales de esta realidad, la ciencia ha comenzado a explorar sus efectos en el organismo. Cuando la responsabilidad de cuidar se combina con jornadas laborales, preocupaciones económicas y escaso tiempo de recuperación, el cuerpo puede entrar en un estado de estrés crónico y desde la fisiología, esta respuesta está mediada principalmente por el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, el sistema que regula la liberación de hormonas como el cortisol, el cual se activa en situaciones de amenaza inmediata, preparando al organismo para responder con rapidez.
No obstante, diversas investigaciones han observado que el problema de la activación de este mecanismo adaptativo surge cuando escenarios de alta demanda y estresantes dejan de ser temporales y se vuelven persistentes, ya que pueden derivar en alteraciones del sueño, mayor inflamación sistémica, debilitamiento del sistema inmunológico y mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Desde la biología del estrés, este fenómeno suele explicarse a través del concepto de carga alostática, que describe el desgaste acumulado que experimenta el organismo cuando los sistemas encargados de mantener el equilibrio interno deben permanecer activos durante periodos prolongados; dicho, en otras palabras, el cuerpo puede adaptarse al estrés, pero esa adaptación sostenida tiene un costo fisiológico.
Por otro lado, algunas investigaciones han explorado incluso los efectos de la carga alostática a nivel celular, un ejemplo son los estudios realizados por la psicóloga de la salud Elissa Epel y la bióloga molecular Elizabeth Blackburn, quienes observaron que cuidadores sometidos a estrés prolongado presentaban acortamiento en los telómeros, estructuras ubicadas en los extremos de los cromosomas que protegen al ADN y que suelen asociarse con procesos de envejecimiento celular; aunque estos cambios no implican un destino inevitable, sí sugieren que la exposición prolongada a estrés intenso puede dejar huellas biológicas medibles.
Estos hallazgos explicados hasta el momento, no buscan dramatizar la experiencia del cuidado, sino visibilizar algo que durante mucho tiempo se consideró únicamente desde lo emocional o lo social. El acto de cuidar posee una dimensión fisiológica real, en la que el organismo responde a la responsabilidad constante, la vigilancia continua y la carga afectiva que implica sostener el bienestar de otra persona. Comprender estos procesos no pretende reducir el cuidado a una carga biológica ni restarle valor a una de las formas más profundas de vínculo humano, al contrario, permite reconocer que el organismo también participa en esa experiencia.
Cuando el estrés se vuelve persistente, el cuerpo registra ese esfuerzo a través de mecanismos como la carga alostérica, recordándonos que sostener el bienestar de otros también implica un gasto fisiológico. Tal vez por ello, visibilizar los efectos biológicos del cuidado no busca cuestionar su importancia, sino comprenderlo con mayor profundidad porque en ocasiones, quienes sostienen a otros en momentos de fragilidad, lo hacen también a costa de un desgaste que rara vez aparece en las estadísticas, pero que la biología comienza a revelar con claridad.