Mi gusto es... (o la otra mirada) / CHUBASCOS
Por influencia de mamá, para nosotros era simplemente un chubasco y su posible llegada nunca dejó de preocuparnos, no solo a la familia sino a toda la ciudad.
Meteorológicamente yo no sabía muy bien de qué se trataba eso de las ráfagas de viento o vientos moderados, lo único que me quedaba claro es que el chubasco venía en chinga y no tardaría en tocar tierra.
Mamá nomas quería protegernos y punto.
Para nada.
Esa historia se la compré como verdadera y durante mucho tiempo yo rezaba por las noches pidiéndole a Dios que no permitiera que ese coraje del loco llegara a su límite, ya que la desgracia sería incalculable.
De ese pelo era la demagogia en los chubascos, de acuerdo a la interpretación que yo le daba ante la expresión en sentido figurado de mamá.
También lo asocié con algún grupo político de esos años, y para no acusarlos de demagogos y demás improperios, mi santa madre, con una diplomacia que envidiarían en el parlamento chino, se limitaba a decir que “los chubascos” no tenían palabra de honor.
Claro, hoy sé que aludía a una naturaleza que opera por leyes propias, casi siempre impredecibles e implacables, y no se rige por principios morales o promesas como los humanos.
El dicho se usa en sentido figurado, para referirse a la crudeza o indiferencia de la naturaleza ante las necesidades o expectativas humanas, sobre todo cuando suceden desastres o eventos que ponen a un determinado territorio patas pa’ arriba sin misericordia alguna.
Otros chubascos los viví en casa y también en una zona llamada San Juan de la Costa, en donde gracias al agua y los derrumbes de los caminos, estuvimos incomunicados por tres días.
Ni hablar, no tienen palabra de honor. Ningún chubasco ni la naturaleza misma tienen palabra de honor, y cuando menos esperas ya te echaron a perder todo, sin deberla ni temerla.
De plano ni cómo decirles (a los chubascos o al fenómeno que gusten) que el compromiso es importante porque genera confianza, responsabilidad y mejores relaciones personales, laborales y de todo tipo.
Eso no lo digo yo. Opinan los que saben y el sentido común.
No se diga los protocolos de urbanidad más simples o el Manual de Carreño o las elementales reglas de cortesía en lo público o en lo privado.
Pero ni modo de tomarla del cuello para que por fin reaccione y decirle: “Naturaleza: entiende en caridad de Dios: la responsabilidad es la habilidad de responder por los propios actos y decisiones, y de asumir las consecuencias de manera consciente”.
En estos casos es fundamental un enfoque profesional, cortés y bien planificado. El trato adecuado asegurará que el evento sea una experiencia positiva, memorable y fluida para el invitado, lo que a su vez refleja bien a la organización.
Ya será para la otra.
Pero la tormenta de esta semana no se la recomiendo a nadie.
Me refiero a la que viví yo, no a Priscila.














