Elijo este fragmento porque resulta un tanto desconcertante que la reflexión parezca que ha sido escrita hoy, para esta colaboración de mayo de 2025. Hice pequeñas actualizaciones al lenguaje en el texto:
Sólo una cucaracha –pequeño monstruo que se arrastra callado y perseverante– es digna de comparación con quien dedica su vida a la danza.
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La autora denuncia la tendencia a la reducción de recursos para las artes del cuerpo / Cortesía | Manuel Naredo Naredo
La danza, las artes escénicas, las artes vivas, todas las artes del cuerpo, son inevitablemente formas de expresión complejas y, a diferencia de otras artes no relacionadas directamente con el cuerpo, son absolutamente reveladoras de las intenciones y motivaciones de quienes las originan, promueven y comparten.
Las múltiples formas en las que es posible entender y liderar un proyecto de esta naturaleza dependen en gran medida de las condiciones, infraestructura y recursos humanos y económicos con los que se cuenta para desarrollarlo: no es lo mismo tener un espacio para trabajar varios días a la semana en cómodos horarios, que no tenerlo. No es lo mismo pagar una renta por un espacio como este, o no tener necesidad de pagarla. No es lo mismo contar con un apoyo económico federal, estatal o municipal, público o privado, para pagar dignamente los honorarios a las personas integrantes de un equipo, que no contar con él. No es lo mismo gozar de un apoyo económico de este tipo por un año, por dos, por tres, o haberlo tenido por décadas. No es lo mismo contar con seguridad médica que no contar con ella; y así, si revisamos cada caso, cada situación, desentrañaremos que todo, absolutamente todo lo relativo a las condiciones específicas en que se investiga, crea, produce, difunde y promueve la actividad artística de artistas del cuerpo se encuentra atravesado por la realidad política, económica y social del país en que vivimos y por su inconsistente sistema de política cultural. Todo, hasta la calidad del alimento, la movilidad y el descanso son asuntos a valorar cuando un resultado artístico se comparte con las personas del público, y, cuando un proyecto llega a buen puerto a pesar de todo, resulta imposible no conmoverse al imaginar el nivel de compromiso, esfuerzo, convicción y valía de ese equipo.
Las políticas culturales en México han pasado por distintos momentos, algunos más o menos afortunados que otros, pero algo que sí podemos reconocer es que las estrategias que han definido a cada administración en lo relacionado a la política cultural a nivel federal, estatal y municipal, definen de manera innegable las posibilidades de desarrollo del arte y la cultura de un país, un estado o un municipio enteros.
Tratándose de las artes del cuerpo, esta situación roza los límites de la cordura: la tendencia sin cambios a reducir cada vez más y más los recursos económicos, humanos, materiales, intelectuales, etc., para impulsar el desarrollo del arte y la cultura en cada rincón del país ha llevado a un nivel de precarización extrema a la gran mayoría de lxs artistas del cuerpo que no gozan de un pago justo por realizar su trabajo, ni de seguridad social o para la salud.
La autora reflexiona sobre cómo los proyectos sexenales de política cultural son un volado / Cortesía | Ana Laura López
Sin embargo, a pesar de enfrentar condiciones extremadamente precarias, sus cuerpos se siguen moviendo. No comen ni duermen bien, pero asisten a ensayos en patios de casas, plazas públicas, rincones de edificios, etc., que suplen ese salón de ensayos que, idealmente, tendría que acoger el impulso vital de su imaginación y la verdad de sus cuerpos. Así se reúnen, organizan, trabajan y celebran la capacidad de crear y de expresarse los artistas del cuerpo, esa inmensa mayoría conformada por aquellxs que el destino no favoreció con becas o apoyos eternos que aseguran la vida cómoda a un triste puñado de “artistas” transexenales.
En la política cultural de nuestro país se evidencian todos los males de los (idem) malos gobiernos: muy pocxs tienen mucho si no es que, de plano, todo, mientras que la mayoría simplemente sobrevive. Y también, esos pocxs que tienen mucho generan alianzas institucionales a prueba de –nuevamente– todo, y aquí me reservo la definición de ese “todo” porque el espacio para esta publicación es muy breve y tendría que sacrificar el resto de los caracteres que me quedan en definir lo que es más que evidente: laxitud legal que favorece y protege discrecionalmente sus intereses, pacto de silencio ante prácticas sistemáticas inadecuadas, prioridad en espacios de programación y difusión, etc.
Los proyectos sexenales de política cultural han sido, históricamente, un volado al aire: si casualmente alguien con conocimiento, actitud responsable, y sensibilidad llega a tomar las riendas de una institución cultural, en ese período las cosas mejorarán, incluso, ocasionalmente, se darán saltos importantes en las formas de organización y colaboración entre artistas e instituciones que perdurarán en el tiempo más allá del período sexenal en turno y serán referente y guía que se defenderá con convicción en el futuro.
En el caso del desarrollo del arte y la cultura en nuestro país, las cosas han ido desde décadas atrás de mal en peor y mucho más que peor. Las artes escénicas y las artes del cuerpo ya no cuentan con espacios de programación continua en los estados y municipios; no tenemos un plan de desarrollo dirigido a artistas en formación y a profesionales para la actualización y socialización de los saberes de nuestro campo disciplinario. Es prácticamente imposible en el territorio nacional, ser parte de la programación de un recinto con un pago justo por función. Hoy en día se estudia para ser profesional de la danza o las artes del cuerpo a sabiendas que prácticamente nadie pagará por el trabajo realizado. ¿Es esto en algún sentido sensato, justo, viable? En el caso específico de los artistas de Sonora, ¿se debe permitir que su trabajo profesional y especializado aspire, si el panorama es de éxito, a un par de funciones remuneradas al año?
Evoé Sotelo hace un llamado de atención urgente sobre la difícil situación de los artistas del cuerpo en México / Cortesía | Ana Laura López
Para cerrar, dejo aquí un fragmento de una ponencia con la que participé hace veintiún años, en noviembre de 2004, dentro de un ciclo de reflexiones hacia el S. XXI organizado por la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea (ENDCC) del Instituto Nacional de Bellas Artes, en la Ciudad de México.
“…los que al arte nos dedicamos somos algo parecido a las cucarachas: insignificantes en apariencia, pero dotadxs de un organismo concebido para resistir, para permanecer; mutantes infranqueables que subsisten en el inframundo, esquivando la pisada impía o la escoba irrespetuosa de ese gigante llamado sistema.
El hecho es que seguimos aquí, estamos vivxs y hemos aprendido a sobrellevar los catorrazos de una estructura política y cultural amorfa, endeble, siempre al borde del colapso. ¿Será porque precisamente aún tenemos un sueño? ¿Será porque ese sueño es lo suficientemente poderoso para escapar del engaño y las falsas expectativas que sexenio a sexenio se alzan en torno a nuestro futuro?
Hoy por hoy, quien se decide por el camino del arte del cuerpo debe tener un sueño, y a la misma vez, total conciencia de que toda ingenuidad será castigada y usada en su contra. Como engendros esquizoides, se necesita en nuestro caso valor para existir diariamente en la experiencia fragmentada de hacer danza; además, capacidad para experimentarla como algo placentero en el cuerpo, liberador en el espíritu, deprimente en lo económico, repulsivo en lo político y necesario, vaya, imprescindible, en lo social.
Todo performer hermosx en su exterior lleva una cucaracha dentro, con su gran coraza negra y brillante como escudo del alma. Todx coreógrafx, todx maestrx, todx quien ama la danza y decide emprender su camino en torno a ella es un ser cucaracha, y, si su sueño es verdadero, podrá permanecer con suficiente aliento sobre la tierra.
Por una extraña razón, el universo necesita siempre de estos seres impetuosxs, necixs, que deciden existir en contra de la marea. Tal parece que se trata de una especie de equilibrio del ecosistema, y, ante la desproporcionada injusticia social, el arte del cuerpo aporta su pequeña dosis de oxígeno a la vida. Esta es, probablemente, la razón principal para existir, la razón que justifica la loca decisión de empeñar nuestro destino a la expresión del cuerpo en el arte.”