El cine, la política y las narrativas dañinas
por Natalia M. Pérez
Durante las últimas semanas, mis redes sociales estuvieron dominadas por dos temas: la película multinominada al Óscar, Emilia Pérez, y el regreso de Trump al poder. Y pese a la clara diferencia entre ambos, no podía dejar de percibir cierto parecido, lo que inevitablemente, me llevó a preguntarme: ¿Qué tienen en común Emilia Pérez y Donald Trump?
A simple vista, nada. Una es una película de ficción que pretende retratar una realidad compleja desde la visión de un director francés con poco conocimiento sobre la crisis de desapariciones forzadas en México, mientras que el otro es un empresario convertido en político, cuyas decisiones han generado caos a nivel global. Sin embargo, comparten algo crucial: desde ámbitos diferentes, ambos refuerzan estereotipos bajo la apariencia de discursos progresistas o disruptivos.
Y es que, el éxito de la película se debe, en parte, a la tendencia de Hollywood de premiar lo que consideran “progresista” y a la vez “artístico”, retratando problemáticas sociales de forma cruda. Pero, la representación de Emilia Pérez termina siendo superficial, al nacer de una perspectiva privilegiada, desconectada de las realidades que representa: la realidad mexicana y la realidad trans. Algo similar ocurre con las políticas de Trump, quien refuerza la idea de que los latinos son criminales para justificar deportaciones masivas, mientras que, por otro lado, deslegitima la lucha de la comunidad LGBTQ+, encaminado a la revocación de muchos de los derechos por los que han luchado.
Entonces ¿qué tienen en común Emilia Pérez y Trump?
Encuentro que la película, en su intento por venderse como progresista o disruptiva, ha caído en los mismos errores que Trump: explotar discursos de odio, estereotipos y racismo bajo la apariencia de un mensaje “crítico” o “novedoso”. En el caso de Trump, su audiencia son los votantes estadounidenses; en el caso de la película, los votantes de los premios del séptimo arte. Pero en ambos casos, es una demostración de cómo el poder y la narrativa pueden disfrazar el retroceso como un supuesto avance.
No obstante, la indignación que provocan ambos fenómenos ha generado una reflexión colectiva que trasciende sus propios casos. Tanto Emilia Pérez como el regreso de Trump son síntomas de una sociedad que parece gobernada por una lógica en la que lo polémico tiene más valor que lo auténtico. El cine y la política, dos ámbitos fundamentales para el desarrollo de una sociedad, desde diferentes ámbitos, se han visto infiltrados por una agenda disruptiva que prioriza el espectáculo por encima del contenido significativo. Y es que cuando ambos espacios —arte y poder— se contaminan con discursos superficiales y divisivos, el impacto es profundo: la sociedad pierde su capacidad de diálogo y se refuerzan ideas que perpetúan desigualdades.
Por ello, es necesario hacer un esfuerzo por recuperar la narrativa y exigir un retrato digno y real de nuestras historias. Porque retomar la narrativa no solo nos permite cuestionar las versiones impuestas, sino que también es una forma de construir paz a través de espacios donde nuestra voz tenga el protagonismo que merece.
@cipmexac