¿Cómo termina una cultura nacida para escupir sobre las tradiciones convertida en patrimonio barrial? ¿En qué momento los raros dejan de dar miedo y comienzan a tomarse fotos y bailar con los hijos de quienes antes les cerraban la puerta? Esa contradicción es la que sostiene la historia de Mortek, Richi Sax y los viejos integrantes de Los Malditos Killers