La humildad: huir de los soberbios
Beata simplícitas. Feliz sencillez
Ahora que abordamos estos temas, es oportuno distinguir entre cualidad y virtud.
La primera es la calificación que se otorga a una persona que procede siempre con ecuanimidad en la práctica de su conducta consigo misma y con los demás.
La segunda, la virtud, es también la caracterización de las conductas de las personas en grado superlativo. Esas personas no son perfectas pero su ecuanimidad es superior a las que son calificadas ordinariamente como ecuánimes.
La virtud es el grado de perfección de las cualidades que posee y ejercita una persona.
Ahora escribiremos algunas líneas acerca de la humildad. Esta es una de las cualidades y virtudes más difíciles de obtener o de poseer.
Normalmente la soberbia sustituye a la humildad.
Todos los días y en todas partes sobran los soberbios.
En los estratos de poder la mayor parte de integrantes de esa estructura son soberbios, porque piensan que todo lo pueden y que son dueños de los encargos y cargos que ostentan.
No hay persona más odiada que un soberbio y peor cuando se trata de miembros del gobierno que necesariamente son servidores y no dueños del presente y del futuro.
Muchos políticos apenas ascienden en la pirámide del poder y se transforman en seres odiosos por su soberbia.
Estos soberbios proceden de origen humilde, de clase media o alta, porque nunca se ejercitaron en el servicio que debieran con la humildad.
La humildad en el ejército y en los políticos, no es un defecto, es una cualidad e incluso una virtud.
En las organizaciones religiosas, en la iglesia, también se dejan llevar por la soberbia, en vez de practicar la humildad.
Por esa razón se conocen pocas personas, hombres y mujeres, que han practicado la virtud en grado heroico y que han arribado a la santidad.
La soberbia no distingue clases sociales, tampoco a ignorantes y sabios, arrasa a todos los seres humanos.
Por eso la virtud de la humildad es de las cualidades y virtudes más difíciles de practicar y más apreciadas.
Fedro en una de sus fábulas afirma: “Quien no se acomoda a las maneras del resto de los hombres, de ordinario sufre la pena de su soberbia”.
Es loable lo que en contra parte escribió Plauto: “Es humano el amar, igualmente humano el perdonar”.
Frente a este concepto de la humildad, surge la antítesis que precisamente es la soberbia.
Está presente el ser y no ser, el bien y el mal, la tesis y la antítesis.
San Agustín en uno de sus sermones afirmó: “Humano fue errar; perseverar voluntariamente en el error es diabólico”.
En otras palabras, no podemos dividir el mundo de los seres humanos en conductas cívicas y conductas virtuosas. Los dos aspectos comprenden y se cultivan en cada persona.
Un político, un empresario, un militar, un ciudadano humilde equivale a una persona comprensiva con una conducta que lo hace un hombre superior, que lo distingue del ser equivalente a un lobo del hombre.
Aquella expresión de Plauto “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”, “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”.
Sin duda alguna esta sentencia describe humildad y soberbia, que se personifican en los hombres más poderosos de la Tierra: Trump y Putin.
Termino estas notas con la cita de Mateo: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás para sacar la paja del ojo de tu hermano”.
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