Feminicidios, cuando la indignación no basta
El posicionamiento de la Secretaría de las Mujeres de Sinaloa no sorprende: condena, solidaridad, acompañamiento. El libreto institucional está bien ensayado. Sin embargo, el problema no es lo que se dice, sino lo que no cambia.
La titular, Ana Francis Chiquete Elizalde, habla de coordinación institucional y de acompañamiento a víctimas. Bien. Es lo mínimo. Pero el estándar no puede seguir siendo reaccionar bien después de la tragedia. El verdadero examen está en evitarla.
Y ahí es donde el Estado sigue reprobando.
Pero la credibilidad está desgastada.
En Sinaloa, hablar de violencia contra las mujeres ya no debería ser un tema de campañas o llamados culturales. Es un problema estructural, profundo, que exige decisiones incómodas, recursos reales y resultados medibles. Lo demás es narrativa.
Porque mientras las instituciones comunican, las cifras crecen.
Mientras se emiten comunicados, las familias entierran.
Mientras se promete justicia, la impunidad se normaliza.
Y en ese contraste brutal entre el discurso y la realidad, la sociedad empieza a dejar de escuchar.
















