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Llega diciembre otra vez y, como cada año, muchas familias mexicanas respiran un poco más aliviadas: aguinaldo, bonos, la ilusión de cerrar con algo en la bolsa. Pero en Sinaloa, por segundo diciembre consecutivo, la Navidad llega teñida de rojo. No solo por las luces de los adornos, sino por la violencia que no suelta y por una economía que sigue sangrando. Lo que estalló en septiembre de 2024 se quedó con nosotros, se volvió parte del día a día y nos obliga a vivir otra temporada navideña con las cortinas abajo y el corazón en la mano.
Dos años seguidos con las fiestas empañadas por el miedo no es una racha, es una señal clara de que Culiacán y gran parte del estado siguen sin recuperar la tranquilidad que merecemos. El año pasado cerramos con la ciudad paralizada, negocios que bajaban la cortina a las seis de la tarde y calles que se vaciaban al caer el sol. Pensamos que 2025 traería alivio. No fue así. La violencia se hizo más silenciosa, sí, pero no se fue: los días “buenos” son los que pasan sin noticias de levantones o balaceras en plena avenida. Son dos diciembres sin poder caminar tranquilos por el centro, sin posadas grandes, sin llevar a los niños a ver las luces porque cualquier esquina puede convertirse en riesgo. Dos años en los que la frase más repetida es “mejor nos juntamos en casa”. Dos Navidades en las que el espíritu festivo se reduce a lo que cabe dentro de cuatro paredes: una mesa, unos abrazos y la esperanza de que el año que viene sea distinto.
Culiacán carga el golpe más fuerte. El empleo formal lleva más de un año a la baja: según el IMSS, entre septiembre de 2024 y octubre de 2025 se perdieron más de 18 mil plazas solo en la zona metropolitana. Cientos de negocios cerraron para siempre; el mercado Garmendia luce más locales vacíos que abiertos en plena temporada alta. Las rutas de camión recortaron horarios, algunas colonias quedan sin servicio después de las cinco. Los bloqueos en la salida norte o en la carretera a El Dorado siguen siendo frecuentes, y cuando no hay bloqueos hay retenes que deciden quién entra y quién sale. El centro histórico, que antes se llenaba de familias y villancicos, hoy abre con miedo y cierra temprano.
No es una crisis que se resuelva sola con un buen precio del camarón o con la próxima cosecha. Hace falta mucho más: hace falta paz de verdad y un plan serio para levantar lo que se ha derrumbado. Dos Navidades así nos recuerdan que el daño no es solo económico, es emocional, es la forma en que hemos tenido que aprender a celebrar con el alma encogida.
Esta vez cerraremos el año como podamos: con cena en casa, con videollamadas a los que están lejos, con una vela encendida por los que ya no están y otra por los que seguimos aquí. No será la Navidad que soñamos, pero será la nuestra. Y aunque el rojo siga presente, guardaremos la esperanza de que el próximo diciembre nos devuelvan la ciudad, la tranquilidad y la posibilidad de volver a brindar en la calle sin mirar por encima del hombro. Mientras tanto, que estas fiestas, aunque austeras y calladas, nos encuentren juntos. Porque en Sinaloa hemos aprendido que, incluso en los tiempos más duros, lo que más importa es estar vivos y tener a los nuestros cerca.
Y no podemos cerrar sin pensar en ellos: los miles de soldados, marinos y guardias nacionales que llevan más de quince meses lejos de sus casas, durmiendo en cuarteles improvisados, comiendo comida fría en retenes y patrullando calles donde nadie les dice gracias. Se les ve en los ojos el cansancio que no disimulan ni las gafas oscuras: la barba crecida, la piel quemada por el sol, el sueño que se les escapa entre turnos de 24 y 48 horas. Para ellos la Navidad no es árbol ni pavo; es otro día más en la misma esquina, con el chaleco pesado y el dedo cerca del gatillo, sabiendo que cualquier ruido puede ser el último. Mantener el espíritu navideño cuando tu familia está a mil kilómetros y tu única posada es un café compartido con los compañeros de guardia debe ser de las tareas más duras que alguien pueda imaginar. Ellos también merecen que esta Navidad, aunque sea una sola noche, les regalen un poco de paz. Porque si alguien ha pagado caro el intento de devolvérnosla a nosotros, son precisamente ellos.
Esta Navidad seguirá siendo distinta, más chica, más callada. Pero dentro de muchas casas ya no solo habrá miedo: habrá también una chispa de algo que se parece a la esperanza. Porque si logramos pasar dos diciembres así y aún seguimos de pie, abrazándonos y compartiendo lo poco o mucho que tenemos, entonces también podremos con lo que venga después.
Que estas fiestas, aunque austeras, sean el punto de inflexión. Que la luz de la vela que encendemos esta noche no solo alumbre la mesa, sino que marque el inicio de días mejores. Feliz Navidad, Sinaloa. La merecemos. Y, por primera vez en mucho tiempo, parece que estamos empezando a recuperarla. Que la luz de estas fechas, por pequeña que sea, alcance para iluminar el camino que falta. Feliz Navidad, aunque sea a media voz.