En el Triángulo Dorado, los indígenas se mueren de hambre
Se alimentan de raíces, ardillas, liebres, conejos, porque el Prospera que los alivianaba, López Obrador tuvo a bien quitarles
Irene Medrano Villanueva
Sinaloa, Municipio. - ¡Puras raicesitas…y una liebre cuando se puede! exclama doña Gertrudis al dar a conocer el menú, mientras afanosamente con un palo y sus manos callosas saca raíces para alimentar a sus cinco hijos.
Los Taramuris –grupo étnico que se desprendió de los Tarahumaras-, están asentados en la sierra de Sinaloa, cerca de Cuitaboca y otros en San José de Gracia, se niegan a desaparecer.
Las humildes chozas con pisos de tierra y su menaje son una tarima, algunas cobijas, una hornilla, una mesa desvencijada, trastes y cartones con ropa. Las familias numerosas duermen en petates, hacinados.
La tierra agreste, todavía no se ven los hombres sembrando a piquete, porque no tienen utensilios de labranza.
Muchos de los Taramuris andan descalzos, otros como pueden, se calzan con pedazos de llantas, o se amarran chanclas viejas, aunque no sean iguales.
Otro apoyo que quitó el gobierno federal es el empleo temporal, les llegaba un recurso que a la vez mejoraban los caminos y resolvían su situación económica
Si bien es cierto que el gobierno del Estado a través de SEDESO, sube a esos lugares intrincados en la serranía, los esfuerzos, son grandes, pero no alcanza el presupuesto.
“A veces nos traen la despensita, pero no alcanza, los médicos vienen de vez en cuando”, lamentan.
Prospera le llegaba a la gente más necesitada vía alimentación, salud y educación; sin embargo, ahora ni alimentación, mucho menos la famosa beca Benito Juárez.
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Si uno de estos indígenas sinaloenses se enferma, es un calvario llegar al centro de salud más cercano, piden raite o a lomo de caballo, lo importante, señala doña Gertrudis, es “no estirar la pata”.
Doña Gertrudis es una indígena menudita, con una anemia que apenas puede con ella, “me siento mal por las “priocupaciones” al no tener ni qué darle de comer a mis “tohuis” -niños-.
Ella dice tener 35 años, pero parece una señora de 50 o más, le faltan los dientes de enfrente, está enferma, dice que la gente ya se está acabando las chichimos –ardillas-, porque no hay qué comer.
Parir es otra historia, cuenta doña Gertrudis que ella, al igual que otras mujeres, parió a su Tohuis en medio del monte.
Recuerda que la última vez – su último de cinco hijos tiene seis años-, se amarró una cuerda en la cintura y parió sentada, agarrándose de la rama más alta de un árbol.
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