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Por el tono que han asumido las mañaneras, más que estar construyendo un “segundo piso” del proyecto político, parecería que la presidenta Sheinbaum está embarcada en una tarea mucho más elemental: reconstruir, ladrillo por ladrillo, las ruinas que heredó de la administración anterior.
Arcas vacías. Hospitales desvencijados. Deudas impagables. Desabasto crónico de medicinas. Obras inconclusas plagadas de irregularidades en su ejecución. Casos de corrupción de alto nivel. Miles de laboratorios dedicados a la elaboración de fentanilo. Y, como cereza del pastel, lo que ya comienza a perfilarse como el mayor desfalco en la historia contemporánea de México: el tráfico de huachicol fiscal.
El estado en que la presidenta recibió la nación se asemeja, irónicamente, a la obra maestra de esos perversos enemigos fantasmales con los que el discurso oficial lleva años alimentando el odio colectivo: los “neoliberales”, Salinas, el PRIAN. Pero no fue obra suya. Todo ese desastre fue incubado, auspiciado y, en no pocos casos, celebrado desde el poder que ahora ve manchada su pureza.
Atrás quedaron los días en que Sheinbaum aseguraba haber recibido finanzas sanas y ahorros suficientes para enfrentar los compromisos del Estado. Hoy sabemos que la realidad es muy distinta: para cubrir las obligaciones impostergables de los primeros meses de su gobierno, la presidenta tuvo que aumentar la deuda en más de dos billones de pesos… y contando. A la par, se multiplican los reclamos por pagos atrasados de medicinas y de proveedores de Pemex, lo que ha provocado una caída en la producción petrolera. El resultado es un círculo vicioso: menor producción implica menores ingresos, lo que obliga al gobierno a absorber los pasivos de una empresa quebrada, profundizando aún más la ya precaria situación financiera del Estado mexicano.
Pero lo más preocupante no es la magnitud del problema, sino la ausencia de un plan real para enfrentarlo. Más allá de medidas improvisadas que apenas permiten salir del paso, no hay una estrategia de fondo, ni un horizonte claro, ni una hoja de ruta que indique cómo salir de esta espiral.
Si al inicio de su sexenio muchos cuestionaban las dotes de la presidenta para imitar el ritmo chabacano y jactancioso del expresidente López Obrador en sus conferencias matutinas, hoy parecería que su actitud distante —incluso desangelada— ha terminado siendo su mayor acierto, pues le ha permitido amortiguar el peso de la crisis que atraviesa el país.
En lo que muchos imaginaron como el “año siete” de la Cuarta Transformación, resulta ya imposible sostener el discurso triunfalista de que todo marcha bien. Nadie puede decir con seriedad que México cuenta con “el mejor sistema de salud del mundo, mejor que el de Dinamarca”; que el huachicol fue erradicado; o que no existen laboratorios de fentanilo operando en el territorio nacional, etc.
Paradójicamente, el principal beneficiado con su salida de escena fue el propio López Obrador. Su retórica épica contra la corrupción, su relato de pureza moral y su cruzada contra los “adversarios” no resistieron la prueba de ácido de la realidad una vez que dejó el gobierno. Hoy, a apenas unos meses de su partida, el contraste entre lo que prometió y lo que dejó es tan evidente que su legado político se sostiene más por lo poco que se reparte entre la población y el culto a la personalidad que por resultados tangibles.
México ha entrado, una vez más, en su Año Cero. Y este punto de inflexión puede ser una oportunidad —siempre y cuando la presidenta tenga la auténtica intención, ya sea por convicción propia o por la presión inevitable de Washington, de impulsar un cambio verdaderamente radical en la nación. Sería un error histórico intentar “rizar el rizo”, fingir que se transforma mientras todo permanece igual. Porque, a estas alturas, la retórica épica del “segundo piso” ya no alcanza: la reconstrucción nacional exige mucho más que consignas y ceremonias simbólicas. Exige reconocer la verdad incómoda de lo heredado, romper con la simulación y asumir, sin titubeos, el costo político de transformar al país de verdad.